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19 junio 2008

REGLA DE 3


-Anote alumno: si una persona comienza a utilizar audífonos a los 15 años, y hoy tiene ruierhue, ¿cuántos audífonos ha utilizado en su vida, teniendo en cuenta que la vida útil de un audífono es de unos 5 años, pero que a veces hay que cambiarlos porque la audición cayó en picada o porque apareció uno mejor?
-Perdón señorita, ¿cuántos años dijo que tiene ahora?
-Jiurihjckeur.
-¿Cuántos?
-¡Treinta y nueve! ¡Tiene treinta y nueve! Cumple 40 este año. ¿¿¿Quedó claro?
-Sí señorita.
-¿Todos los audífonos fueron intrauriculares de oído izquierdo?
-¿Eso tiene algo que ver, alumno?
-No... yo digo nomás...
-Está bien, hubo uno más. El primero. Un Philips retroauricular.
-¿Y qué pasó con el Philips?
-La persona lo usó unas dos o tres veces y luego lo abrió.
-¿Cómo que lo abrió?
-Sí, con herramientas muy poco sofisticadas, lo partió por la mitad.
-O sea... una rabieta infantil.
-Bueno... no tan infantil... no se crea. Pero... ¿quiere usted hablar de matemáticas o de psicología?
-Era por saber seño, no se enoje.
-Lo único que puedo agregar sobre ese primer audífono que ya no existe, es que lo más importante de un audífono es que la persona acepte su uso y se adapte al mismo.
-Supongo que en ese caso no se adaptó ni lo aceptó.
-Supone usted muy bien.
-¿Los padres la retaron?
-¿Puede creer usted que ni lo recuerda? Como que ese asunto, ese primer audífono fue totalmente negado por la persona.
-Entonces hago la cuenta sobre los intrauriculares de OI. ¿Todos de la misma marca?
-No, de dos, pero siempre de la misma empresa.
-Ok... deme un momento...

13 junio 2008

ACCIDENTE

Uno espera que nunca pase, pero a veces sucede.
Eran las 9 de la mañana y me preparaba para salir. Sin embargo no era un día habitual. No sé por qué. Salí de mi departamento (quería ir a las librerías que rodean la Facultad de Letras a comprar unos libros difíciles de conseguir, sobre lingüística y comprensión lectora) y mientras esperaba el ascensor algo me hizo llevarme el índice de la mano izquierda al pabellón auditivo izquierdo.
No había nada.
Creo que por primera vez en los últimos diez años (desde que empecé a usarlo desde que me levanto hasta que me acuesto), estaba saliendo de casa y no me había puesto el audífono.
Volví a casa. Mis mañanas son cortas. Los niños salen de la escuela a las 12,15. Busqué el frasquito deshidratador que está en el cajón de mi mesa de luz, lo abrí . En la misma mano sostenía aún las llaves. No las solté. Tomé el audífono, y el resto sucedió como en cámara lenta. Se me patinó de las manos, intenté atajarlo, y me quedé quieta mirando cómo caía al piso, daba un pequeño rebote y se quedaba ahí. Tan solo. Tan perdido. Tan roto.
Lo levanté insultando.
A simple vista, la tapa del intrauricular se había despegado y si tiraba apenas de ella se veían todos los cablecitos y nano-partes. Como a un herido al que se le salen las tripas.
Mi marido me miró. Lo miré.
Me voy -le dije.
Él entendió.
Busqué el aparato anterior, le puse pila, llamé a mi mamá para que buscara a los niños, coloqué al moribundo en su pequeño ataúd, saqué el auto de la cochera y me dirigí al centro de emergencias -no al más cercano, al único.
Al llegar le dije a la fiel y amabilísima Susana, encargada del service:
-Un accidente. Sucede y tenés que salir corriendo.
Ella me contuvo.
-No es la primera vez que se me cae uno, en tantos años -agregué. Tenía necesidad de hablar. -Pero se rompía una vez de diez. Creo que los analógicos eran más fuertes, más robustos. En cambio, con este fue la primera vez y...
Susana dijo que sí, que era así. Los analógicos soportaban mejor los golpes. Luego me pidió que esperara, que lo llevaría a la sala de emergencias y me daría el parte médico.
Eran las diez de la mañana.
Unos minutos más tarde Susana dijo que podía salvarse. Que los médicos ya se estaban ocupando de él, aunque había otros pacientes en espera.
Me dijo que a las 12 pasara a retirarlo. Que parecía ser sólo la tapa.
Me fui a las librerías de Corrientes. Conseguí uno de los libros que buscaba.
Regresé a la hora pautada. Él parecía sentirse bien. Me pidieron que lo probara. Lo tomé con cuidado. Parecía ser el mismo de siempre.
Pregunté cuánto debía por la emergencia. No me cobraron nada. Dije unas palabras amables, seguro hice algún chiste, agradecí.
Regresé a casa con el alma en el cuerpo. Los niños estaban almorzando. Lo peor había pasado.
En el medio, perdí una pila nueva.

12 mayo 2008

UN AUDÍFONO QUE DA MIEDO

Nuevo audífono que no se acopla ni amplifica el ruido ambiente. Un nuevo modelo de audífono que acaba de ponerse a la venta en Estados Unidos está resultando un éxito, ya que no se acopla y amplifica menos el ruido ambiente, según informa el diario 'The Independent'.
Lyric es el nombre de este dispositivo, que es de menor tamaño que la mayoría de audífonos y se lleva en el conducto auditivo externo a unos milímetros del tímpano. Por ese motivo, mejora la calidad del sonido sin incrementar el ruido ambiente percibido y casi no se ve, por lo que resulta más estético.
Es adecuado para personas con una pérdida auditiva de ligera a moderada, y actualmente sus dimensiones se adaptan a la mitad de las personas con problemas de audición, pero sus diseñadores trabajan en un nuevo modelo que podrían utilizar un 85% de los usuarios.
El aparato puede llevarse las 24 horas durante 4 meses, que es la duración de sus baterías, e incluso dejarse puesto mientras se duerme o cuando se toma una ducha. Finalizado ese período se reemplaza por uno nuevo.
El audífono va recubierto de un material esponjoso con propiedades antibacterianas que reduce el roce con la piel, y como es transpirable, permite a la humedad evaporarse reduciendo el riesgo de infección.
Como cualquier otro dispositivo de este tipo, debe ser ajustado por un especialista, que puede programarlo dependiendo de las necesidades específicas del usuario, aunque este último puede regular su volumen y apagarlo cuando lo necesite. Ha sido diseñado por Robert Schindler, un profesor jubilado de la Universidad de California en San Francisco, y ha empezado a comercializarse en una docena de clínicas de los estados de California, Florida y Nueva Jersey, donde ha tenido muy buena acogida. Schindler, que ha tenido discapacidad auditiva la mayor parte de su vida, subraya que desde que utiliza Lyric es capaz de percibir sonidos que antes no podía distinguir.


Hasta ahí, maravilloso.
Me llegó la información sobre ese audífono, y no puedo dejar de compartirla con ustedes.
De todos modos todavía no me sirve. Es para pérdidas más leves que la mía. Pero no importa. Si la gente lo acepta, seguro continuarán las investigaciones y desarrollarán modelos más potentes.
¿Se imaginan no quitarse el audífono durante 4 meses, y luego simplemente tirarlo a la basura?
¡¡¡Dios mío!!!!
¿Qué tiene en la cabeza este Schindler?
Una hipoacusia de morondanga. Eso seguro. Gente semi oyente y pelotuda.
¿Es que este hombre no sabe que mi marido ronca?
Un domingo en que estrenaba mi audífono nuevo, y estaba en la habitación con mi marido, durmiendo la siesta, y mi hijo menor, de pronto comencé a escuchar un ruido extraño y verdaderamente desagradable. Miré hacia todos lados pero no pude encontrar su origen. Era como si alguien estuviera degollando a un cerdo, o por lo menos como yo imagino que debe sonar un cerdo cuando lo están degollando. Era aghhhhhhhh, profundo, ronco, y luego nada. Y otra vez. Pregunté a mi hijo menor: -¿qué es ese ruido?. Y él, como si nada, me respondió: -es papá.
Yo sabía que mi marido roncaba. Lo intuía cada vez que le ponía la mano sobre el pecho, cuando dormía, y sentía que allí no había pulmones sino un rallador. Por ese motivo, siempre agradecí no escucharlo. La magia de descubrir su ronquido vino de la mano del audífono nuevo, pero tampoco me preocupé demasiado: no duermo con audífono, y siempre puedo quitármelo.
Hay cantidad de veces en que me lo quito o lo apago. En el auto, en los viajes largos, cuando el ruido de la ruta, el motor, la radio y las voces que no entiendo me agobian. Cuando mis hijos se enganchan con el estribillo de una canción y lo repiten hasta el filicidio. Cuando en la calle el tránsito supera mi humanidad. Cuando necesito descansar.
¿¿¿En qué estaba pensando el tipo que creó un audífono que no se puede quitar??? ¿¿¿Cree que los sordos estamos esperando eso??? Yo no quiero escuchar MAS, quiero escuchar lo que escucho, pero MEJOR.
Sí, ya sé, dice que se puede apagar. Sé leer. Pero igual no me cierra. A veces NECESITO quitármelo. Sentir que corre el aire por mi conducto auditivo. Y además... no lo necesito en la ducha, ni cuando hago el amor, ni cuando estoy sola y pensando, ni cuando leo por las noches, ni cuando miro a mis hijos dormir, ni cuando me levanto para ir al baño, ni cuando me recuesto veinte minutos después de comer, ni cuando algún sonido es tan horroroso como el ronquido de mi marido y mi hipoacusia me otorga la ventaja de poder apagarlo.
No quiero un audífono para siempre y todo el tiempo. Soy hipoacúsica y me ha llevado la vida aprender a serlo. A veces me siento bien en mi silencio. Así que no, no me anoto para ese audífono.
Después no me digan que no avisé.

