30 noviembre 2011

MARY Y YO

La gran mayoría del mundo (incluso ciertas tribus siberianas) saben que Mary Ingalls, de La familia Ingalls, se queda ciega. Saben que va a una escuela para personas ciegas, que se enamora de su tutor, se casa, tiene un bebé, el bebé muere, en fin... Lo que pasa en cualquier serie que dura cien años. No todos recordarán, sin embargo, que en un accidente el esposo de Mary recupera la vista. Y aquí es a donde quiero llegar.

Hay un capítulo en el que Mary y Adam (el marido) con la vista recién recuperada van a una kermesse o día de campo o lo que fuera. Hay gente, hay música, hay juegos, hay una canchita de tenis antigua. Adam está entusiasmado con su nueva vida de vidente y quiere disfrutar. Por lo tanto le alcanza una silla a Mary, la deposita allí, y se va a hacer las cosas que hace la gente que ve. Todo es normal y lógico. La gente que ve no quiere, en general, quedarse cuidando a un ciego lastimoso.


Mary se sienta. Gira la cabeza buscando sonidos, alguien con quien hablar a su alrededor. Pero está sola, y de a poco se va hundiendo en su soledad absoluta. Ahora Mary es la única ciega y está sola. Está aislada del mundo.


Esa imagen me persigue desde siempre. Mary quedándose sola porque es la única ciega. Y me persigue porque yo sé lo que siente Mary (aunque sea un retorcido personaje televisivo), sé en lo que piensa. Porque muchas veces soy Mary.


Me dirán que las diferencias son abismales. Mary no veía nada. Yo, con audífono, escucho bastante. Y sin embargo...

Veamos...
Sábado a la noche. Cumpleaños de familiar en un salón pequeño y moderno. Por moderno significa: algunos puf por acá y por allá. Ningún mueble, ninguna mesa, ninguna cortina, ninguna alfombra, demasiada gente. El lugar entero es una caja de resonancia en la que no hay nada que mitigue la música puesta a todo volumen.
Siempre me pregunto por qué cuando se junta la gente a conversar se pone la música bien alta. Supongo que esto debe tener relación con la calidad de las conversaciones, pero es tema para otro post...
Continúo. El ruido me martillea el cerebro, me lo licúa, me lo hierve. Ruido en su más pura esencia. Ruido fuerte en el que se mezcla la música con el sonido ambiente con las voces, y al final ya no logro decodificar nada. El ruido me aísla. Estoy sola.
Los demás, los oyentes, logran defenderse de la música y conversan. Sus oídos internos discriminan. Los míos no. Sus oídos internos tienen unos pelitos llamados células cilíadas que se ponen en guardia para defenderlos del ruido fuerte. Los míos no (mis pelitos se suicidaron). Me aíslo. Me aíslan.

¿Cómo explicarle a alguien que estoy escuchando a un nivel tan alto que no escucho nada? Imposible. Lo he intentando, lo juro. Pero la gente puede entender que uno escuche o que no escuche en absoluto. El resto es para ellos... ruido.


Ahora bien, el ruido no es inocente. Ataca el sistema nervioso, altera la dopamina, las endorfinas, lo que fuera. El ruido se usaba y se usa para torturar. El ruido convierte a la santa más santa en el Hulk más sacado. No soy la excepción. Por eso me aislo. Para cuidarme a mí misma, pero también para proteger a los demás. Podría matarlos a todos.


De pronto se me acerca un familiar y me dice que le lea los labios frente a mi advertencia de que no puedo conversar en aquel entorno. El pecho me sube y me baja con furia. ¿Qué miércoles espera de mí? ¿Que yo sola haga el esfuerzo? ¿No sabe que eso de poder mantener una conversación completa con lectura labial sucede solo en las películas? Por suerte ahora que soy grande, soy un poco más inteligente, y se me ocurre cómo responderle sin cortarle la yugular con el borde del vaso de plástico. Le hablo sin voz, le digo -sin voz-: si vamos a tener una conversación con lectura labial, es justo que vos también leas mis labios. Ella se asombra y se ríe. Y se va. Se va porque estoy aislada, porque no hay nada que pueda hacer por mí, porque no puede salvarme. Y porque a la gente que está afuera no se le ocurre compartir el aislamiento sino que intentan llevarte a su lado, sin darse cuenta de que ni Mary va a recuperar la vista ni yo voy a escuchar de pronto claramente.


Así es para mí cada reunión social en la que haya más de seis personas. En un salón moderno, en un restaurante, en una confitería, en casa de amigos, en mi casa, en donde sea.

Así es desde siempre. Como persona absolutamente integrada al mundo oyente, con familia oyente, no puedo dejar de ir a todas las reuniones del mundo (ni quiero hacerlo, disfruto, a mi manera, de muchas de ellas), pero sí me gustaría que los demás comprendieran. Empezando, vaya paradoja, por mi propia familia. Me gustaría que entendieran por qué me aislo. Y por qué a veces, sin darme cuenta (ellos se preocupan por señalármelo), se me instala en la cara un gesto de hastío infernal al borde de la sociopatía. No es contra ustedes, no es contra el mundo (o sí, un poco), es... es porque las cosas son así, porque Mary se quedó ciega, porque yo escucho mucho más de lo que entiendo. Y a veces sí, a veces es contra ustedes. Mil disculpas. No siempre puedo refrenar mis sentimientos, aislarme tanto como para que no se me note. Es contra ustedes. Porque si me invitan a sus reuniones espero (sé que esto es una fantasía, vuelvo a pedir disculpas) que me tengan en cuenta. Y así como le cocinan a ese familiar sin sal, me gustaría que bajaran la música de fondo. Y así como se van hasta Villa Crespo a comprar carne kasher para el otro, quisiera que me preguntaran dónde prefiero sentarme si somos muchos a la mesa. Y hasta me gustaría que me dieran la opción de no ir a sus reuniones si van a poner música a todo volumen y eso es lo único que habrá.


Pero sé que pido mucho yo, sé que fantaseo demasiado. Así que déjenme sentada con Mary, que seguro ella y yo nos vamos a entender.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Cómo te entiendo, Vero! Si a mí me pasa lo mismo. Y sufro horrores en los actos escolares, donde es tal el ruido que no logro escuchar ni media palabra. Y de pronto todos se ríen, menos yo, que me perdí casi todo. Que me siento tan sola, aunque esté rodeada de gente por todos lados. Nadie puede ponerse en serio en el lugar del otro.

p.d. Recuerdo perfectamente el capítulo de la "Familia Ingalls", como si lo hubiese visto ayer.

Besos!

suave flor judoca dijo...

Vero, consulta.
Me suele pasar lo mismo en reuniones en donde hay mucho ruido. Quizás lo curioso es que pienso que, más allá de que esté cansada, pasado un rato de intentar escuchar me duermo. Sí, me duermo y nada que haga el resto me puede despertar.
Tenés idea si tener otosclerosis tiene algo que ver o si es por otra cosa?

Gracias!

Miyod dijo...

Me sorprende cuánto comparto tu relato a pesar de que lo mío no empiece por hipo- sino por hiper-. Nunca entendí cómo la gente se entendía cuando yo me ahogaba en ruido. Pero lo hacen. Ahora mi novio ya conoce mi gesto de "no te escucho, no te gastes" y sabe que si no lo miro cuando me habla es porque no tengo poder mental extra para eso, porque todo mi ser está dedicado a intentar separar su voz del ruido de la avenida.
Traté de aprender lenguaje de señas, pero es expresivo, demasiado expresivo. Me da vergüenza. Y me siento traidora, porque no soy sorda.