31 agosto 2011

MI AUDÍFONO Y YO

Llevamos juntos ya algunos meses. Nos llevamos bien. Nos entendemos. Pero sobre todo, escucho mejor y escucho distinto. Y algo perdí. Porque en cada cambio, incluso en los que son para bien, siempre se pierde algo en el camino. Escucho los timbres. Escucho que suena el teléfono. Escucho las ambulancias. Ahora mismo escucho que mis hijos, en otra habitación, están conversando (cuando deberían estar haciendo la tarea) aunque no logro saber qué dicen. En los ambientes ruidosos estoy un poco mejor (no es mágico tampoco). Los programas funcionan bien y son útiles. Uno de mis hijos canta ahora. El mundo se pobló de más sonidos. No me acostumbro todavía a usar el bluethoot, pero de a poco, hay tiempo. Pero las veces en que sí lo uso para escuchar música, ah... pareciera que la melodía suena directamente en mi cabeza. Y la pérdida: hablar por teléfono. Antes tenía bobina telefónica. Ahora no (enormísima pérdida). Antes apoyaba el tubo sobre mi oreja. Ahora tengo que pescar dónde anda el micrófono. Antes no escuchaba otra cosa que lo que me decían por teléfono. Ahora lo escucho todo mucho más fuerte, mi perra que ladra, el lavarropas, un camión que pasa cuatro pisos más abajo. No hay conversación telefónica posible con este audífono. Lo calibramos y recalibramos y lo hemos vuelto a calibrar, pero nada. Mi biología se niega. El audífono no ayuda. Así que mantengo mi viejo y fiel intra sobre el escritorio y "me cambio" cuando necesito hacer una llamada. En mi futuro veo un teléfono de escritorio con bluethoot, que ya los hay.
Y en mi futuro-futuro veo un implante híbrido. El nuevo. El que es mezcla de implante y audífono. O no. No sé. No nos adelantemos. Lo importante es saber que siempre hay y habrá otras opciones. Y eso es todo por ahora.