LO DIFERENTE EN LA TELEVISIÓN ARGENTINA

Verónica Sukaczer
Periodista y escritora

Cada vez que se produce alboroto por un tema relacionado con la discapacidad, yo lanzo las redes y pesco las opiniones, enfoques, denuncias, malentendidos, disculpas y acusaciones que se animan a salir a la superficie.
La pesca del día me dice cómo la sociedad reacciona frente a la discapacidad. Si hubo cambios. Apertura. Mayor integración o aceptación. O si se sigue ocultando, negando y discriminando aquello que se teme por ignorancia. Lo distinto.
Esta vez el ruido vino, cuándo no, de la televisión. Por un lado una persona ciega participando de un concurso de baile. Por el otro, un conductor criticando la situación y agitando las aguas.
Antes de continuar tengo que decir que yo no veo ninguno de esos programas. En realidad no miro ningún programa de la TV argentina, salvo algunos noticieros y cada tanto. Soy una exiliada de la televisión argentina. Una excluida.
No puedo disfrutar de nuestra televisión porque allí hablan en castellano sin subtítulos. Y yo no escucho bien. Voy por el mundo portando una hipoacusia neurosensorial bilateral severa a profunda. Y los pocos programas que tienen subtítulos ocultos no me interesan o se transmiten en mis horarios imposibles, o coinciden con alguna de las series norteamericanas y subtituladas que forman parte de mi menú televisivo.
Pero me entero de lo que sucede y me sumo a las controversias a través de los medios gráficos.
Pregunta: ¿qué tiene de malo que una persona ciega se una a los participantes videntes de un concurso de baile? Nada. No tiene nada de malo. Lo felicito. Al participante. Hay que tener coraje. Hay que estar muy seguro de sí mismo para hacerlo. En general las personas con discapacidad tendemos a ocultarnos, a quedarnos donde nos sentimos cómodos, a rodearnos de quienes nos aceptan.
El problema no está en esta persona ciega que quiere bailar y lo hace. El problema está en los ojos de los otros. En cómo lo ven, y qué es lo que quieren ver.
Yo lo he visto. Haciendo zapping me lo encontré bailando y por supuesto allí me quedé.
En primer lugar me resultó notorio que no posee la gracia, el ritmo ni el talento para ganar un concurso de baile de esas características.
Y por allí pasa la cuestión principal. Si no posee las cualidades para ganar la competencia, ni un nivel acorde al resto de los competidores, ¿para qué fue invitado a participar?
Es decir, podría perfectamente participar de un concurso de canto, de actuación, de música, de conocimientos. Pero justo baile… ¿Qué es lo que los productores de este programa están buscando, además del rating? ¿Producir lástima? ¿Compasión? ¿Morbo? ¿Dar la idea de que aceptan cualquier diferencia y no discriminan? A veces discriminar, en el buen sentido de la palabra, es necesario. Separamos a los malos de los buenos y a los que cantan afinado de los que no lo hacen. De la misma manera un productor sabe quién puede bailar frente a las cámaras y quién no logra mover su cuerpo con la mínima gracia.
Y para mí, este hombre, que es ciego, como también simpático y extrovertido, no baila muy bien. Y como no baila tan bien, mi atención enseguida se dispersó en los “detalles”. Que le dictan los pasos a través de un megáfono. Que lleva a su perro lazarillo al estudio. Que varias veces estuvo a punto de no encontrar la mano de su pareja.
Una lo mira y se maravilla. Vaya, qué excelente manejo del espacio tiene este hombre. Cómo debe haber repetido y vuelto a repetir las rutinas. Y así se sigue curioseando, y el morbo ya está instalado antes de darse cuenta.
Porque no vemos a un hombre bailando. Vemos a una persona ciega que intenta bailar. No podemos ni por un segundo obviar ese dato. Es ciego.
¡Vengan todos a ver cómo una persona ciega baila frente a las cámaras!
Por eso este hombre está en la televisión. Porque llama la atención haciendo algo que no es común que alguien como él haga. Y eso es lo que me parece incorrecto. No lo están aceptando. Lo están mostrando.
Hasta que la sociedad no sea capaz de ver al hombre, y su discapacidad nos resulte algo tan poco importante o llamativo como el número de su calzado, no habrá cambios. Habrá circo.
¿Quién me llamaría a mí para participar de un competencia de reconocimiento de melodías o voces? Sólo alguien que quiere ver cómo una persona sorda o hipoacúsica se las ingenia para estar a la par de los que sí pueden oír.
Ya me imagino las preguntas que recibiría: ¿lamento no escuchar la voz amada? Si me gritan al oído, ¿siento algo? Los sordos e hipoacúsicos ¿no contribuimos a la contaminación del planeta con la cantidad de pilas que usamos?. La melodía, ¿la reconozco por vibración o por memoria auditiva?
Allí no estaría yo. A nadie le importaría quién soy. Aparecería una persona que sólo por ser sorda o hipoacúsica se ganó el privilegio de participar en un programa de televisión.
Y eso no lo acepto.
Lo que me identifica no es mi falta de audición. Por lo menos no es lo único.
Creo que el otro periodista, el que agitó las aguas y desempolvó palabras peyorativas como “mogólico”, de alguna manera quiso decir lo que yo dije. Pero lo hizo mal. Se equivocó justamente por ignorancia, que es lo que prevalece cuando se habla sobre discapacidad.
Existe un trastorno genético llamado Síndrome de Down. Decir mogólico no sólo es insultante para ellos y para los mongoles, sino que es poner el énfasis en la diferencia, no en la persona.
Nadie es un idiota, a secas. En todo caso es una persona idiota.
Alguien que trabaja en los medios debería saber usar las palabras. Aunque no escuche TV argentina, sé que eso en general no sucede.
La discusión está abierta.
Y allí es donde rescato lo positivo. Si todos hablamos, seguramente alguien tendrá algo para decir, y otro tal vez escuchará algo que no escuchó (o lo leerá). Y otro aportará, aprenderá, compartirá.
Ojalá llegue el día en que el tema esté servido. Que la información sobre discapacidad sea algo al alcance de todos. Y que la persona con discapacidad pueda hacer lo que desee y como lo desee porque es una persona, no porque es alguien a quienes los demás consideran diferente.

16 abril 2008

ADIOS A UN AMIGO

Lo que más temía en la vida era la posibilidad de perder la TV. Es decir, nunca iba a dejar de tener un televisor. Nunca iba a dejar de poder ver los programas. Pero escucharlos... un día no iba a poder escucharlos. Lo sabía.
Tengo la suerte (o no, no sé) de que no fui muy conciente de mi pérdida auditiva. No puedo decir cuándo dejé de escuchar algo. Fue todo tan lento y gradual que de alguna manera fui adaptándome a los sucesos.

De chica miraba TV como todos los chicos de mi generación. Y como puedo recordar canciones de publicidades y diálogos, puedo suponer que entonces escuchaba (en casa sólo dicen que ponían el volumen fuerte).
Me acuerdo de la canción de un shampoo que vendian las Trillizas de Oro. "Soltate el pelo, soltate, soltate el pelo con Wellapon. Soltá el brillo, soltá la belleza..." Recuerdo por supuesto la de Dánica y su niña que saltaba a la soga. "Dánica dorada, Dánica dorada, era para untar..." Recuerdo la de las medias Ciudadela. "... con los zoquetes y con las medias Ciu-da-dela!".

Recuerdo diálogos enteros de La familia Ingalls. Los ruiditos que hacían los miembros biónicos de la mujer biónica. La música de la Mujer Maravilla. La canción de los dibujitos japoneses "Candy". "Si me buscas, tú a mí, me podrás encontrar... yo te espero aquí sí sí, este es mi lugar..." Miraba todo eso y miraba Jacinta Pichimahuida, y todas las telenovelas de Andrea del Boca ("mamá, ¿vive? chan chan channn..."). Miraba a Berugo Carámbula, a Balá, los autos locos, los supersónicos, Starsky y Hutch.

Pasaron los años y subía el volumen, y en mi casa molestaba.
Hubo un momento, sin embargo, en mi adolescencia, en que me dí cuenta de que no escuchaba pero que no importaba tanto. Es decir, miraba los programas, escuchaba el sonido, no entendía las voces, pero de todos modos seguía mirando y en general lograba seguir la historia.

Hasta que mi hermana mayor conoció a su novio técnico electrónico (con el cual, para mi pesar, no se casó). Uno de esos chicos que arreglan todo con un alambre, al estilo argentino.
Cuando todavía no existían los aparatos de TV con entrada para auriculares, él me "inventó" un aparatito que me permitía escuchar la tele, pero a la vez no impedía la salida del audio. Yo tenía mi propio control de volumen, y el resto de mi familia podía poner la tele como quisiera.
Así que yo me enchufaba a los auriculares (tenía que sentarme cerca de la tele y poner sobre una mesa el aparatito, pero no jodía demasiado a nadie) y de pronto recuperé los diálogos.

Me dí cuenta de que había estado mirando la tele sin escuchar.
De esa época recuerdo Nueve Lunas, más telenovelas, Son de Diez (que luego escribí yo, durante un año), Grande Pá, el programa de Tato Bores, Fax, etc, etc. El aparatito se rompía seguido y yo aprendí a usar un soldador y lo arreglaba por mi cuenta, porque el novio se fue y el que llegó en su lugar no sabía nada de electrónica y sí mucho de marroquinería, que a mí no me servía.

Con lo que gané escribiendo los guiones de "Son de Diez" me compré mi primer televisor. Mío. Propio. Para mi cuarto. Venía con entrada para auriculares así que archivé para siempre el aparatito soldado y vuelto a soldar y lo único que necesité fue un alargador para poder ver la tele desde mi cama.
Pero junto con esa tele y los auriculares con alargador llegó la tele por cable y las películas subtituladas, y yo fui libre. Libre de cables, de tener que estar tan atenta, de orejas apretadas por los auriculares.
No recuerdo cuáles fueron los últimos programas argentinos que ví.

Me casé y tuve hijos, y si me ponía los auriculares no los escuchaba llorar, así que archivé casi para siempre la TV argentina y me pasé a la ficción yanquee. Canal Sony, Warner, AXN, etc. Todo subtitulado.
Igual me compré auriculares inalámbricos pero... ¿cuándo los iba a usar? Para escuchar y entender lo que dicen en la tele, aunque sea en castellano bien porteño, tengo que estar atenta. ¿Cuánta atención puede prestar una madre de niños pequeños? Y si los niños están ya durmiendo, ¿cuánta fuerza creen que me queda hasta que caigo desmayada? No, la televisión en castellano fue víctima del olvido.

Me hubiera gustado ver Vulnerables y otros programas de ese estilo. Pero no pudo ser.
Además, la verdad es que incluso con auriculares ya no entiendo como antes. Escuchar sí, escucho las voces, pero no las entiendo. Y entre el cansancio cotidiano, y las obligaciones, y las responsabilidades, y todo lo demás, no tengo ganas ni pongo esfuerzo en tratar de entender o de seguir una trama.

Yo pensaba que iba a morir.
Que cuando perdiera del todo la TV, por lo menos nuestra TV, la vida tal como la conocía llegaría a su fin. Me ahogarían tsunamis depresivos. Me perdería de la realidad. Sería como esos enfermos mentales olvidados de todo y fuera del mundo. Una amnésica de la cultura televisiva.

¿De qué hablara con mis amigas? ¿Qué programa comentaría con la empleada de comercio o la vecina? ¿Cómo decirle al taxista que nunca ví Bailando por un sueño o Gran Hermano? ¿Que no reconozco a ninguno de los actores argentinos de menos de 30 años? ¿Que si escucho una canción no puedo decir si es de Patito Feo o de Sólo Ángeles?

