25 mayo 2011

SU PRIMERA FOTO



Ahhhhhhh... ahora pueden decir: ¡¡¡Qué lindas!!! Sí, gracias. Qué lindas lapiceras. Una pluma Parker Inflection Rojo Soleado y una roller Montblanc Noblesse. Sí, sí, gracias.
Lo otro, ¿es lindo? No sé... pongámosle que tiene buen diseño, discreto, moderno. Si miran con atención verán que del molde sale una pequeña cosa que parecería una antena. Todos preguntan y a todos respondo que es para captar los canales digitales del gobierno. Pero entre nosotros, es sólo una antenita para quitar el audífono que queda bastante profundo en el canal auditivo, sin dañar el cable de datos.
Ahí está. Ése es.

DIARIO DE UN AUDÍFONO

Día 1. Jueves
Salgo de la empresa con chiche nuevo. Color moccha nosécuánto (sí el que costó un huevo o, en su defecto, un ovario y tres cuarto del otro), que es sinónimo de marroncito. Un marroncito lindo, opaco. Igual la cosa es tan chiquita que podría ser de cualquier color e igual no se ve un carajo. La cosa (pongamos como un audífono retroauricular) lleva un cable finísimo que va unido a lo que parece un paratimpánico. Ahí va el auricular. Auricular en la oreja, micrófonos detrás de la oreja. Nueva tecnología. Le dicen RITE, que es siga de algo, seguro.
Me pongo por primera vez el audífono en el subte. En un vagón de la línea A, construido en el 1900. Traquetea de lo lindo el subte y las puertas se cierran con un plaf que me hace saltar cada vez.
De ahora en adelante mi vida estará llena de plaf y crash y zap y pam. Me siento dentro de un capítulo de la serie Batman. ¡Plaf! ¡Crash! ¡Pam! No sé por qué los ruidos suenan con A.
El ruido aparece cuando se cierra o abre una puerta pero luego va decreciendo en intensidad. Salgo a la calle y casi no hay ruido de fondo aunque los autos, los colectivos, las bocinas, la gente, siguen como siempre. Cuando paso al lado de alguien que está hablando escucho retazos de alguna palabra sin sentido. Una palabra cortada, partida.
Entro a mi casa y pongo la tele. Antes, con mi viejo audífono, el sonido era absolutamente natural. Ahora es metálico, robótico, chillón. No comprendo nada de lo que se dice. Apenas algo en un noticiero o en una telenovela en la que hablan de frente y con claridad.
Ah… la vida real no se parece en nada al gabinete silencioso de la fonoaudióloga. Todo allí parece artificial. La voz clara, modulada, articulada de la fonoaudióloga, el silencio del ambiente, hasta el ruido que se pone para simular ruido. Como las plantas que se usan para decorar, las cosas parecen de verdad pero no lo son. La realidad está afuera.

Salgo a la calle con mi perra. Una señora se acerca a ella y la acaricia y me hace varias preguntas pero no logro comprender. El audífono funciona a su antojo. Como estoy en la calle y está filtrando el ruido ambiente, supongo, también me apaga la voz. Enseguida entro a un local a comprar comida. El audífono no responde. Estoy sorda. A la salida, vuelve a hacerse notar. Como un mal tipo, me abandona cuando más lo necesito.

Las voces de mis hijos son agudas y chillonas. Lamento cambiarles las voces que amo tanto. Mi voz también es más fuerte y todo me molesta. Crash, plaf, pam. Tomo agua. Glub, glub, glub. Mastico. Crush, crush, crush. Me pongo a escribir. Las teclas suenan como si las hubiera conectado a un amplificador y quisiera hacer algún tipo de música electrónica.

Escucho voces y gritos de mis hijos a la distancia, desde otra habitación, pero no entiendo nada. Ninguna señal de lenguaje. Ninguna palabra conocida. Supongo que ahora escucharé más gritos y tendré que ocuparme, que mediar. Antes los dejaba que se mataran solos y sobrevivieron.

Las situaciones se repiten: llevo a la peluquería a mi hijo y no escucho lo que dice el peluquero. Bajo unas escaleras y, por arte de magia, también desciende el volumen. El teléfono se ha convertido en un objeto inútil. Me pongo los anteojos y el roce de la patilla con el aparato me desconcierta.
Estoy frustrada, cansada, agobiada.
Pero es el comienzo. Me prometo aguantar y soportar hasta que logre responder la siguiente pregunta:
¿Es esto un período de adaptación y luego todo comenzará a ordenarse en mi cabeza, los fonemas, los monemas, las sílabas? Esto que ahora es ruido y molestia, ¿puede llegar a convertirse en sonido y confort?

