Cuando alguien habla de "capacidades diferentes" para no decir lisa y llanamente "discapacitado", yo siento que me robaron algo, que me estafaron. Que en el reparto genético me tendría que haber tocado la facultad de volar, o la superfuerza, o por lo menos la telepatía, ya que me tocó en suerte no contar con el oído.
Diferente es distinto, no incompleto o fallado.
La idea de que quienes no ven poseen el radar de un murciélago, y de que quienes no escuchamos dominamos el arte de la lectura labial a cinco metros en lugares oscuros o con luces psicodélicas es sólo un invento de los demás para mantener tranquilas sus conciencias.
En caso de que me suceda -se dicen- si alguna vez pierdo audición, igual voy a escuchar con los ojos, como dicen los sordos, así que el asunto no debería preocuparme demasiado.
Dicho esto, me gustó mucho, me resultó muy interesante el artículo escrito por un tal Franco Rinaldi , aparecido ayer en el diario Clarín.
Dice: "Toda equiparación será engañosa, con más o menos rating, si permanece ciega ante el hecho de que la discapacidad no es mera diferencia, a que es una desventaja de hecho frente a los que no tienen ninguna discapacidad".
El artículo viene a cuento por lo sucedido entre Tinelli/Pergolini. Para los que no viven en Argentina, resumo: en el asqueante (eso va por mi cuenta) programa de TV "Bailando por un sueño", que dirige Tinelli, está participando una persona ciega. Pergolini, el conductor de otro programa, salió a criticarlo y dijo algo así como por qué de una vez por todas el otro no ponía mogólicos a bailar. Para ganar rating, se entiende.
Las asociaciones de, sobre, para Síndrome de Down, pusieron el grito en el cielo, e hicieron denuncias de discriminación por el uso de la palabra mogólico, que nadie va a negar que suena peyorativa.
Yo también escribí sobre el tema. Un artículo que pensaba enviar a algún diario. Prefiero subirlo acá (lo haré en los próximos días), así que por un lado me conocerán en la faceta "seria" de periodista, y por el otro los animo a sumarse a la discusión.
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24 abril 2008
21 septiembre 2007
NO OIGO, PERO SÉ ESCUCHAR
De mi archivo, aparecido en diario Clarín el 8 de septiembre de 1989.
Stonington, EE.UU. En 1970 contraje meningitis y quedé completamente sordo. Alguien del siglo pasado decía "profundamente sordo", que sencillamente significa que es, más o menos, lo más sordo que se puede quedar. Alguna gente dice muy duro de oído, o muy discapacitado audivitamente o, tal vez con mayor exactitud, sordo como una tapia.
Así soy yo desde hace casi veinte años, de manera que a esta altura ya es parte de mi vida. Pero en el camino he aprendido algunas cosas.
Poco después de quedarme sordo, entré a una papelería. Le pedí al vendedor, a quien conocía desde años antes, papel para escribir a máquina. El me miró con cara rara y me preguntó: "¿Usted es español?" Yo le pregunté: "¿Parezco español?". Y el vendedor dijo: "No, suena español". Lo único que se me ocurrió contestar fue: "Buenos días". Salí del negocio con la clara sensación de que yo había cambiado en algo.
Más adealnte me di cuenta de que la voz realmente me estaba cambiando, como los médicos habían dicho que sucedería. No poder oír mi propia voz significaba no poder controlarla. A lo largo de los años me han tomado indistintamente por yugoslavo, escocés, alemán, sueco, inglés e inclusive neoyorquino. También se me ha visto charlando en susurros en el subterráneo, hablando a los gritos en bibliotecas públicas y en general poniendo incómodos a los demás con un volumen de voz totalmente fuera de contexto.
Usted seguramente pensará que lo que más preocupa a los sordos es tratar de seguir las conversaciones o enterarte de lo que está pasando. Pero para la mayoría de los sordos, especialmente para los que no pueden hablar bien, el gran trabajo consiste en lograr que los demás los entiendan, lograr que los que tienen oído normal escuchen y comprendan lo que ellos dicen.
O sea que, llamativamente, el inconveniente se vuelve mutuo cuando alguien habla con un sordo: ¡a los dos les cuesta trabajo oírse! Los dos tienen que hacer un poco más de esfuerzo, y cuando empiezan a hacerlo descubren que hablar con un sordo, "en el fondo", no es tan distinto de una conversación normal.
El otro día me puse a charlar con un desconocido. Era fácil leerle los labios y estuvimos como una hora hablando de un montón de cosas. En determinado momento, me dijo:
-Thomas, realmente me gusta hablar con vos.
-¿Por qué?
-¡Porque escuchás tan bien!
Bueno, casi me caigo de espaldas. Quiero decir que hacía casi dos décadas que no escuchaba ni una palabra.
-La gente normal oye mucho más de lo que escucha -dijo mi interlocutor-. Vos, en cambio, no oís una palabra. Tenés que esforzarte para entenderme. Así que, al menos en tu mente, realmente estás escuchando. Por raro que parezca, el ser sordo hace que escuches mejor.
Estuvo muy bien. Obviamente estaba en presencia de un hombre sabio.
-Está bien -dije yo- escucho mejor porque no oigo. ¿Eso significa que un ciego mira más porque no ve?
El desconocido sonrió. Después señaló: -Un viejo filósofo chino dijo: "La taza está hecha de archilla, con costados y fondo. Pero es el vacío de adentro lo que hace que la taza sea útil".
Sonaba como una de esas frases profundas que la gente usa cuando no tiene respuestas para la pregunta que uno le hizo. Bueno, si él quería jugar a ese juego, yo también.