Sería una expatriada de la cultura argentina. Una paria.
Para mi consuelo consumí dosis peligrosas de Friends, Mad about you, The nanny, Dr. House, ER, Grey´s anatomy, Lost, Heroes, Brother and sisters, Law and order, Everybody love´s Raimond, Malcom. ¡Hasta los noticieros de E!
¡¡¡Y yo no sé inglés!!!
¿Con quién voy a hablar de la última crisis de la jovencita Lohan o el último video de Paris Hilton? ¿Quién sabe del video del tipo de Baywatch comiendo una hamburguesa como un cerdo o de las crisis matrimoniales de cada carilindo de Hollywood?
Soy como un iraquí inocente en Guantánamo.
Una exiliada del exilio.
Miro la TV en mudo (sin sonido), y creo escuchar las voces, las risas y hasta la música de fondo.
Pero nada de eso pertenece a la TV que tendría que estar mirando.

Y no morí. Ni me suicidé. Ni me lancé con una TV atada al cuello al Riachuelo.
Es más.
No me importó.
Nada.
Porque descubrí que algún sistema psicológico propio de la discapacidad, me hace creer que lo que no escucho, no existe. Así de simple, de sencillo.
Alguien me puede comentar lo buena que es la música que está sonando en ese momento en un restaurante, pero como no la escucho no me interesa. No le pido a la persona que me anote la canción, ni prometo bajarla de Internet, ni me quedo con la curiosidad de conocer esa música. No. Lo que no escucho, no es.
Por lo menos para mí.
La TV argentina dejó de existir. Me importan tanto esos canales como los deportivos o el noticiero de la RAI. Son cosas que están pero no forman parte de mi mundo.

Es decir... no vivo sufriendo no ver el océano desde mi ventana porque tengo bien en claro que en Buenos Aires no hay océano y el río es una cosa marrón y olorosa que existe sólo para los pobres de La Boca o los ricos de Puerto Madero. Pero no para la clase media-baja de Flores.
No me preocupa no tener que afeitarme porque soy mujer y gracias a la naturaleza no tengo vellos indeseables.
De la misma manera, no me importa en absoluto no ver TV argentina porque no está a mi alcance auditivo.
Ya fue.

Es maravilloso lo que hace la psiquis. Cómo nos protege.
El otro día, sin ir más lejos, quise ver un capítulo de Mujeres asesinas porque prometía closed caption. Pero el closed caption... ay, esto es tema para otro post. ¡Qué flor de porquería! Todo aparece mal escrito, a destiempo, con unos horrores de ortografía que me producen arcadas. Empecé a mirarlo y nada me cerró. El closed caption en primerísimo lugar. Pero además... la imagen, los personajes, los actores, la trama... he perdido la capacidad de disfrutar del estilo argentino de nuestra televisión. Es otro idioma. Es como cuando queremos compartir con nuestros hijos una película de nuestra época (La novicia rebelde o Aventuras de una bruja) y ellos se aburren a los diez minutos porque en treinta años han cambiado los códigos y lenguajes cinematográficos.
Eso me pasa.
El lenguaje televisivo argentino me parece extranjero. Está allí, pero yo ya no soy parte de él. No sé leerlo ni decodificarlo.

Como decía Chandler, "no le digo adiós al amigo. Se lo dije cuando era triste, solitario y final".

Funde a negro.

FIN.

12 enero 2008

MIEDO

A pesar de los años, la experiencia, y lo que he aprendido, hasta el día de hoy no he logrado superar el hecho de tener una discapacidad.
Así como los alcohólicos tienen su plan de doce pasos, los discapacitados tendríamos que tener algo similar para poder decir, al cumplir el paso 12, que por fin nos sentimos como el resto del mundo. Normales. Pero no. O no existe el plan, o existe pero no he sido capaz de cumplirlo. No he logrado desintoxicarme de la idea (no del hecho) de no escuchar. De que no soy como la naturaleza programó que fueran -casi- todos los seres humanos. Que por otra parte me otorgó, como un regalo maligno, una capacidad exagerada de darme cuenta a cada momento que me falta algo y que no lo puedo remediar.

Hasta el día de hoy le sigo pidiendo a mi marido o a mi mamá que hagan llamadas telefónicas por mí. Fue mi marido el que habló toda la semana con el electricista que está haciendo arreglos en mi casa y que debe convenir el horario conmigo, y es mi mamá la que llamó a una empleada doméstica, con la excusa de que yo trabajo y no estoy en casa, cuando en realidad trabajo pero en casa. Llamadas en las que puedo no escuchar y/o no entender y/o confundir una dirección, un número, una hora, un nombre, un dato. Y en las que por supuesto no estoy dispuesta a hacer un inventario de mis problemas auditivos.
Yo podría hacer esos llamados. Después de todo soy la que atiende el teléfono en casa y habla con los millones de vendedores de cualquier cosa, y les cuelga a los encuestadores. Y a veces digo equivocado a pesar de que preguntan por mí o mi esposo, porque no entiendo la voz, con la intención de que vuelvan a llamar y dejen un mensaje en el contestador.
Pero sin embargo, trato de no realizar llamados yo. Por el mismo motivo, cada vez me comunico menos con aquellos que no tienen e-mail o no reciben mensajes de texto en sus celulares. Es decir: me vuelco a una comunicación textual que entra por los ojos y voy abandonando la comunicación oral a distancia.
Y yo sé por qué.
Lo hago por miedo.
Mis años de psicoanálisis y autoanálisis y shopping (a veces calma mejor los nervios una cartera nueva que un psicólogo nuevo) me permiten comprender el por qué de mis acciones.
Tengo miedo.
Mie-do.
Llevo 33 años de hipoacúsica, desde leve hasta profunda. Escribo un blog con nombre y apellido, y la palabra hipoacusia y otoesclerosis, todo junto. Participo en conferencias. Y sin embargo, tengo miedo de hablar por teléfono con el electricista.
O de encontrarme con alguien que no conozco (y por lo tanto no sé cómo hablará). De esperar a alguien en mi casa y no escuchar el timbre, o de no ver la luz que se prende cuando suena el timbre porque estoy en el baño o entra demasiada luz solar, o estoy distraída. De participar en reuniones grupales. De volver a sitios en los que sé que -por ruido ambiente, por música de fondo- no escucho. De encontrarme con aquella persona que habla bajito, finito y no modula. De hacer trámites.
Tengo miedo de que a pesar de todo el esfuerzo que hago por superar mi hipoacusia, del fantástico y caro audífono que uso, de mi destreza para leer los labios o comprender algo extralingüísticamente, de mis títulos, estudios, premios, ocupaciones, en esas situaciones que describo arriba, me vuelva a sentir una pequeña y tonta y desvalida y pobre niña sorda.

20 noviembre 2007

¿SE PUEDE PUTEAR A UNA PERSONA CON DISCAPACIDAD?

Pongamos que estoy en un lugar con mucha gente -comercio, farmacia, banco, oficina pública- en donde se llama a la gente por número. Yo saqué mi número. Pero no escuché el llamado y me doy cuenta cuando mi número ya pasó. (Pongamos que hay un cartelito diciendo que no se atienden números atrasados, por eso de que la gente se aviva, se va a hacer otro trámite y luego dice que no escuchó cuando la llamaron). Me acerco a una empleada. Ella llama, pongamos, al 531 y yo tengo el 489. La cosa viene fulera. Me pone mala cara. Muy mala. Pero además, la gente a mi alrededor, los que tienen entre el 534 y el 537, pongamos, me estrangularían sin ningún problema si de pronto se aceptara el crimen por colarse. Me miran mal. Me señalan. Alguien señala el cartelito. La empleada está ensayando con los labios la forma de decirme que debo sacar número nuevamente, que sería, pongamos, el 1076. Se siente el calor en el ambiente, el instinto animal. Pero yo sonrío. Me tomo mi tiempo. Me acerco fresca y juvenil y, con movimientos cuidados, separo mi pelo para ofrecer a la chusma mi oreja izquierda en la que se visualiza mi maravilloso Phonax intrauricular de 3400 pesos. Y entonces digo con voz calma: "hice todo lo posible por escuchar, pero hay tanta gente... y usted habla tan bajo, no modula siquiera... milagros no hace este aparatito. Y como no tienen otro sistema de llamada..." Entonces, como por arte de magia, las fieras se alejan, me hacen lugar, se guardan los insultos, se les aflojan las facciones. Soy una discapacitada, alguien distinto, una mujer enferma, alguien a quien tenerle lástima. Ellos escuchan y yo no. Aleluya, aleluya, todos hemos sido salvados. Yo estoy más allá de los insultos, no pueden tocarme.
No, en ese caso no pueden putearme.
No se puede putear:
Si el de la silla de ruedas te hace bajar del cordón de la vereda.
Si el del bastón blanco te rompe la rótula en su afán de orientarse.
Si el del implante coclear, delante tuyo, tarda dos horas en explicarle a los guardias de seguridad que algún aparato sonó por el imán que lleva en la cabeza y no porque se haya robado algo o intente pasar una bomba en el aeropuerto.
Si al afásico le lleva cuarenta y tres minutos explicarle al cajero del banco que quiere el vuelto en billetes de dos y de cinco.
Si el chico con Down decide ocupar la hamaca que espera tu hijo el resto de la tarde.
Si cruzan cinco personas en muletas cuando el semáforo ya cambió hace rato a verde y no lográs sacar el pie del acelerador.
Si un sordo te pida que le repitas tanto que tenés ganas de decirle: "¡¡¡las ocho y viente, la puta que te parió!!!
No, no se puede putear.
Ganamos.
Estamos a salvo.

Pero...
¿Se puede putear a una persona con discapacidad en una situación en la cual su discapacidad no tenga nada que ver, o el hecho de que sea discapacitado lo exime de todo intento de puteada por parte de seres pseudo-normales? ¿O en situaciones en la que la discapacidad sí tenga que ver pero sea usada por la persona con discapacidad con alevosía y premeditación?
Veamos...
¿Se puede decir algo non sancto de Micceli, sobre todo por sus opiniones teñidas de religión, aunque esté en silla de ruedas? ¿O el hecho de estar en silla de ruedas la convierte en impune de toda crítica, porque de alguna manera "dá lástima" y "logró mucho y es un ejemplo de vida"?
¿Se me puede putear a mí porque se me repitió mil veces algo importante, y yo no escuché pero tampoco pedí que me repitieran?
¿Se puede putear a una persona si con la silla de ruedas te pisa un pie a propósito o siempre tenemos que creer que lo hizo sin darse cuenta?
¿Se puede responder el insulto de una persona ciega que nos manda a la mierda por cualquier cosa que no tenga que ver con ceguera, o debemos permitirle que se exprese libremente por el stress que le causa su ceguera, sin responderle?
¿Se puede putear a un grupo de personas con alguna discapacidad motriz porque se lanzan a cruzar la 9 de Julio cuando el semáforo está a punto de cambiar a verde, en vez de esperar como hacemos los que no queremos morir arrollados y no tenemos ninguna señal visible de discapacidad?
¿Se puede putear a una persona con cualquier discapacidad porque a pesar de su discapacidad es un hijo de puta, o es imposible que una persona con discapacidad sea un hijo de puta justamente porque es discapacitada y se supone que ese contratiempo te convierte en una mejor persona?
¿Se puede putear a una persona que tiene tu misma discapacidad pero que se hace mejor la mártir, como que es más discapacitada?

