30 noviembre 2011

MARY Y YO

La gran mayoría del mundo (incluso ciertas tribus siberianas) saben que Mary Ingalls, de La familia Ingalls, se queda ciega. Saben que va a una escuela para personas ciegas, que se enamora de su tutor, se casa, tiene un bebé, el bebé muere, en fin... Lo que pasa en cualquier serie que dura cien años. No todos recordarán, sin embargo, que en un accidente el esposo de Mary recupera la vista. Y aquí es a donde quiero llegar.

Hay un capítulo en el que Mary y Adam (el marido) con la vista recién recuperada van a una kermesse o día de campo o lo que fuera. Hay gente, hay música, hay juegos, hay una canchita de tenis antigua. Adam está entusiasmado con su nueva vida de vidente y quiere disfrutar. Por lo tanto le alcanza una silla a Mary, la deposita allí, y se va a hacer las cosas que hace la gente que ve. Todo es normal y lógico. La gente que ve no quiere, en general, quedarse cuidando a un ciego lastimoso.


Mary se sienta. Gira la cabeza buscando sonidos, alguien con quien hablar a su alrededor. Pero está sola, y de a poco se va hundiendo en su soledad absoluta. Ahora Mary es la única ciega y está sola. Está aislada del mundo.


Esa imagen me persigue desde siempre. Mary quedándose sola porque es la única ciega. Y me persigue porque yo sé lo que siente Mary (aunque sea un retorcido personaje televisivo), sé en lo que piensa. Porque muchas veces soy Mary.


Me dirán que las diferencias son abismales. Mary no veía nada. Yo, con audífono, escucho bastante. Y sin embargo...

Veamos...
Sábado a la noche. Cumpleaños de familiar en un salón pequeño y moderno. Por moderno significa: algunos puf por acá y por allá. Ningún mueble, ninguna mesa, ninguna cortina, ninguna alfombra, demasiada gente. El lugar entero es una caja de resonancia en la que no hay nada que mitigue la música puesta a todo volumen.
Siempre me pregunto por qué cuando se junta la gente a conversar se pone la música bien alta. Supongo que esto debe tener relación con la calidad de las conversaciones, pero es tema para otro post...
Continúo. El ruido me martillea el cerebro, me lo licúa, me lo hierve. Ruido en su más pura esencia. Ruido fuerte en el que se mezcla la música con el sonido ambiente con las voces, y al final ya no logro decodificar nada. El ruido me aísla. Estoy sola.
Los demás, los oyentes, logran defenderse de la música y conversan. Sus oídos internos discriminan. Los míos no. Sus oídos internos tienen unos pelitos llamados células cilíadas que se ponen en guardia para defenderlos del ruido fuerte. Los míos no (mis pelitos se suicidaron). Me aíslo. Me aíslan.

¿Cómo explicarle a alguien que estoy escuchando a un nivel tan alto que no escucho nada? Imposible. Lo he intentando, lo juro. Pero la gente puede entender que uno escuche o que no escuche en absoluto. El resto es para ellos... ruido.


Ahora bien, el ruido no es inocente. Ataca el sistema nervioso, altera la dopamina, las endorfinas, lo que fuera. El ruido se usaba y se usa para torturar. El ruido convierte a la santa más santa en el Hulk más sacado. No soy la excepción. Por eso me aislo. Para cuidarme a mí misma, pero también para proteger a los demás. Podría matarlos a todos.


De pronto se me acerca un familiar y me dice que le lea los labios frente a mi advertencia de que no puedo conversar en aquel entorno. El pecho me sube y me baja con furia. ¿Qué miércoles espera de mí? ¿Que yo sola haga el esfuerzo? ¿No sabe que eso de poder mantener una conversación completa con lectura labial sucede solo en las películas? Por suerte ahora que soy grande, soy un poco más inteligente, y se me ocurre cómo responderle sin cortarle la yugular con el borde del vaso de plástico. Le hablo sin voz, le digo -sin voz-: si vamos a tener una conversación con lectura labial, es justo que vos también leas mis labios. Ella se asombra y se ríe. Y se va. Se va porque estoy aislada, porque no hay nada que pueda hacer por mí, porque no puede salvarme. Y porque a la gente que está afuera no se le ocurre compartir el aislamiento sino que intentan llevarte a su lado, sin darse cuenta de que ni Mary va a recuperar la vista ni yo voy a escuchar de pronto claramente.


Así es para mí cada reunión social en la que haya más de seis personas. En un salón moderno, en un restaurante, en una confitería, en casa de amigos, en mi casa, en donde sea.

