02 enero 2012

¡QUÉ MARAVILLA!

Imaginen la situación:
Recital de fin de año de la escuela de música a la que acude hijo menor que aprende batería (el pibe divino, qué puedo decir).

Bien, adelantemos. Dos canciones más, y el audífono me hace piiiiiip, pip, y yo meto enseguida mano en cartera para buscar pilas nuevas y... descubro que los dos compartimientos del portapilas guardan... ¡¡¡pilas usadas!!! En tanto el audífono vuelve a hacer pip pip con puntualidad espartana y muere ahí mismo, por falta de alimentación.

Años atrás yo me hubiera lanzado por una ventana frente a tamaño desastre. Pero ahora no. Ahora soy más grande (más vieja), y mucho más segura de mí misma. Y, por otra parte, la música la sigo escuchando. Escucho la batería y el bajo. No tanto el teclado. Nada una flauta traversa. Apenas las guitarras. Ni en joda las voces. Pero con lo que escucho mi mente arma la música y sobrevivo.

(Acotación al margen: a tres filas había un viejo con audífono. Le pregunto si tiene pilas 312, le digo que le pago una. El viejo me mira sin entender un joraca. La mujer me mira decididamente mal. Regreso a mi asiento).

La prueba de fuego viene cuando termina el recital y uno acostumbra acercarse a los profesores y comentar cómo estuvo todo y charlar un poco y despedirse hasta el año que viene. Pero hay más: habíamos quedado en charlar con el director de la escuela, que siempre quiere hacer algo conmigo (él música, yo letra, por supuesto), que siempre tiene algún proyecto.
Me mando.

Y aquí viene la maravilla del título. No porque sucediera algo maravilloso ni un milagro, sino porque a mí me resulta fascinante descubrir cómo funcionan las cosas en ciertas circunstancias. Y aquí hablaremos de memoria auditiva/lectura labial/construcción de la conversación. Sí, uau, todo eso.

Me acerco a E.F, el director de la escuela, y me enfoco ferozmente en sus labios. Él comienza a hablar. Yo creo estar entendiendo. Por lo menos, puedo leer en su boca las palabras que pronuncia. Lo estoy haciendo bien. Respondo cuando tengo que responder (con monosílabos, pero lo hago). Digo si y no y ah. Y no paso vergüenza.
Pero, aquí viene el pero, cuando me despido de E.F me doy cuenta de que no puedo repetir ni recordar nada de lo conversado.
Entendí las palabras. Pero no pude reconstruir la conversación.

Pongamos un ejemplo... Pongamos que uno tiene cierta ceguera en la que puede distinguir colores y formas, pero que aunque ve la copa verde del árbol y el tronco marrón, no logra darse cuenta de que esas dos cosas juntas hacen, justamente, un árbol.

Bueno, a mí me sucedió lo mismo auditivamente. Entendí palabras, pero que de nada me sirvieron para armar un significado. Es más, media hora más tarde, ya ni siquiera podía recordar esas palabras sueltas. Mi memoria a corto plazo las había desechado al no poder procesarlas y enviarlas a la memoria a largo plazo.

A veces, incluso con audífono, me pasa lo mismo. Escuchar en el momento una serie de palabras no significa que luego pueda recordar una conversación. E incluso cuando sí puedo recordar partes de una conversación, esto no quiere decir que entienda de qué corno estaba hablando el otro.

Y listo, nada más. No hay conclusiones ni enseñanzas. Le paso la posta a neurolingüísticas, neurólogos, otorrinos. El tema, a mí, me parece fascinante. Tal vez, en este año nuevo, me tendría que poner estudiarlo en profundidad.
Quién sabe...