Y por otra parte…
Las fonoaudiólogas que me han atendido a lo largo de los años siempre se mostraron reacias a calibrar el audífono como finalmente me lo llevo: con mayoría de sonidos graves y muy pocos agudos. Con tonos monocordes, sutiles, leves, planos. Opinan que me estoy perdiendo gran parte de la luminosidad del sonido, si es que se pueden mezclar metáforas visuales con auditivas. Que hay más para oír y que yo me niego. Esta vez incluso me hablan de negociación. Un poco mi opinión, un poco la suya, la profesional. Yo digo que sí, que bueno, pero la verdad es que quien usará el audífono soy yo. No habrá negociaciones al final del proceso. Y esto viene a cuento porque, en este momento de angustia y frustración me pregunto si ésa no es la forma en que yo escucho. La manera en que realmente puedo escuchar, usando los graves. Hace más de 20 años que escucho así y mal no me ha ido. Tal vez no hay otra cosa para mí y mi pobre oído izquierdo. Tal vez eso es todo a lo que podemos aspirar.

Sé que mis opiniones de hoy no valen de mucho. Estoy en el post-parto, deprimida. Como cuando me pregunté por qué me había convertido en madre, ahora me pregunto para qué cambié el audífono. Me pongo en perspectiva:
En ciertas ocasiones, a pesar de que el sonido era comprensible, me faltaba potencia.
En las reuniones, restaurantes, conferencias, no lograba captar nada y quedaba aislada.

A lo mejor lo ideal sería calibrar este audífono lo más parecido a los otros y buscar, a través de tanto chiche tecnológico que tiene, cómo mejorar estos ítems, nada más.

Lo dijo la fonoaudióloga: trataré de no analizarlo todo, de relajarme y hasta sacármelo algún rato.
Como si pudiera…

Día 2. Viernes.
Hago enormes esfuerzos para que la angustia no me predispongan en contra del audífono. Como siempre, me lo pongo en cuanto me despierto.
En casa todos gritamos a la mañana. Todo el tiempo y entre todos. Los sonidos me ametrallan el cerebro pero siguen sin tener sentido. Son sólo gritos. No sé qué se está diciendo.
Intento hacer una llamada telefónica y, en cuanto me atienden, corto. Corro a buscar mi audífono viejo. No puedo quedar desconectada del mundo.

Voy al banco y me encuentro con una amiga a la que hace mucho no veo. Tal vez porque su hija es también hipoacúsica, L. tiene una maravillosa voz (modula, articula, es clara, es dulce), pero esta vez, paradas en la calle, su voz chilla. Chilla y raspa. La entiendo pero me quiero ir, todo sonido me molesta.
Al rato suena el portero eléctrico de mi departamento (me doy cuenta varios segundos después de que empiece a ladrar la perra de que sí, algo escuché que podría ser un timbre). Intento atender pero me pasa como con el teléfono, escucho algo ¿metálico, robótico, artificial?, y tengo que bajar a ver quién es.
Sigo esperando que algo cambie, pacientemente pero con angustia espero que se trate de un proceso de adaptación. ¿Y si no…? ¿Podré cambiarlo? ¿Podré calibrarlo hasta que parezca uno de mis audífonos de siempre?
Por la tarde vienen tres sobrinos a casa y la merienda se llena de adolescentes e instrumentos musicales. Es demasiado. Huyo de mi audífono y me refugio en el anterior.

Día 3. Sábado
Por fin un pequeño milagro. Escucho el timbre del teléfono y, en conversación con mis hijos (ellos me están llamando), usando la función manos libres, logro comprender palabras que, a su vez, me permiten adivinar el diálogo. En medio del cansacio y el agobio, recupero un poco de esperanza.
Por la tarde, ya en casa, mi hijo mayor se prueba el audífono. Le pregunto cómo escucha:
-Parezco un robot –dice.
Le agradezco haberme iluminado en cuanto a la diferencia entre metálico y robótico. Es robótico, sí señor. Mi mundo auditivo, ahora, se ha convertido en un robot.
A la tarde acepto lo inevitable: este audífono y yo somos incompatibles. Quiero volver a escuchar, quiero volver a ser yo. Me lo quito y lo guardo hasta la próxima calibración.

