04 enero 2013

BRUTA CIEGA SORDOMUDA (CRÓNICAS DEL SILENCIO)

La ausencia o mal funcionamiento de cualquiera de nuestros sentidos nos lleva a darnos cuenta de cuán imprescindibles nos resultan los restantes. Desde siempre yo dije y bromeé que mi apocalipsis privado estallaría el día en que me pasara algo en la vista. Pensaba que cuando ya no pudiera confiar en que mis ojos hicieran el trabajo que no hacen mis oídos, las cosas dejarían de tener sentido para mí. Pero algo pasó y no fue tan terrible ni final. Astigmatismo+presbicia+una pequeña catarata en el ojo derecho me llevaron a portar de pronto tres pares de anteojos (de lejos, de cerca, de sol con mi graduación) y a seguir viviendo el día a día con más peso pero sin muchos más inconvenientes.

Pero nunca había pensado en la voz. Supongo que di por sentado que la voz la tendría siempre. Que el acto de comunicarme con los demás estaba asegurado, pasara lo que pasara. Hasta que la perdí, claro,  y sin voz, empecé a escribir en mi cabeza estas crónicas del silencio.

La culpa fue de una laringitis de manual, algo que los médicos deben ver todos los días pero que cuando me atacó a mí nadie sabía cómo medicar. Así que los días iban pasando y todo lo que había dentro de mi cuello empeoraba. Sobre todo la voz. Luego de cuatro días de fuertes dolores de garganta, le llegó el turno a las cuerdas vocales. Y listo, fueron.
La afonía es la pérdida de la voz, la incapacidad de hablar. Y es cosa seria, si de pronto te encontrás con que abrís la boca, hacés toda la mímica, te esforzás, dejás que pase aire por tu garganta y, sin embargo, no sale nada, ni un hilo de voz, ni un chillido, ni un espasmo, ni un sonido. Nada. 
Por tres días yo fui muda. Muda de mudez total. Muda de sin voz. Sorda y muda.

Los varones de mi casa (léase marido e hijos) se alegraron con la noticia. Para cualquiera, el silencio de la mujer suena a paraíso. Y yo no me preocupé al principio... que se las arreglaran sin mí, pensé, que se hicieran cargo. Pero basta que uno pierda algo, lo sabemos, para descubrir cuán necesario nos resultaba.

Necesitaba hablar con los demás, decirles un montón de cosas, intercambiar opiniones, consejos, recomendaciones (todo eso que hace una madre), y no podía hacerlo. Así que empezamos con los experimentos. 
Conozco y puedo usar una bastante rudimentaria LSA. Pero los demás no. Así que comunicarnos con señas no fue posible. Lo cual me enojó un poco porque cuando les quise enseñar no quisieron aprender, y porque creo que algunas señas se entienden por lógica básica y solo hay que poner un poco de esfuerzo. 

El segundo paso, entonces, fue hablar sin voz, hacer la mímica de las palabras. Esto nos servía un poco más porque en mi casa todos leen los labios bastante bien. Sobre todo mi hijo mayor, que siempre se mostró encantado con esta capacidad mía. Pero para leer los labios hay que tener paciencia. Algo que yo, y todas las personas hipoacúsicas y sordas que me leen, sabemos muy bien. Para hacer lectura labial hay que concentrarse en la cara del otro (no necesariamente en los labios, sino en el todo) y no perderla de vista ni un segundo (porque entonces se pierde el hilo de la conversación). Y no importa cuánto tiempo lleve la conversación, uno sigue mirando.

Y aquí entra a cuento una larga discusión que tengo con mi familia. Ellos, sobre todo mis niños, me reprochan cada vez que me hablan y yo dejo de mirarlos por un segundo (porque algo me llamó la atención, porque pestañeé, porque estaba cansada, porque los estaba escuchando bien, por lo que fuera), pero ahora que eran ellos los que debían mirarme, no lograban mantener la atención más que milésimas de segundo, obligándome a sacar voz de donde no tenía o a encontrar otras maneras de comunicación. 
Aquí descubrimos otro tema: cuando ellos me hablan y yo dejo de mirarlos, repiten todo lo que estaban diciendo, desde el principío. Incluso lo que yo sí había escuchado/mirado. A mí la situación me pone neurótica y por eso es normal que cuando eso pasa iniciemos un intercambio de gritos al estilo:
-¡No me repitas todo, ya te escuché!
-¡No sé si me escuchaste porque no me estabas mirando!
-¡Apenas pestañeé, contame desde...!
-¡Ahora no me acuerdo, te tengo que contar todo de vuelta!
Y así es como la vida familiar se torna tan feliz y relajada para todos.

Pues bien, esta "yo muda" no iba a caer en ese abismo, pero ellos me empujaban. Como cada vez que empezaba a hablar con mímica se distraían a los dos microsegundos y me obligaban a que les dijera todo de vuelta, agotándome hasta agotamientos difíciles de describir.

Cuando la LSA y la mímica dejaron de dar resultados, opté por el método antiguo y clásico: la pizarra colgada del cuello. Acudí a cuadernitos para ir escribiendo aquello que no podía decir:
"Llamó el plomero".
"¿Dónde dejaste la tijera?".
"La abuela quiere saber si vas a su casa".
A falta de cuadernos a la vista, descubrí la utilidad del anotador del teléfono celular. Bastaba con escribir, mostrar y borrar.

Y así fueron pasando los días.

Perder la voz, la forma más directa, sencilla y lógica de comunicarme con los demás se pareció mucho a un pequeño infierno. Me dolió, me molestó, me enojó, me deprimió, me angustió. De todo eso, muy y mucho.
Perder la voz me hizo sentirme pequeña, menguante, invisible. Cuando el acto de decir se me hizo difícil, sencillamente dejé de decir. Me preocupé solo por enviar los mensajes imprescindibles ("vence tal cuenta; apagá el horno; llamá a tal persona") y todo lo que era conversación, compartir, desapareció de mi horizonte por tres días y un poco más. 

De la afonía absoluta pasé, de a poco, a la disfonía que aún me dura. Cada tanto se me va la voz o se me escapan chillidos y ronquidos extraños, pero puedo hablar. ¡Hablar! 

No hay moraleja ni enseñanzas en esta historia. Perdí la voz tres días, la recuperé, y la vida continúa. Como siempre, todo el esfuerzo lo hice yo (o eso siento). O sí... tal vez me di cuenta de algo... prefiero seguir siendo hipoacúsica, que ya sé cómo es, tengo experiencia, aceitados métodos de superviviencia, pero la voz... por favor, ¡la voz no me la saquen!










2 comentarios:

solsilvestre dijo...

Vero, cada vez que te leo me gusta más cómo escribís. Sos un referente y más: toda una maestra para mí.
Y aunque entiendo que habrá sido un infierno todo lo que contás, mientras sigas manejando la palabra (aunque sea escrita) así de bien, serás siempre superpoderosa.

MARGARCIMON dijo...

¡¡Hola, VERÓNICA!! Hace poco que conozco tu blog, me ha encantado conocerte, pues tenemos esta discap en común. Te sigo desde ya!! Pásate por el mío que te he dejado una cosita:
http://www.tejiendoenmicocina.blogspot.com.es/2013/03/premio-de-pumuky-manualidades.html
Besosoosos, wapísima desde España!!!

PD. Porfi, si no te importa, quita el verificador de palabras que es muy difícil dejarte comentarios, gracias!!!