Así que le dije: "Supongo que querés decir que una persona discapacitada es como una taza vacía y que esa persona puede usar su vacío para lograr algún tipo de realización. ¿Si? Bueno. ¿Qué pasa con una taza que está medio vacía?
El desconocido rió. Me contestó: ¿Por qué no medio llena? Mirá atoda la gente que nos rodea. Veo anteojos, bastones, todo tipo de discapacidades. Y seguro que la mayoría de esas personas piensan que son tazas llenas, cuando en realidad están llenas a distintos niveles. Algunas están más vacías. Otras están más llenas. Pero acordate de lo que dijo el filósofo: es el vacío el que hace que la taza sea útil. Si uno admite ante uno mismo y ante los demás que la propia taza está un poco vacía, bueno, entonces la taza será llenada.
Después nos despedimos.
Una cosa que me olvidé de preguntarle al desconocido es: ¿quien llena las tazas? Pero creo saber la respuesta. Es usted. Soy yo. Son sus amigos y familia. Hasta puede ser un perfecto desconocido.
Thomas Mitchell
Stonington, EE.UU. En 1970 contraje meningitis y quedé completamente sordo. Alguien del siglo pasado decía "profundamente sordo", que sencillamente significa que es, más o menos, lo más sordo que se puede quedar. Alguna gente dice muy duro de oído, o muy discapacitado audivitamente o, tal vez con mayor exactitud, sordo como una tapia.
Así soy yo desde hace casi veinte años, de manera que a esta altura ya es parte de mi vida. Pero en el camino he aprendido algunas cosas.
Poco después de quedarme sordo, entré a una papelería. Le pedí al vendedor, a quien conocía desde años antes, papel para escribir a máquina. El me miró con cara rara y me preguntó: "¿Usted es español?" Yo le pregunté: "¿Parezco español?". Y el vendedor dijo: "No, suena español". Lo único que se me ocurrió contestar fue: "Buenos días". Salí del negocio con la clara sensación de que yo había cambiado en algo.
Más adealnte me di cuenta de que la voz realmente me estaba cambiando, como los médicos habían dicho que sucedería. No poder oír mi propia voz significaba no poder controlarla. A lo largo de los años me han tomado indistintamente por yugoslavo, escocés, alemán, sueco, inglés e inclusive neoyorquino. También se me ha visto charlando en susurros en el subterráneo, hablando a los gritos en bibliotecas públicas y en general poniendo incómodos a los demás con un volumen de voz totalmente fuera de contexto.
Usted seguramente pensará que lo que más preocupa a los sordos es tratar de seguir las conversaciones o enterarte de lo que está pasando. Pero para la mayoría de los sordos, especialmente para los que no pueden hablar bien, el gran trabajo consiste en lograr que los demás los entiendan, lograr que los que tienen oído normal escuchen y comprendan lo que ellos dicen.
O sea que, llamativamente, el inconveniente se vuelve mutuo cuando alguien habla con un sordo: ¡a los dos les cuesta trabajo oírse! Los dos tienen que hacer un poco más de esfuerzo, y cuando empiezan a hacerlo descubren que hablar con un sordo, "en el fondo", no es tan distinto de una conversación normal.
El otro día me puse a charlar con un desconocido. Era fácil leerle los labios y estuvimos como una hora hablando de un montón de cosas. En determinado momento, me dijo:
-Thomas, realmente me gusta hablar con vos.
-¿Por qué?
-¡Porque escuchás tan bien!
Bueno, casi me caigo de espaldas. Quiero decir que hacía casi dos décadas que no escuchaba ni una palabra.
-La gente normal oye mucho más de lo que escucha -dijo mi interlocutor-. Vos, en cambio, no oís una palabra. Tenés que esforzarte para entenderme. Así que, al menos en tu mente, realmente estás escuchando. Por raro que parezca, el ser sordo hace que escuches mejor.
Estuvo muy bien. Obviamente estaba en presencia de un hombre sabio.
-Está bien -dije yo- escucho mejor porque no oigo. ¿Eso significa que un ciego mira más porque no ve?
El desconocido sonrió. Después señaló: -Un viejo filósofo chino dijo: "La taza está hecha de archilla, con costados y fondo. Pero es el vacío de adentro lo que hace que la taza sea útil".
Sonaba como una de esas frases profundas que la gente usa cuando no tiene respuestas para la pregunta que uno le hizo. Bueno, si él quería jugar a ese juego, yo también.
Así que le dije: "Supongo que querés decir que una persona discapacitada es como una taza vacía y que esa persona puede usar su vacío para lograr algún tipo de realización. ¿Si? Bueno. ¿Qué pasa con una taza que está medio vacía?
El desconocido rió. Me contestó: ¿Por qué no medio llena? Mirá atoda la gente que nos rodea. Veo anteojos, bastones, todo tipo de discapacidades. Y seguro que la mayoría de esas personas piensan que son tazas llenas, cuando en realidad están llenas a distintos niveles. Algunas están más vacías. Otras están más llenas. Pero acordate de lo que dijo el filósofo: es el vacío el que hace que la taza sea útil. Si uno admite ante uno mismo y ante los demás que la propia taza está un poco vacía, bueno, entonces la taza será llenada.
Después nos despedimos.
Una cosa que me olvidé de preguntarle al desconocido es: ¿quien llena las tazas? Pero creo saber la respuesta. Es usted. Soy yo. Son sus amigos y familia. Hasta puede ser un perfecto desconocido.
Thomas Mitchell
08 marzo 2007
SI ELLA LO DICE...
"Se piensa que las personas que sufren algún tipo de discapacidad, algún tipo de disminución de sus fuerzas físicas, son personas que tienen disminuidas también su capacidad moral, su poder de decisión y su capacidad de asumir derechos".
Alcira Bonilla
Filósofa
Alcira Bonilla
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