Yo no sé... para mí es muy complicado...

Además hay otras cuestiones que no tienen que ver exactamente con insultos pero de las cuales no existe ningún manual de etiqueta. Nada de "cómo tratar con una persona con discapacidad".
Por ejemplo...
¿Se le puede decir a una persona sorda, después de dos horas de conversación excesivamente modulada, que se tiene la mandíbula a la miseria?
¿O que nos duele la garganta de tanto gritar?
¿Se le puede decir a una persona en silla de ruedas que preferimos hablar con ella estando sentados porque el mirar para abajo nos hace mierda el cuello?
¿Se puede mirar hacia otro lado cuando se habla con una persona ciega o igual hay que mirarlo a los ojos como en cualquier conversación entre videntes?
¿Si somos de esas personas a quienes no nos gustan los abrazos de desconocidos, ni que nos toqueteen demasiado, se le puede decir a la persona con Down muy amigable que por favor mantenga la distancia?

Y digo yo, todo esto que pienso, ¿me hace una hija de puta, o nunca podré ser una hija de puta porque soy sorda y por lo tanto carezco de la posibilidad de ser una reverenda hija de puta y de última ustedes no me lo pueden decir porque queda re-mal porque soy sorda?

¿Eh, cómo es la cosa?

30 octubre 2007

APRENDER A NO ESCUCHAR

La semana pasada estuve en Salta descubriendo los secretos de la logogenia. A eso fui. A conocer, junto a una nueva gran amiga, qué es la logogenia (algo de lo que escribiré más adelante). También paseé, por supuesto (las fotos están en La vida con subtítulos) pero lo más importante, lo más movilizador fue que aprendí a no escuchar.
Patricia S. es hipoacúsica como yo (estuvimos comparando nuestras audimoetrías), aunque ella no hace distinciones entre la palabra "sorda" y la palabra "hipoacúsica", por lo que allí, en Salta, fuimos sordas las dos. Es profesora en letras y la primera logogenista del país (hasta ahora son dos). Ella me ofreció alojamiento, comida, compañía, transporte, educación y cariño a cambio de nada. Pero lo más importante, lo repito, es que me enseñó, en apenas una semana, que puedo no escuchar. Un curso acelerado de "cómo ser sordo y no morir en el intento".
Patricia sabe quién es, sabe qué puede hace y sabe dónde vale la pena poner el esfuerzo. Por ejemplo: no participa de reuniones multitudinarias en donde todas quedamos "anuladas". No se ríe si no escuchó el chiste. No atiende el teléfono porque aunque puede escuchar con dificultad, justamente es eso lo que prevalece: la dificultad. Pide que le repitan sin vergüenza todas las veces que haga falta. No responde si no está segura de lo que le preguntaron. Siempre se presenta como sorda. Muestra sus audífonos sin autocensura. Decide dejar de escuchar cuando está cansada. Les enseña a los demás que la lectura labial no nos permite entenderlo todo.
Es decir: todo, absolutamente todo lo contrario a lo que hago yo. Yo, que jamás muestro el audífono. Yo, que me río como una boluda cuando todos se ríen, y no sé por qué. Yo, que me aburro como una ostra en reuniones con mucha gente, con música de fondo, con ruido absoluto. Yo, que acepto sentarme en un restaurante en un lugar oscuro porque los demás consideran que es más lindo, aunque no logre ver las bocas de nadie. Yo, que atiendo el teléfono, que hablo por celular aunque me lleve dos días repensar la conversación para saber con quién hablé. Yo, que les hago creer a los demás que con la lectura labial ya lo entiendo todo. Yo, que me esfuerzo hasta lo inimaginable y así termino: agotada, histérica, ansiosa, angustiada. Yo, que vivo creyendo que todo el esfuerzo debe ser mío y que no puedo pedir nada. Yo, que jamás me permito ser -aunque sea- un poco "sorda".
Haber compartido una semana con Patricia fue como descubrir que existe un mundo en el que tengo cabida. Un lugar en donde hay otras personas como yo que aceptan sus diferencias.
Y eso fue lo más importante que me traje de Salta. Lo que no fui a buscar pero se me dio como un regalo. La primera experiencia en mi vida de relación con otra persona "como yo".
Y desde aquí y de corazón, le agradezco a Patricia, y comienzo a creer en mí, tal como soy.

09 octubre 2007

ESTIMADO DOCTOR OTORRINOLARINGÓLOGO

Estimado/a Doctor/a Otorrinolaringólogo/a (o en su defecto estimada señorita fonoaudióloga):
De mi mayor consideración. Podría decir que, desde siempre, mi religión ha sido la información. Yo necesito saber las cosas. La información me ofrece paz, calma, bienestar, seguridad, tranquilidad, respuesta. Cualquier tema que se cuela en mi vida, es para mí motivo de investigación y, por ende, de información. A mi hijo le diagnostican asma, por ejemplo, y allí voy yo a estudiar hasta saber de asma todo lo que puede saber una persona letrada. Sin confusiones por supuesto, sin creerme un profesional de la salud, pero sabiendo cómo acceder a la información, y con los conocimientos necesarios para comprender, decodificar, aprender, aprehender. Hacer uso de ese nuevo conocimiento. Incorporarlo a mi persona. Es así como sé un poco de psicología, de educación, de salud (título de primeros axilios de la Cruz Roja), de literatura, de sociología, de historia, etc, etc. Una de esas personas, perdone mi falta de modestia, que sabe un poco de todo. No en vano he estudiado periodismo. Una carrera que tal vez no se considere adecuada para una persona hipoacúsica, es decir, con un déficit justamente en la comunicación, pero que me ha ofrecido más y mejores herramientas para lograr esto que quiero lograr: aprender, informarme, formarme.
Como usted debe saber, se me diagnosticó otoesclerosis coclear bilateral a los seis años. Sí, uno de esos casos extremos y raros, típicos de libro, ya que la otoesclerosis acostumbra aparecer alrededor de la tercera década de vida. Pues bien, he tenido mucho tiempo para aprender. Cuando no existía Internet acudía con mi carnet de periodista a la biblioteca de la Facultad de Medicina y leía, tal como ha hecho usted, los libros de otorrinolaringología. Los mismos libros que leyó usted. Con paciencia fui aprendiendo el léxico, preguntando lo que no entendía, tomando notas. Por supuesto no sé lo mismo que usted. Pero si sumamos el conocimiento a la experiencia de vivir con otoesclerosis, puedo decir que algo sé.
Bien, gracias a la creación de este blog, recibo cantidad de mensajes, preguntas, consultas, cartas, de otras personas que tienen otoesclerosis y que lamentablemente no encuentran en usted, estimado doctor otorrinolaringólogo, la respuesta a sus dudas, y precisan acercarse a alguien que no sólo posea el conocimiento, sino también sepa qué les espera. Es decir: saben que usted les responderá qué dosis de lactato de calcio o fluoruro de sodio deben tomar, pero parece que usted no sabe qué responderles cuando le preguntan cómo será su vida. Y si lo hace, lo hace mal. No solo mal, estimado doctor otorrinolaringólogo. Lo que usted hace, lo que muchas veces dice, roza el menosprecio por el paciente, la incomprensión, el desgano, la falta de respeto, la estupidez y, el peor de los pecados para alguien que, como yo, tiene la información como religión: la ignorancia.
Porque me llegan innumerables cartas, en general por vía privada, de mujeres que dicen que usted, estimado doctor otorrinolaringólogo, dice que UNA MUJER CON OTOESCLEROSIS NO DEBE TENER HIJOS. No se haga el distraído. No mire hacia otro lado. Usted lo ha dicho y lo sabe. Tal vez no exactamente con esas palabras. A ver... a mí me ha dicho "que la gente como yo no acostumbra a tener hijos". Palabras textuales, doctor. Otras mujeres me han escrito que les ha dicho: "que las mujeres con otoesclerosis deben adoptar", "que no se les ocurra pensar en hijos", "que les aconseja no tener hijos". Palabra más, palabra menos, siempre es lo mismo. Usted, estimado doctor otorrinolaringólogo ha decidido por su cuenta que una mujer que tiene otoesclerosis, no debe ser madre. Y yo le pregunto: ¿con qué derecho? ¿Qué sabe usted para sentenciar a las mujeres con la pena más alta, con la pérdida de su maternidad? ¿Quién mierda se cree usted que es? Perdone el exabrupto. Espero que no se vuelva a repetir, pero no puedo asegurárselo, ya que me gustaría tenerlo delante mío y sacudirlo un poco, hacerle dar cuenta de la pequeña e insignificante e ignorante persona que usted es. Quitarle el título de médico, que jamás se ha merecido. Prohibirle todo contacto con pacientes. Porque usted es una basura. Perdóneme de nuevo. Un estúpido. Otra vez. Un pelotudo arrogante que no ha aprendido nada. Lo siento.
Míreme. Pierdo audición como gano años desde los seis años, y aquí me ve. Madre de dos niños. Míos. Igual no hubiera tenido ningún reparo en adoptar, pero teniendo en cuenta que mi sistema reproductivo funciona a la perfección, no encontré ninguna objeción para no usarlo, además de que siempre quise lucir malla de embarazada. Dos niños, estimado doctor otorrinolaringólogo. A pesar de que usted me dijo que no, que ni lo pensara, que no los tuviera.
Pero ese no es todo su crimen. Hay más. No creo que el fiscal tenga piedad con usted. El problema es que usted NO SABE. ¿Me entiende cuando lee? ¿Posee comprensión lingüística? Le repito: NO-SA-BE. A lo mejor el día que explicaron lo que sigue usted faltó a la facultad. Puede pasar. Pero tendría que haberle pedido los apuntes a algún compañero. Como veo que no lo hizo, permítame que lo ilumine, sin ser profesional de la salud ni nada de eso. Mire que después le voy a tomar prueba. Quédese quieto y preste atención, porque le diré lo mismo que a cada mujer que me escribió.