Día 8. Viernes
Mi audífono y yo tenemos un turno de urgencia en la empresa. Mi fonoaudióloga, a quien llamaremos A., me atiende con dedicación y preocupación. Son las 13 y todos salen a almorzar y ella no. Me da culpa. Está embarazada. Me da más culpa. De todos modos a mí me da culpa casi cualquier cosa. Soy judía. He sido alimentada con culpa. Le digo a A. que el audífono, así como está, no me sirva para nada. Me da culpa. Le hablo de mi teoría sobre los sonidos graves, y de que ésa es la única forma en que puedo escuchar. Yo espero que A. pelee, pero no. Me escucha, entiende. Probamos un par de cosas y ella me pide un momento y se lleva a los bebés. Digo, se lleva el audífono viejo y el audífono nuevo y los pone en una incubadora. Digo, los pone en una máquina-computadora-loquesea que lee la red neural del audífono y la imprime como si fuera un electrocardiograma. Yo, desde el consultorio vidriado, la veo hacer.
A. superpone los análisis de uno y otro audífono y los mira a trasluz. Por fin regresa y dice que el audífono nuevo está lo más posible parecido al viejo. Lo pruebo.

Ah… esto es otra cosa. Me reencuentro conmigo, con mis sonidos, con mis graves. Tocamos un poco más allá y calibramos por acá y listo, regreso a la realidad. A seguir probando.

Días siguientes
Recupero la confianza en mí misma, en la electrónica, en la humanidad, en las fonoaudiólogas. Mi hijo mayor, quien desde ahora posee el título oficial de probador de audífonos, vuelve a ponérselo y dictamina que el sonido ahora es normal. Fuerte pero normal. Yo, en compensación por sus servicios, le levanto un castigo pendiente.

Escucho más y mejor. Distinto, por supuesto. Todavía no estoy del todo cómoda (los ruidos me molestan, todo está más fuerte) pero ahora sí confío en el proceso de adaptación. Es cuestión de tiempo. Si uno puede acostumbrarse perfectamente a no escuchar, bien puede acostumbrarse a escuchar de nuevo. Muchas voces me resultan más claras. Por ejemplo, al encargado de mi edificio nunca le entendí un pomo lo que dice, y cada vez que converso con él opto por decir mmm, mmm y mover un poco la cabeza y listo. Ahora, en cambio, me dice algo y yo le entiendo. Aleluya, aleluya. De todos modos, lo que nunca escucho tampoco lo escucho ahora. No existen los milagros.

Día 12
Regreso por una nueva calibración, tranquila y en paz. Pido bajar un punto el volumen y calibrar cada programa por separado. Tengo cinco programas que yo misma he elegido: 1) teléfono acústico; 2) ambiente tranquilo con volumen alto; 3) ambiente tranquilo con volumen bajo; 4) música; 5) confort en ruido. De todos modos hasta ahora no le veo mucha utilidad a los programas y, mi preocupación mayor: todavía no logro hablar por teléfono. Tengo el viejo audífono sobre el escritorio y me lo pongo para las conversaciones telefónicas. Veremos veremos…

Me llevo el bluetooth (que pago de mi bolsillo. No hay obra social para los chiches de los chiches). Pero esto lo contaré después.

Acabo de cambiar mi audición y estoy estresada. Para usar metáforas visuales, es como si uno estuviera acostumbrado a ver el mundo con ciertos colores y de pronto descubriera que en realidad hay más azules y no son parecidos a lo que yo llamaba azul. La vista se resentiría. Bien, mi audición está cansada.

Sukaczer afuera. Hasta la próxima.

10 mayo 2011

TALLER LITERARIO EN LA MAH

Lunes, 30 de mayo · 18:00 - 19:30

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Lugar Sede Central de la MAH
Tte. Gral. Juan Domingo Perón 1654
Buenos Aires, Argentina

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Creado por Socios y Amigos de la MAH, Mutualidad Argentina De Hipoacúsicos

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Más información El lunes 30 de Mayo a las 18 h comenzará un Taller Literario para personas hipoacúsicas. Los encuentros estarán coordinados por la escritora y periodista Verónica Sukaczer y estarán orientados al desarrollo de la creatividad, la lectura y reflexión de textos, como también a la propia producción literaria.

Los encuentros serán cada 15 días lunes por medio (con posibilidad de realizarlas cada semana) en el SUM de la Sede Central de la MAH y tendrán una duración inicial de 1:30 h aprox.

Aranceles
Socios MAH: gratuito
No socios: $ 80.- por mes.

Informes e inscripción al 4382-8275 int 30 de lunes a viernes de 10 a 17:30 h.

