A mis niños los hice a la antigua, de la forma entretenida. Pero por supuesto que desde que pensé en la posibilidad de tener hijos mi gran preocupación fue cómo me ocuparía de ellos. Cómo los escucharía llorar por la noche, o toser, o atragantarse, o llamarme cuando no estuvieran a mi lado.
He crecido hipoacúsica en un mundo de oyentes. Nunca, tal vez hasta ahora y sólo por motivos profesionales, he estado en contacto con otras personas hipoacúsicas o sordas, y nunca -ni siquiera ahora- he encontrado a otra persona que tuviera una hipoacusia similar a la mía (esas que "no se notan"). Por lo tanto jamás he podido saber cómo se las arreglan otras mamás. Lo mío fue prueba y error.
Antes de que naciera mi primogénito, y gracias a Internet, navegué hasta encontrar en un sitio de Estados Unidos,
Hitec ; una cantidad de ayudas tecnológicas para personas con discapacidad. Algo que hasta el día de hoy no existe en nuestro país. (Hoy en día hay otros sitios como Hitec, en EE.UU y en Europa, que son fáciles de hallar navegando, y con mucha suerte se puede encontrar un importador en Latinoamérica).
Bien, arreglándome con el poco inglés que sé y con la tarjeta de crédito al lado, compré lo que yo llamo "la centralita", marca Sonic Alert. La misma contaba de la central, conectada a mi velador, y varios accesorios que traducen ruidos/sonidos en señales luminosas (el velador se prende y se apaga de diferente manera según de dónde provenga la señal). Me equipé en primer lugar con un baby-call, y también con un aparato para el timbre del teléfono, un reloj despertador (que nunca funcionó correctamente) y por las dudas un vibrador que se coloca debajo de la almohada (que nunca usé porque te hace saltar, y tampoco usé de otra forma, malpensados).
Increíble pero real, todo llegó sin inconvenientes y sin pagar aduana (por ser ayudas para personas con discapacidad). El problema recién llegó al conectar todo eso. Claro que todo funciona a 110v, pero además filtran de cierta manera la señal eléctrica (cosa que no pudieron arreglar técnicos electrónicos ni ingenieros ni autodidactas) por lo que los aparatos funcionaban sólo bajo ciertas circunstancias. Por ejemplo: para hacer funcionar el baby-call había que desenchufar el televisor y una videocasetera, y una computadora. Cosa de Mandinga.
Pero funcionaba. Mientras a mi lado mi marido normoyente dormía su sueño profundo, yo me hice cargo de mis bebés. Claro que con un baby-call corriente uno puede distinguir si se trata de llanto, eructo, camión, trueno o tos. Yo no. Yo pasé los tres primeros años de cada uno de mis hijos levantándome cada dos minutos cada noche. Me levanté para verlos cada vez que pasó una moto cerca de nuestra ventana. Cada noche de tormenta. Cada Año Nuevo de petardos, y por supuesto cada vez que tosieron, lloraron o tuvieron pesadillas. Allí estuve con ellos.
Este baby-call, sin embargo, sólo me servía para la noche. Primero porque durante el día necesitaba usar la computadora que provocaba el cortocircuito, y porque al estar la central en mi dormitorio, sólo servía para la luz del velador.
Así fue como me acostumbré a dormir la siesta junto a mis niños (toda mamá sabe que hay que aprovechar el momento de descanso de los niños... para descansar) en la cama grande, y por supuesto que desde siempre tengo mi "sexto sentido" que hace que me despierte por cualquier mínimo movimiento, cambio en la luz, brisa, etc, etc; y por las tardes les hacía un corralito de juguetes a mi lado, mientras trabajaba, o los ponía en la practicuna en mi oficina. Es decir, siempre estuvieron al alcance de mi vista. Cuando crezcan podrán contarle al psicólogo que tuvieron exceso de mamá. "Mi mamá siempre estaba ahí". Y ahí estaba.
Ahora que son más grandes (8 el mayor, 5 y medio el menor), y el sólo hecho de tener un baby-call en su habitación podría ofenderlos, saben que si tienen una pesadilla tienen que venir a buscarme. Y lo hacen. Igual yo me levanto varias veces por la noche y los miro, y los tapo, y los devuelvo a su cama cuando los encuentro acurrucados en cualquier lado.
De todos modos no es lo mismo... recuerdo que cuando era pequeña y me enredaba con la frazada, gritaba desde mi cama: "¡mami, me destapé!" Y mi mamá aparecía y me tapaba. Y a mí me duele saber que mis hijos no pueden contar conmigo de esa manera. Pero así son las cosas. En cambio, mi hijo se maravilla cuando por sólo pararse al lado mío, a cualquier hora de la madrugada, aún sin tocarme ni hablar ni moverse, yo me despierto.
El aprendizaje de tener una mamá "diferente" no termina nunca. Ayer, por ejemplo, estábamos en el club, ellos en clase de lucha, yo mirándolos, y de pronto se cortó la luz. Subsuelo. Oscuridad total. Fue el profesor, de todos modos, el que se hizo cargo de la clase. Yo sólo los seguí. Más tarde les expliqué a mis hijos (con el mismo tono con que les decimos que si se pierden no se muevan, que nosotras los encontraremos) que si esto sucedía en otra parte, de nada serviría que me llamaran. Que aunque escucho los sonidos, no puedo discriminar sus voces ni el significado de las palabras en la oscuridad. Que yo gritaría sus nombres una y otra vez para que pudieran guiarse por mi voz y encontrarme.
De todos modos supongo que no falta mucho para que tengan sus propios celulares y me envíen un mensaje de texto: "Me perdí".
Gracias Chip, dios de la tecnología, por todo lo que me has dado. En nombre de mis hijos y en el mío, amén.