Como la otoesclerosis se considera íntimamente ligada a los cambios hormonales, se supone que puede verse afectada por un embarazo, que pone en juego cantidad de hormonas (¿lee? :"se supone"). Sin embargo, esto no siempre sucede, y la comunidad científica no ha podido demostrar la validez de esta aseveración. Hay mujeres que pierden audición durante los embarazos, y otras que no. Es como una lotería. Te puede tocar, o no. Sin embargo (aquí tome apuntes, por favor, lo que sigue es importantísimo) hay quienes consideran que es mayor el peligro de perder audición durante la lactancia que durante el embarazo. O sea que la mujer que quiere tener hijos pero no quiere jugarse la audición, podría optar por no amamantar. No es tan terrible esto. No es como decir: "no tengan hijos". Bien, yo amamanté a los dos. Producir leche gratuita de alta calidad me resultó demasiado maravilloso como para despilfarrarla. Yo amamanté, le repito, las dos veces, aproximadamente 9 meses cada vez. Y sí, perdí algo de audición. ¿Pero sabe que en realidad no lo sé muy bien? Como mi audición viene en picada lenta pero inexorablemente desde los seis años, yo no sé si justo fue durante el embarazo que pasó lo peor. O si fue durante la lactancia. O antes. O después. Sí recuerdo que antes escuchaba el timbre de la puerta y luego no lo escuché más. Pero no me pareció nada terrible. Sobreviví. Mire si voy a cambiar a uno de mis hijos por el timbre de la puerta. Como mucho los cambiaría por otros chicos que se portaran mejor, pero no estoy convencida...
Sigamos. Se supone, además, que se puede perder audición durante el primer embarazo, pero menos o nada durante los siguientes. ¡Podemos tener la parejita! ¿Qué me dice? Y de todos modos, se supone, se supone, y se supone. Uno no sabe qué le va a pasar. ¿Mire si una mujer se queda sin tener hijos porque usted se lo dijo, y resulta que esa mujer estaba predestinada a no perder audición? ¿Podría vivir usted con eso en su conciencia? Si es que tiene conciencia, digo yo.
Y hay más. ¿Ya quiere irse? ¿Esa es toda su capacidad de atención? El embarazo no es la única tormenta hormonal que puede vivir una mujer. Está la menopausia. Y seguro que usted no le dice a las mujeres: "las mujeres como usted acostumbran a no tener menopausia" o "no debería tener menopausia". Porque si usted encuentra la forma de que yo zafe de los calores y esas cosas, encantada. Estaría buenísimo. Para un artículo en la revista de la Asociación de Otorrinolaringología. "Las mujeres con otoesclerosis no sólo no pueden tomar anticonceptivos orales, sino que además no tienen menopausia". Me encantó. Pero volvamos a lo nuestro. Usted le está diciendo a las mujeres que no tengan hijos, pero que igual esperen a los 50, más o menos, para perder audición. Es decir: solas y sordas. Sin hijos y sin escuchar. Claro, total no tendrían que escuchar a nadie, porque al marido a los 50 ya no se lo escucha aunque uno oiga perfecto. Muy útil su forma de pensar. Tal vez usted es un activista ultraortodoxo de algún movimiento en contra de poblar la Patria. No sé, digo yo. Y se las agarra con las mujeres con otoesclerosis. Pero le recuerdo que cuando trabaja de médico, debe actuar como médico. O sea que debe decirle a la mujer cuáles son los riesgos de un embarazo en relación a su audición, y nada más. No dictar sentencia. Porque... ¿vio que las mujeres decimos que daríamos la vida por nuestros hijos? Bueno... un poco de audición, a cambio de dar vida, no es un precio demasiado alto. Todas las mujeres con otoesclerosis que conozco se jugarían o se jugaron la audición a cambio de tener hijos. Escuchar un poco más, un poco menos... no es el fin del mundo. Porque nosotras no somos oídos andantes, ni enfermas que hay que curar, ni seres que hay que guiar por la senda del bien, somos simplemente mujeres que no escuchan bien. Pero usted... ay usted... usted es un reverendo pelotudo, qué quiere que le diga. Mil disculpas. Cada vez que una mujer me escribe porque usted le dijo que no tuviera hijos, me dan ganas de buscar a su mamá, sí, a la suya, estimado doctor, y preguntarle: "si le hubieran avisado que su hijo sería un ignorante hijo de puta, ¿lo hubiera tenido igual?" ¿Usted qué piensa? Tal vez adoptaba. ¿No lo cree? Pero por suerte, dirá usted, no tuvo a nadie que le advirtió. No cayó en manos de un mal médico como usted.
Eso era todo lo que quería decirle.
Sin más, lo saludo atte.
V.S

12 septiembre 2007

QUIERO, QUIERO, QUIERO

Hace tiempo que me paseo por diversos webs relacionados con la discapacidad, y cuando conozco la respuesta a alguna consulta, hago mi pequeño aporte. Trato de mantenerme informada en cuanto a leyes, trámites, reclamos, empresas de audífonos, temas médicos. Y como lo que sobra es siempre lo mismo: preguntas, dudas, confusión, a veces ignorancia, me calzo mi traje de periodista y ofrezco información. Hace tiempo que vengo buscando alternativas laborales y he descubierto que esto me gusta: asesorar, acompañar, informar. Lo haría muy bien. Pasado el chivo laboral, voy al nudo de este post.
Lo sabemos. Las cosas no son fáciles para nosotros. Son un poco más difíciles que para el resto. Pero no tanto como para los que portan algunas otras discapacidades. Digamos que no escuchar nada o no escuchar bien no nos priva de disfrutar de la vida, si sabemos cómo hacerlo. No altera nuestra independencia, si la hemos peleado. Y no nos priva de acceder a muchos trabajos si nos esforzamos por lograrlo. El Estado ayuda en algo. Nos da los audífonos, nos deja entrar gratis a muestras, museos, paseos. Nos ofrece un par de exenciones de impuestos. Inventó un cupo laboral, aunque en la práctica no se cumpla. Pero hace algo. Justamente a partir de este blog descubrí que las personas con discapacidad argentinas están mucho mejor que las de otros países. Entonces... entonces...
¿Por qué tanta pero tanta pero tanta cantidad de consultas pidiendo, exigiendo, pensiones, jubilaciones por discapacidad, automóviles especiales (¡sólo por problemas de audición!), remedios gratuitos para el resfrío, cenas para diez en restaurantes de Puerto Madero, trabajos para los que tal vez uno no está capacitado, ayuda especial para el abuelito que no escucha bien porque superó los 120 años?
Yo soy la primera en utilizar los beneficios del Estado. Si están, si existen, no voy a ser tan estúpida como para pasarlos por alto. Si puedo entrar gratis, entro. Si puedo no pagar ABL, no pago. Pero listo. Nada más. Mi poquísima audición no me impide caminar, ni mover las manos, ni usar la cabeza. Uso lo que me ofrecen, pero no pido más. Si no tengo trabajo es porque hay miles de argentinos sin trabajo, y porque busco un trabajo acorde a mi profesión, con lo cual las posibilidades se reducen al máximo. Pero nada más. No voy a ir a golpear la puerta de un diario y exigir que me den trabajo porque soy una hipoacúsica que merece lástima y un escritorio con PC. Si consigo trabajo es porque me lo gané. Hipoacúsica o no.
Por lo tanto señoras, señores, empiecen a pensar qué pueden hacer por ustedes mismos, y dejen de pedir. Nadie nos debe nada. Nadie debe por qué hacerse cargo de nosotros. Quien quiera ayudar, bienvenido sea, pero hasta ahí nomás. De mucho podemos encargarnos nosotros.
Si mañana me tocan a la puerta y me dicen que a todos los hipoacúsicos les corresponde una pensión, yo encantada. Era justo lo que estaba buscando, deme dos. Pero mientras eso no suceda, veré de qué manera me las puedo arreglar por mí misma. Porque cuando todo lo pedís y todo te lo dan... es cuando se termina el desafío de vivir.

27 agosto 2007

ESTÁ BIEN, ME PESCASTE, SOY DISCAPACITADA

Lo admito. No es que me guste, por supuesto quisiera ser como todo el mundo, poder hacer lo que hace la mayoría. No es que me avergüence (bueno... un poco) ni lo oculte (ya lo intenté...). El tema es que aprendí, por el camino difícil, que sólo a través de la aceptación llega el entendimiento, la paz mental, la comprensión, el amor y todas esas gansadas.
Así que aquí va, la confesión pública de mi discapacidad:
Nunca pude hacer el rol al revés de forma decente. No puedo tocarme las puntas de los pies sin doblar las rodillas. No sé pintarme las uñas, pinto una y me arruino otra. No sé silbar. Me quito la pielcita de los labios. No sé tirarme de cabeza a la pileta. No sé hacer soufflé. Ni tortas caseras. Uso plantillas ortopédicas. Necesitaría ortodoncia pero a mi edad considero el asunto perdido (cuando tuve aparatos, no los usé). Transpiro en forma excesiva, lo que dificulta mi vida social. Uso anteojos con 0,25 de aumento a la hora de trabajar frente a la PC. No coso mi ropa cuando se rompe (excepto botones). No sé hacer salsa de tomate casera. Nunca amasé. Estoy imposibilitada de hacer cuentas mentales. Me lleva entre cinco y diez repeticiones recordar el nombre de una persona, e incluso así a veces no lo logro. Cada vez que necesito una palabra exacta (cuando escribo, frente a un médico, etc) no la recuerdo. Le temo al mar. Me pica la lana, lo cual me impide su uso correcto. Soy alérgica a la gatos. Y a la bijouterie, por lo cual me veo en la obligación de usar joyas de oro. No sé cantar. Y cuando lo hago por placer mi voz es tan molesta que quienes me rodean mi discriminan mandándome a callar. No soporto el olor a cigarrillo en la gente. Sufro de cosquillas. Soy torpe en casi todos los deportes. Cuando me dan un vuelto equivocado a mi favor, a veces me lo quedo. No me gusta el vino ni nada que tenga alcohol. Tiendo a discutir acaloradamente con vendedores y empleados. No plancho bien. No sé mandar.