Verónica Sukaczer es hipoacúsica.
Más información: http://www.veronicasukaczer.com/

04 mayo 2011

NUEVOS RUIDOS, NUEVAS VOCES, NUEVO AUDÍFONO

Ah... qué nostalgia... Estaba leyendo unas entradas de abajo, del 2007, tituladas "¿Será sanito? 1 y 2", y me dio como cosa... Porque otra vez vuelvo a despedirme de un audífono y entonces todo puede suceder. Que escuche distinto, que no escuche lo que escuchaba, que escuche lo que no oía, que escuche hasta lo que no quiero escuchar. Hay tantas opciones... Me pregunto cómo lo voy a afrontar. Tal vez me ponga nerviosa sin darme cuenta. Yo grito todo el tiempo, así que si grito un poco más pasa como desapercibido. Tal vez le tome fobia al nuevo aparatito, o lo ame enloquecidamente. Tal vez me adapte a los nuevos ruidos que sé que vendrán. Tal vez no. Todavía no lo tengo conmigo así que no lo sé. Les voy a ir contando.

Ahora... ¿por qué un nuevo audífono? Creo que un poco porque se me dio la real gana. Veamos... en el 2007 salté de los audífonos analógicos a los digitales y me dio vértigo. Mucha altura. Mucho cambio. Entonces opté por el digital más sencillo. La versión tonta de los digitales. Pocos canales de sonido, pocos programas, un único micrófono. Y me acomodé, sí. Me acomodé tanto y tan bien que al tiempo escuchaba como siempre, como con mis viejos analógicos. Es decir: no descubrí los beneficios de la audición digital aunque sí hubo cambios, no lo voy a negar. Por ejemplo: me acostumbré a no tocar la ruedita del volumen. Así como fue calibrado, el audífono me ayuda en casi todas las circunstancias. Sólo cuando doy clases en un aula grande o conferencias, lo subo un poco. Me gustó la bobina telefónica, que hace que el mundo sonoro desaparezca y sólo escuches lo que viene del teléfono (o de los auriculares, de lo que pegues a tu oreja), pero ahora la voy a perder. Y cada tanto, sobre todo cuando voy en el auto con los chicos cantando a todo pulmón (y no soy yo la que maneja), elijo el programa silencio que es lo mismo que apagar el audífono pero un poco distinto.

Bien, pasó eso, entonces. Era un audífono más como todos los otros. Y pasaron cuatro años y el pobre ya ingresaba a su edad madura y me pareció que era hora de cambiarlo. De dar el gran salto. Y cuando digo el gran salto lo digo en serio. Esta vez me tiro del avión y no sé si está bien doblado el paracaídas.

De un intrauricular con seis canales de sonido, del digital más modesto, paso a lo último de lo último. A lo ultísimo. Un retroauricular (¡sí! ¡Un retro!) con el auricular en el conducto auditivo (como un intra), con 33 canales de sonido, 6 programas automáticos, nada de ruedita para el volumen, bluethooth, dos micrófonos direccionales y que viene en 11 lindos colores para elegir.
Con algo que cada empresa llama a su gusto pero que es más o menos esto: las frecuencias que no oís, te las pasa a frecuencias que sí mantenés. Por ejemplo: el timbre del teléfono, agudo, que no escucho ni con audífono, ahora posiblemente suene grave y lo escuche. Cambia el sonido natural de las cosas pero te ofrece información. Y eso me gusta, porque ya van dos veces que casi me pasa una ambulancia por encima cuando estoy cruzando la calle, porque no escucho la sirena.

El chiche se llama Audeo Smart IX y cuesta uno y el otro completo. Y eso a la obra social no le gustó mucho, claro. Pero hablamos, discutimos, yo amanecé un poquito y nos pusimos de acuerdo sin llegar a instancias judiciales. Lo único que pidió el auditor médico fue que hiciera una prueba en otro lugar, y yo fui y la hice, porque soy obediente. Y me probaron unos audífonos que no me sirvieron para nada (pero que costaban la mitad), y encima la fonoaudióloga informó que yo la había maltratado un poquito. ¡Já! Eso estuvo bueno. En otro momento contaré qué pasó en ese gabinete...

Entonces... yo me hice las pruebas solicitadas y el auditor protestó un poco con que si no era un "capricho" mío el necesitar el audífono más caro entre los caros. Y yo qué le puedo decir... Y sí, viejo, tengo el capricho de querer escuchar lo mejor que pueda, sabiendo que incluso con ese aparato de la gran siete no voy a escuchar como una persona que escucha. Sí, caprichosa he sido siempre. ¿Por qué cambiaría ahora?

Y aquí estoy. Ansiosa y con juguete nuevo. Bah, todavía no lo tengo ni lo calibraron ni lo traje a casa (esta vez no quise traérme un fin de semana, me jugué). Así que no sé qué pasará. Me pregunto si luego de 7 intras me molestará esto de tener un retro. Me pregunto qué color me conviene. ¿Lo quiero lindo o lo quiero discreto? Me pregunto tantas boludeces yo...

Les contaré cómo sigue. Paso a paso y sonido tras sonido.
Veremos qué cosa nueva hay para escuchar en el mundo...