13 agosto 2007

UNA LLAMADA COMO CUALQUIERA

Suena el teléfono.
-¿Hola?
-Hola, ¿está Verónica?
-Sí, soy yo. ¿Quién habla?
-Ah, hola, soy ..... (no entiendo el nombre). ¿Cómo estás?
-Perdón... ¿quién habla?
-......
-No se escucha bien por esta línea... (es mentira)
-.....
(Considero que preguntar una vez más entra en el terreno peligroso de la incomprensión entre personas, así que continúo).
-Ah, hola, ¿qué tal? (nótese que soy impersonal)
-Yo muy bien. Contame de ustedes.
-Bien... gracias... (no puedo dar muchos datos personales porque no sé con quién estoy hablando). Lo de siempre... Y... ¿vos? (aquí suelto la soga para que me ofrezca información que me ayude a saber quién es).
-Todo bien, mucho trabajo.
-Sí, me imagino...
-Hace mucho que no nos vemos. (Primera información que recibo. ¿A quién hace mucho que no veo?)
-Sí, es verdad...
-Por eso los quería invitar a ...... (no entiendo lo que dice, pero para qué pedir que me repitan si ni siquiera sé con quién estoy hablando)
-Ah... bárbaro. ¿Para cuándo?
-Para el miércoles a eso de las ocho, ¿les parece bien?
-¿Con los chicos?
-¡Claro! ¿Cómo va a ser sin los chicos? (tiene hijos. Mis hijos pueden ser amigos de sus hijos, o es mamá de un compañerito)
-Dale, dame los datos.
-Anotá la dirección. Es en ..... (no entiendo).
-Listo. ¿Me pasás un teléfono, por las dudas?
-¿No tenés mi teléfono? (¿Se queja? ¿Se considera muy cercana? ¿Debería saber su teléfono de memoria? ¿Somos muy íntimas?)
-Sí, claro, pero por las dudas, ya que tengo la agenda acá, y anoto todo junto (mentira).
-Anota: 8..8..-..888 (Aquí me recuerdo que debo arreglar el identificar de llamadas)
-Esperá, más despacio. Viste que te dije que no anda bien la línea.
(No, muy íntima no puede ser, porque sabría que no escucho bien y de entrada sabría que debe hablarme despacio. De a poco logro completar el teléfono. Entender números es mucho más fácil que direcciones o nombres propios porque uno tiene que hacer coincidir el sonido que escucha con alguno de los números conocidos, que por suerte son sólo 11).
-Listo.
-Nos vemos entonces.
-¿Llevo algo?
-No, no te preocupes. Gracias igual. (No tengo que llevar nada, debe ser un cumpleaños).
-Nos vemos entonces. Gracias por la invitación.
-Les mando un beso (nos conoce a todos).
-Otro. Hasta lueguito.
(Esta no es la transcripción de una llamada real, sino una representación de cómo son, más o menos, la mayoría de mis conversaciones telefónicas).

Terminada la conversación mis opciones son:
1- Entrar a páginas amarillas en Internet, y buscar la dirección, y tal vez un nombre, a través del número teléfonico, y tal vez la respuesta.
2- Chequear entre la gente por sectores (amigos del club, mamás de la escuela, familia, etc) si hay algún cumpleaños o reunión el miércoles.
3- No ir, y si luego vuelve a llamar decir que uno de los chicos se enfermó. Los chicos siempre se enferman.
4- Buscar en agendas viejas si ese miércoles tengo marcado algún evento.
5- Como tengo el número telefónico, pedirle a mi esposo que llame en algún momento desde otro teléfono (por si ellos tienen identificador de llamadas) y ver si reconoce la voz.
6- En caso de no funcionar el 5, volver a llamar -siempre desde otro teléfono- y hacerme pasar por una vendedora, encuestadora, o similar, y tratar de sacarle el nombre.
7- Si no funciona el 6, llamar -ídem- como si fuera un secuestro virtual de algún familiar, y pedirle el nombre.
8- Si no funciona el 7 volver a llamar cuando no haya nadie, y dejar dicho en el contestador que por favor me llamen, con la excusa de que perdí la dirección, y así tener otra chance de averiguar quién es.

Como verán, todos los puntos de arriba hablan de la necesidad de razonamiento, rapidez mental, cálculos, memoria, investigación en diferentes medios, entrevistas, resolución de conflictos y de enigmas. Justamente lo que hace a una mente inteligente, vivaz, superior, detallista, atenta. Como los músculos, la mente debe ejercitarse para mantenerse en estado. Y mientras a las personas normo-oyentes se les sugiere la realización de crucigramas o el armado de rompecabezas, las personas hipoacúsicas sólo debemos hacer uso de nuestra cotidianeidad para ejercitar nuestra mente.

Este ha sido otro aporte de V.S para la salud mental de la persona hipoacúsica.

30 julio 2007

INFELICES O SUPERHÉROES

La discapacidad se mira desde dos extremos: o con lástima o con admiración. No hay tonos intermedios.
La lástima, aunque no nos guste, es natural. A mí me produce lástima que un chico no vea. Que un grande no pueda caminar. Que un bebé nazca con Down o parálisis cerebral. Me produce lástima que algunas personas no puedan desarrollar todo su potencial, no puedan hacer todo lo que desean o acceder a aquello que sueñan por un déficit físico, mental o sensorial. Es decir, me da lástima ser como soy.
El problema que acarrea la lástima es que lleva a la sobreprotección. Como me da lástima que tu carga sea tan pesada, voy a llevártela una cuadra. Voy a intentar hacer tu vida más sencilla. Voy a quitarte los guijarros del camino. Voy a hablar por vos, escuchar por vos, opinar por vos, caminar por vos, pensar por vos, votar por vos, decidir por vos.
Y no... entonces mejor no. Mejor no me tengas lástima y no te tengo lástima y cada uno que siga su camino. Ok... tener una discapacidad es una mala broma del destino. El número malo de la lotería. Pero mejor dejame mi espacio y no me jodas. Todavía puedo pensar por mí misma.
No, no queremos lástima. Entonces, y por omisión, nos queda la admiración.
No sé qué es peor.
Las personas con discapacidad somos como cualquier otro ser humano. Algunos buenos, otros malos; decentes o chorros; sinceros o mentirosos; ricos o pobres; con hijos o sin hijos; lindos o feos; estudiosos o vagos; inteligentes o idiotas. Con un leve agregado: inteligentes con discapacidad o idiotas con discapacidad (lo último suena redundante pero yo no llamo idiota a nadie por su discapacidad). Somos gente. Pero el hecho de llevar una vida aparentemente común -trabajar, casarnos, tener hijos, salir, comprarnos ropa, hacer el amor, cocinar, tener amigos, pagar impuestos, entender una película coreana- nos convierte, para el ojo inexperto de la persona sin discapacidad, en alguien digno de admiración. En un ser que ha superado batallas internas y externas. En un conocedor de las piedras que existen en el camino. En alguien que no acepta límites. En definitiva, en un superhéroe. Y una vez que nos ponen allí, en lo alto y lejano, qué difícil es vivir intentando cumplir con las expectativas de esas personitas que creen que por vivir con una discapacidad conocemos los grandes secretos de la vida. Es agotador. Porque entonces uno no puede quejarse, ni llorar, ni dormir tres días seguidos, ni deprimirse, ni gritar, ni enojarse con todo el mundo. Porque eso queda feo en un superhéroe que ha aceptado que no escucha, no ve o no puede caminar. Eso es para los que aceptan la lástima y que los lleven de la mano por el mundo. No para nosotros, que hemos salido airosos de cada prueba.
Y como nos vemos obligados a vivir entre esos dos terroríficos precipicios: lástima o admiración, nos olvidamos a veces de la realidad: que justamente por ser personas con discapacidad, tenemos límites. No podemos hacerlo todo. Llegamos hasta un punto. Hay muros que no podemos derribar y piedras que no podemos levantar. Porque si no no seríamos personas con discapacidad, seríamos personas corrientes y todo dependería de nuestro talento o nuestras ganas o nuestro dinero o nuestra fuerza o nuestro intelecto. No de nuestro oído.
Y eso está bien. Que aceptemos nuestros límites. Eso se llama realismo. Tenemos que saber y aceptar que no podemos estudiar cualquier carrera, ni tener cualquier trabajo, ni disfrutar de cualquier situación, ni participar de lo que se nos dé la real gana.
Es muy bueno y loable que alguien diga "lo voy a intentar cueste lo que cueste", pero también es genial saber hasta dónde podemos llegar. Porque el porrazo contra la pared te va a doler. Y a esa gente que te dice que lo intentes porque con esfuerzo todo se logra, y lo único que hacen es empujarte en patines y en pendiente, podemos sin problemas mandarlos a la puta que los parió y luego decir que somos malhablados por un trauma relacionado con la discapacidad, porque es lo mínimo que se merecen.
En definitiva: no me sirve la lástima (aunque alguna vez pueda usarla a mi favor) pero tampoco puedo hacerlo todo. Mi discapacidad no es un talento ni un don. Es una cagada. Y una vez que los demás y nosotros nos pongamos de acuerdo en estos principios, creo que la convivencia y la comprensión entre bandos será mucho más sencilla.
Y ahora termino el post porque debo salvar a la humanidad de algo, seguro. Me pasaron el informe por teléfono. No entendí muy bien. Me dio vergüenza pedir que me repitan. Así que me pongo rápido la capa, las calzas rojas, el bombachón negro de la escuela y veré qué pasa. O si por lo menos me pueden repetir la información mediante mensaje de texto.

30 mayo 2007

DECÁLOGO DEL PERFECTO HIPOACÚSICO

1. El perfecto hipoacúsico odia el interrogativo ¿qué?, por su sonido burdo y porque puede poner en evidencia un problema auditivo tanto como la falta de inteligencia.
2. Cuando el perfecto hipoacúsico no escucha algo en medio de una conversación, repregunta, plantea dudas, cuestiona, para lograr que le repitan o volver atrás, pareciendo interesado y hasta intelectual. Por ejemplo: "¿doctor, por qué no volvemos a repasar los síntomas que usted cita"? o: "no sé si se ha explicado bien, ¿puede repetir su teoría de la mecánica cuántica en situación de gravedad cero?"
3. El perfecto hipoacúsico desconoce en su totalidad lo que sucede en la TV argentina. No sabe quién ganó Gran Hermano ni el Martín Fierro de Oro, pero sabe perfectamente con quién sale Lindsay Lohan esta semana, gracias al canal E!
4. El perfecto hipoacúsico conoce de memoria la grilla de canales subtitulados, comenzando por Sony, Warner y AXN.
5. El perfecto hipoacúsico conoce de tecnología tanto como un experto, y sabe qué marcas de celulares tienen mejor sonido, qué televisores tienen closed caption, qué empresas extranjeras fabrican relojes con vibrador o baby-call luminosos.
6- El perfecto hipoacúsico ha logrado domesticar su cabello para que siempre, incluso en situaciones de fuerte viento, le tape las orejas y los audífonos.
7- El perfecto hipoacúsico se relaciona mejor, y sin darse cuenta, con personas cuyas voces responden a su audición residual. Así quien mantiene los tonos graves se lleva mejor con hombres o mujeres de voz potente, y quien resiste con los agudos opta por la compañía femenina y hasta acepta los chillidos de su suegra.
8- El perfecto hipoacúsico siempre lleva pilas de repuesto y el último probador de pilas que apareció en el mercado. En caso de apagón, y gracias a su vista desarrollada, es capaz de socorrer a cualquiera en medio de la oscuridad total, utilizando sólo el led del probador de pilas.
9- El perfecto hipoacúsico sabe que no hay dos hipoacúsicos iguales, y es capaz de dormir a cualquiera con su explicación de grados de hipoacusia, hipoacusias de conducción o neurosensoriales, células cilíadas y diferencia con la sordera.
10- El perfecto hipoacúsico aprende a convivir con sus varios y permanentes acúfenos, y los soporta con la cabeza alta y cierta orgullosa resignación. Acostumbra además a colocarle nombres a los sonidos de su cabeza: grillos, campanita, ambulancia, mosquitas, teléfono ocupado, bip-bip.

Agregados ayudas auditivas:
11- El perfecto hipoacúsico sabe que no debe mostrar emoción alguna, sorpresa o desesperación cuando le dicen que el audífono que le sirve cuesta más de ocho mil pesos.
12- El perfecto hipoacúsico sabe lidiar con obras sociales, prepagas, recursos de amparos y demás para lograr que le reintegren el importe de su audífono o implante coclear.
13- El perfecto hipoacúsico implantado no puede dejar de pensar que lleva el valor de un automóvil O km en su cabeza. (Y que hubiera preferido tener el auto).

25 abril 2007

DIÁLOGO DE UNA ATEA HIPOACÚSICA CON DIOS

Un día Dios se me apareció y me dijo (de esto me enteré después):
-“Tú –Dios habla en castellano neutro, apto para toda Latinoamérica- ¿deseas seguir siendo como eres, o convertirte en una persona normo-oyente, hermosa, inteligente, con un cuerpo descomunal y una gran cuenta bancaria en Suiza? (gracias a Dios, Dios no confía en nuestro sistema bancario).
El problema es que Dios es incorpóreo. Y se comunica con los seres humanos a través del lenguaje oral. Una lástima. Su voz, ronca y profunda me envolvió como una brisa cálida de primavera. Pero nada más. Yo busqué su boca. Labios que pudiera leer. Una pantalla. Un sistema de subtitulado, Un traductor del lenguaje de señas. Le rogué, aunque sea, que me repitiera. Pero Dios dice las cosas una sola vez. Y todos sabemos que los graves muy graves, así como los agudos muy agudos, son difíciles de entender.
Entonces, por la dudas, respondí:
-No, mirá... mejor dejame como soy.
Es por eso que las personas hipoacúsicas, a veces, nos perdemos de buenas posibilidades.

01 abril 2007

DELICIAS DEL CERTIFICADO DE DISCAPACIDAD

Voy a ir pasando aquí todo lo que escribí sobre discapacidad en La vida con subtítulos. No porque no tenga ideas nuevas, sino porque ando ordenando la casa y me parece que ciertos textos tendrán más valor aquí.

Siempre me había negado a sacar el certificado de discapacidad, porque tener un papel en el que el Estado me nombra algo así como "idiota oficial", me parecía patéticamente perverso. Aunque el papelito podía llegar a servirme como título profesional en caso de que todas mis otras ocupaciones no rindieran sus frutos. "Mirá, el título de periodista lo tengo colgado en la pared, pero el de discapacitado lo llevo en la cartera y me rinde más". Hace algunos años, sin embargo, cuando recién aparecían los teléfonos celulares y los planes eran muy caros, la ex-Movicom promocionaba un plan para personas con discapacidad, más que accesible. Para acceder a él, por supuesto, había que tener el certificado. Si no es muy fácil. Cualquiera puede ponerse a renguear o decir "¿qué"? (aunque nunca lograrán mi naturalidad y gracia) y hacerse pasar por persona con discapacidad (stop para el tema de la denominación. La comunidad de per-so-nas-con-dis-ca-pa-ci-dad adhiere a los términos políticamente correctos, en los que se pone énfasis en la persona, y no en la discapacidad, cosa que me parece de lo más lógica, pero que se hace algo complicada a la hora de escribir. "Persona con capacidades diferentes", es largo, no me jodan). Seguimos, saqué el certificado de discapacidad, entonces, para sacar un teléfono celular, que me robó a los pocos meses alguien que merece tener el certificado de chorro profesional. Cuando quise comprar otro teléfono y renovar mi plan, la promoción había terminado. Yo le aseguré al vendedor que seguiría teniendo la discapacidad por el resto de mi vida, que las personas sólo se levantan de la silla y caminan en el último capítulo de la novela, y que por eso Araceli González habló y escuchó al final de la telenovela esa de las orcas, pero que en la vida real eso sucedía muy raramente, tal vez en la gruta de alguna virgen, o luego del quirófano con el implante coclear, pero que nada de eso me pasaría a mí porque soy judía, atea, y el tema del implante coclear todavía me da cosa. Así que terminé con un celular como cualquier mortal, y un certificado de discapacidad que no me servía para nada. Error. Tenía el papelito, debía averiguar qué podía hacer con él, además de todas las cosas innombrables que se me ocurrían (porque tengo la fantasía de que por el resto de la eternidad quedé marcada como "diferente", y por lo tanto el día en que llegue el meteorito, el tsunami, la nave extraterrestre, el huracán Pampero o el terremoto porteño, a mí no me permitirán guarecerme en la gruta que cavará el gobierno yanqui bajo la Casa Rosada, y en el que podrán sobrevivir sólo algunas importantísimas personalidades caucásicas sin limitaciones físicas ni mentales.¡Y eso que soy caucásica!).
Bien, busqué en Internet. No encontré ningún lugar en el que se explicara claramente qué hacer con el certificado de discapacidad, porque la gente que maneja esto debe pensar que no entendemos las explicaciones, o algo similiar; y fue a través de algunas páginas web, como Voces en el silencio, y otras que nuclean a grupos de personas sordas e hipoacúsicas, que fui averiguando qué corno hacer.
Ahora soy feliz con mi certificado de discapacidad. Porque no pago Alumbrado barrido y limpieza. Porque no pagaría patente ni estacionamiento si tuviera un auto. Porque entro gratis al zoológico (¡y llevo gratis a un acompañante, supongo que para que me cuente qué dicen los mensajes por altoparlante! No sea cosa que un día pierda a un hijo y ni me dé cuenta, lo cual, admito, no me llamaría la atención), a la Rural, a la Feria del Libro y a todo ese tipo de muestras. Pago menos que ustedes en el Parque de la Costa, y no pago nada en Mundo Marino, que cuesta un huevo. No pago ingreso a museos, aunque no voy a ninguno. Y todo eso me hace tan feliz como cuando estaba embarazada y, en el horario pico de compras en el supermercado, yo me acercaba a la caja que decía "prioridad para embarazadas" y lanzaba mi carrito contra los miles de carritos que debían dejarme el paso y me enviaban miradas asesinas a mi vientre. Casi tan feliz. Porque siempre descubro que hay cosas nuevas que no pago, y me voy ahorrando de a 5, 15, 20 pesos, que no es moco e´pavo. Se supone que tampoco pago por ningún transporte terrestre, pero eso no lo uso. Para el colectivo me da no sé qué, estoy segura de que voy a mostrar el certificado y me van a mandar a la puta que lo parió. Y lo de larga distancia... dicen que te hacen un verso para no darte el pasaje, y no tengo ganas de pelear ni tengo a dónde ir... Me podría interesar un pasaje aéreo, pero todavía no se dio... Eso sí, pago como cualquier mortal el teléfono, los demás impuestos, la entrada al cine, los libros (a-mi-no-me-los-re-ga-lan como a otros bloggeros escritores).
Y me parece bien. Me parece bien tener algunos privilegios. Porque se supone que yo no tengo las mismas oportunidades en la vida que casi todos ustedes, y es verdad. No las tengo. Sobre todo laborales. Por eso no pago la entrada al zoológico, ¿me entienden?, porque cuando uno no consigue trabajo por ser diferente, ir al zoológico gratis es lo único que te puede consolar.
Por eso siempre llevo encima mi certificado de discapacidad. Una copia, bah, reducida, autenticada por escribano público, y plastificada. Porque nunca sabés cuándo te va a servir, qué nuevo entretenimiento te puede conseguir. Y para que cuando voy al banco (ese del ave de rapiña yanqui) a hacer una consulta, y me dicen que la consulta sólo puede hacerse teléfonicamente (como se acostumbra últimamente en casi toda dependencia municipal, bancaria, médica, carcelaria, etc, etc), y yo les digo que si vengo personalmente es porque no puedo hacer la consulta teléfonica, y entonces ellos me ofrecen un teléfono de ahí nomás, y yo les digo que sigue siendo un teléfono, pueda, por fin, sacar mi lindo certificado de discapacidad, y restregárselos sin culpa por la cara.

16 marzo 2007

DIÁLOGO DE OYENTES

Qué fácil que es inventar una frase hecha. Ves a dos tipos que hablan y no se entienden, que siguen en la suya, que no se ponen de acuerdo, y ahí va uno que se cree inteligente y dice: "es un diálogo de sordos". Y los demás aplauden y lanzan grititos alborozados, y desde entonces le dicen "diálogo de sordos" a aquellas conversaciones en que dos o más personas no logran "escucharse", es decir, entenderse. Uno dice una cosa, el otro dice otra cosa, y así. Ustedes me entienden. Y allí van todos los periodistas y entrevistadores y comunicadores y personajes televisivos y presentadoras con colágeno en los labios a repetir, como si supieran de qué hablan: "diálogo de sordos, diálogo de sordos, diálogo de sordos".
Y no viejo no... Eso no es un diálogo de sordos, eso es, exactamente, un diálogo de oyentes. Y te voy a explicar por qué, porque tengo tiempo y para eso estoy acá. Los sordos (aquí englobo a hipoacúsicos leves, moderados, profundos -yo- y sordos más o menos y sordos-sordos) cuando mantenemos una conversación, cuando estamos allí deseando ser parte de esa conversación, cuando la misma es parte del trabajo o de grupo de amigos, cuando queremos saber qué se está diciendo y oh milagro, hasta participar de la charla, cuando eso sucede, y aunque no escuchemos los sonidos como vos, los sonidos propiamente dichos, estamos entendiendo viejo. Cada palabra. Cada inflexión. Cada gesto. Cada tono. Cada movimiento corporal. Cada mirada. Estamos usando toda nuestra atención, inteligencia, viveza, todo nuestro cuerpo, toda esa parte del cerebro que dicen que no se usa mucho, estamos usando todo lo que somos para entender. Porque si queremos "escuchar", tenemos que estar ahí con nuestros seis sentidos enteros y al máximo. Concentrados únicamente en tus labios y en lo que intentás decir, aunque sea la máxima gansada. Tal vez nunca nadie te prestará tanta atención como nosotros en ese momento.
O sea que podés usar la expresión "diálogo de sordos" si querés ser un típico hijo de puta que dice "hoy conversé con un sordito, un tarado", como quien le dice "mogólico" a un tipo tonto, pero no podés usar esa frase hecha para hacer entender que no nos comprendimos. Porque tal vez no hayamos llegado a un acuerdo o a mí me parezca que estás equivocado, o discuta con vos, pero que te escuché, comprendí y entendí, eso seguro. Porque hacemos flor de esfuerzo. Por eso no entiendo por qué se usa la frase "diálogo de sordos". Por qué nos usan para clasificar un hecho de incomprensión entre dos personas justamente a nosotros que ponemos alma y vida en entender ese diálogo.
Porque eso es un "diálogo de oyentes": dos personas que oyen perfectamente y eligen no escuchar. Eso es. Así que desde ahora ya lo saben. Les regalo la frase. La pueden usar en sus lindos titulares. "Bush y Chávez en un diálogo de oyentes". Hasta queda bien y todos entendemos de qué hablan. Y así nadie le falta el respeto a nadie. ¿Está claro, o querés que te lo repita?

26 febrero 2007

LA GENTE DICE

¡Sorda! ¡Che!, ¿qué sos, sorda? ¿No me escucha? ¿Sos sordomuda? Si me prestara atención... ¿Cuántas veces se lo tengo que repetir? ¡Te llamé tres veces y ni te diste vuelta! Señorita, ¿no escucha que la están llamando? Ese número ya lo llamamos. ¿Qué se lo repita? ¿Usted cree que tengo todo el día? Sukaczer... ¿Sukaczer? ¡Sukaczer! ¿Me está pidiendo atención especial? ¿Me entiende lo que le digo? Se-lo-re-pi-to. La única forma de acceder a la información que usted me pide, es llamando por teléfono. Los micros se anuncian por altoparlante. Espere allá, y la van a llamar. ¿Sos sorda o estúpida? Si usted no me escucha, yo no puedo hacer nada.

Todo eso me han dicho.

Por suerte para mí, casi nunca los escuché.

20 enero 2007

YO INCOMODO

Yo incomodo. Hay que aceptarlo. Hasta a mí misma me resultaría incómodo estar conmigo. Y como incomodo, pero todos somos políticamente correctos y aceptamos al otro tal como es, es que las relaciones con la gente son tan... ¿difíciles?, ¿insoportables a veces?, ¿falsas? Y los amigos verdaderos son pocos, y son los únicos con derecho a gritarte.
Veamos...
Alguien me pregunta cómo quiero el café. Yo, que pedí café, respondo "no gracias". Vuelve a preguntármelo, sin cambiar las palabras, y yo vuelvo a decir "no gracias". A la otra persona le resulta incómodo preguntarme por tercera vez, y no sabe que a lo mejor es la frase completa la que no entiendo (por lo tanto tendría que buscar otra manera de preguntar lo mismo) y porque además cree que así -repreguntando- me pondrá en evidencia. Y marcar un error provocado por una discapacidad no es cómodo para nadie. Ergo, dejará de hacerme preguntas y de a poco, tratará de no hablarme.
El amigo verdadero, en cambio, me hubiera dicho: "che, tarada, te pregunto si lo querés con azúcar o con edulcorante", y yo me hubiera reído, porque no sé por qué el "tarada" me hubiera causado gracia, como a los chicos, y por fin hubiera respondido correctamente.
Sigamos...
Entre mis amistades (ver que aquí no digo amigos) hay varios que me hablan modulando exageradamente y despacio. Los que me conocen saben que hay pocas cosas que me sulfuren más que el que me hablen de esa forma. Pero no digo nada. A su manera, ellos están haciendo un esfuerzo por comunicarse conmigo, aunque nunca me hayan preguntando cómo deberían hablarme. Es díficil preguntar eso. Uno no va por la vida preguntándole a la gente con discapacidad cómo deben tratarlos, porque suponen que eso es poner énfasis en la discapacidad. Bien. Odio que me hablen así, pero además hablar así, pruébenlo ustedes, es agotador. Yo tengo una conocida que es sorda (pero sorda sorda), y después de diez minutos de hablar con ella (lee los labios) me duele la mandíbula y me quiero ir. Ergo, mis amistades se agotan de hablar conmigo, yo me agoto de verlas hacer el esfuerzo, y de a poco nos vamos distanciando. Ellos para no tener que hablarme. Yo porque no los soporto.
Un amigo verdadero me hablaría normalmente y estaría preparado para repetirme si lo necesito.
Y vamos por la última.
Tengo la mala suerte de tener un grupo de amistades de fin de semana. Somos en promedio unas 8 parejas, más todos los niños y niñitas. Como somos un grupo, compartimos los asados de los sábados y nos acomodamos en ronda en la pileta del club. Imagínense el espacio que ocupan dieciséis personas, con sus reposeras, bolsos, etc, etc. Por supuesto, auditivamente quedo anulada. No escucho a nadie. Justo yo, que soy más que conversadora, que me gusta hacer chistes, que creo poder mantener una charla amena, agradable, interesante, aquí paso a ser la tímida, la cerrada, o la silenciosa. Alguien que no soy yo. Cuando estoy con dos o tres personas como máximo, eso no pasa. Pero los grupos son una tortura para cualquier hipoacúsico. La representación del infierno. El infierno debe ser un lugar ruidoso y en donde todos hablan al mismo tiempo, hay música de fondo y no se entiende nada. Bien, volvamos. Como estamos en grupo, algunos, muy ubicados, tratan de que yo participe de la conversación. Para ello tienen que fijarse que cuando hablan, yo pueda observarlos (como si la lectura labial fuera milagrosa). Entonces se colocan en poses insólitas, tienen que hablar con el que está a su derecha pero mirando a la izquierda, y a veces hasta me sugieren que me ponga en tal o cual lugar. Ergo, la conversación se torna incómoda para todos. Porque justamente, yo incomodo.
El buen amigo, en cambio, sabría que en grupo no funciono y mantendría conmigo una amistad más personal.
Y eso es así, y no está bien ni mal. Y no hay otra que aceptarlo. Es como cuando uno está con una persona ciega y se cuida de no decir nunca "¿viste que..?" porque teme ofender al otro. Y ser tan cuidadoso, estar tan conciente de lo que uno hace o dice, es incómodo.
¡A mí me resulta incómodo estar con una persona como yo!
Por eso lo digo y lo afirmo, y no tiene remedio: yo incomodo.
Ok... remedio hay. Quedarse sólo con los buenos amigos. Pero como esa es una utopía, y como estamos insertos en un ambiente social, las cosas seguirán así. Y que te recontra.

16 enero 2007

DEL FUTURO IMPERFECTO AL FUTURO PERFECTO

Seguimos con los post que salieron en La vida con subtítulos . Estoy de vacaciones...

Un juego favorito de la raza humana, es imaginar un mundo perfecto. Lo imperfecto de esta manía, es que cada mundo particular es diferente, no existen dos mundos perfectos iguales, y por lo tanto no podrá nunca existir la perfección.Mi mundo perfecto es perfecto para mí, pero cruel para casi todos los demás. En mi mundo perfecto ustedes, casi todos los que leen, no podrían vivir. Se ahogarían en un silencio que para mí es ideal. Les faltaría el estímulo auditivo, que para mí es prescindible.En mi mundo perfecto no existen los teléfonos, y todas las comunicaciones deben hacerse por e-mail o por mensajes de texto. Mi mundo se lee. Todo él es de palabras escritas. La literatura es la más perfecta de las artes. Necesaria como el aire o el alimento. En mi mundo aprendemos dicción como aprendemos a sumar, y se prohíben las relaciones de perfil y a oscuras. En mi mundo perfecto la distancia no es un escollo para comunicarse. El lenguaje corporal y la lectura de los labios sirve para mantener conversaciones a distancia, para descubrirse unos a otros, para amarse, para saber qué está diciendo el otro que no habla con nosotros, para comunicarnos. Las reuniones familiares o de amigos en mi mundo perfecto se realizan en lugares luminosos, en mesas pequeñas (no más de seis personas), y bajo la prohibición total de acompañarlas con música de fondo. En mi mundo perfecto los arquitectos que construyen habitaciones con eco son considerados criminales, y se les hace juicio por mala praxis. Como siempre los pierden (porque es fácil comprobar el eco en un recinto) se los condena a escucharse su voz amplificada una y otra vez por el resto de sus vidas. En mi mundo perfecto toda la programación televisiva es subtitulada, y yo tengo un televisor con closed caption y un DVD. En mi mundo perfecto, cuando suena un timbre, alguien golpea a la puerta, cualquier anuncio, alarma, grito, llanto, etc, es transmitido inalámbricamente a un vibrador que llevamos siempre encima o, los más osados, adosado bajo la piel. Yo lo llevaría en la nuca, para utilizarlo también como masajeador. En este mundo perfecto la moda de adosar el vibrador en los genitales será perseguida por la Iglesia y los grupos de Madres Pro Ruido, que de pronto han descubierto que el silencio es tan peligroso como el rock. En mi mundo perfecto la música existe, por supuesto. Pero se considera una falta de respeto escucharla a alto volumen o en sitios públicos. La música, como el cuchicheo, están reservados a la intimidad. En mi mundo perfecto y visual existen carteles a cada paso anunciando todo lo que se puede anunciar: qué aviones, trenes, micros están a punto de salir, y por qué terminal, dónde están los baños, qué número están llamando, qué apellido, para qué trámite es cada ventanilla, cuánto hay que pagar, en qué colores viene una prenda, cuál es el diagnóstico. En mi mundo perfecto se encuentra la cura para uno de los males más terribles que sufre esta humanidad perfecta, y que hasta el día de hoy no tiene cura: los acúfenos. En mi mundo perfecto una de cada cinco personas enloquece, se suicida, mata, se pierde para siempre por culpa de esta tortura absurda de escucharse los chillidos de su propia mente. En mi mundo perfecto, como en cualquier otro, alguien siempre se rebela contra el ideal de perfección. Los recitales clandestinos, en lugares con eco y poca iluminación serán la cara más conocida del submundo de aquellos que temen vivir en silencio. Como en todo mundo perfecto, los enemigos nos atacarán apagando las señales y boicoteando la letra escrita. En mi mundo perfecto sabemos muy bien quién es el enemigo, y aunque les hemos ofrecido islas perdidas para que desarrollen sus perversiones, ellos quieren el resto del mundo. Quieren hacer lo mismo que hicimos nosotros, su propio mundo perfecto, la antítesis de este: un mundo auditivo, un mundo para ciegos. En mi mundo perfecto nos liberamos de todos aquellos aparatos que nos obligan a oír incluso lo que no queremos oír, y dejamos que la brisa de primavera nos envuelva los sentidos.