Así es desde siempre. Como persona absolutamente integrada al mundo oyente, con familia oyente, no puedo dejar de ir a todas las reuniones del mundo (ni quiero hacerlo, disfruto, a mi manera, de muchas de ellas), pero sí me gustaría que los demás comprendieran. Empezando, vaya paradoja, por mi propia familia. Me gustaría que entendieran por qué me aislo. Y por qué a veces, sin darme cuenta (ellos se preocupan por señalármelo), se me instala en la cara un gesto de hastío infernal al borde de la sociopatía. No es contra ustedes, no es contra el mundo (o sí, un poco), es... es porque las cosas son así, porque Mary se quedó ciega, porque yo escucho mucho más de lo que entiendo. Y a veces sí, a veces es contra ustedes. Mil disculpas. No siempre puedo refrenar mis sentimientos, aislarme tanto como para que no se me note. Es contra ustedes. Porque si me invitan a sus reuniones espero (sé que esto es una fantasía, vuelvo a pedir disculpas) que me tengan en cuenta. Y así como le cocinan a ese familiar sin sal, me gustaría que bajaran la música de fondo. Y así como se van hasta Villa Crespo a comprar carne kasher para el otro, quisiera que me preguntaran dónde prefiero sentarme si somos muchos a la mesa. Y hasta me gustaría que me dieran la opción de no ir a sus reuniones si van a poner música a todo volumen y eso es lo único que habrá.


Pero sé que pido mucho yo, sé que fantaseo demasiado. Así que déjenme sentada con Mary, que seguro ella y yo nos vamos a entender.

31 agosto 2011

MI AUDÍFONO Y YO

Llevamos juntos ya algunos meses. Nos llevamos bien. Nos entendemos. Pero sobre todo, escucho mejor y escucho distinto. Y algo perdí. Porque en cada cambio, incluso en los que son para bien, siempre se pierde algo en el camino. Escucho los timbres. Escucho que suena el teléfono. Escucho las ambulancias. Ahora mismo escucho que mis hijos, en otra habitación, están conversando (cuando deberían estar haciendo la tarea) aunque no logro saber qué dicen. En los ambientes ruidosos estoy un poco mejor (no es mágico tampoco). Los programas funcionan bien y son útiles. Uno de mis hijos canta ahora. El mundo se pobló de más sonidos. No me acostumbro todavía a usar el bluethoot, pero de a poco, hay tiempo. Pero las veces en que sí lo uso para escuchar música, ah... pareciera que la melodía suena directamente en mi cabeza. Y la pérdida: hablar por teléfono. Antes tenía bobina telefónica. Ahora no (enormísima pérdida). Antes apoyaba el tubo sobre mi oreja. Ahora tengo que pescar dónde anda el micrófono. Antes no escuchaba otra cosa que lo que me decían por teléfono. Ahora lo escucho todo mucho más fuerte, mi perra que ladra, el lavarropas, un camión que pasa cuatro pisos más abajo. No hay conversación telefónica posible con este audífono. Lo calibramos y recalibramos y lo hemos vuelto a calibrar, pero nada. Mi biología se niega. El audífono no ayuda. Así que mantengo mi viejo y fiel intra sobre el escritorio y "me cambio" cuando necesito hacer una llamada. En mi futuro veo un teléfono de escritorio con bluethoot, que ya los hay.
Y en mi futuro-futuro veo un implante híbrido. El nuevo. El que es mezcla de implante y audífono. O no. No sé. No nos adelantemos. Lo importante es saber que siempre hay y habrá otras opciones. Y eso es todo por ahora.

28 junio 2011

SOBRE EMPRESAS Y AUDÍFONOS

Me han llegando varios mails con la misma inquietud: uno va a la empresa XXX (de audífonos, no porno) a hacer la temible selección de audífonos, ilusionado y deseoso de encontrar ese aparato mágico que le hará escuchar mejor. Ese pequeño adelanto tecnológico con el que escuchará el canto de los pajaritos, el croar de las ranas, el temblor de la hoja antes de caer de la rama.

La empresa XXX (y que se supone, es la primera interesada en VENDER, y VENDER BIEN), pregunta en primerísimo lugar qué obra social y/o prepaga tiene su futura víctima (entendemos que hablamos de gente con certificado de discapacidad) y, en calidad de la calidad de la obra social es que eligen el audífono.

Es decir: eligen un audífono (en general económico, de baja gama) en relación a si la obra social acostumbra pagar o no. Y NO PENSANDO EN EL BENEFICIO DEL QUE LO VA A USAR.

No acostumbro a escribir con mayúsculas pero, cuando estoy caliente, estoy caliente.

Si lo pensamos bien, es más que lógico. Vean:
No toda la gente conoce sus derechos ni las leyes ni cómo enfrentarse a una obra social ni cómo hacer un recurso de amparo.
La gran mayoría de las obras sociales rechazan de primera los audífonos más caros o los medianos caros o los que pasen del valor que ellos creen merece gastarse por un audífono (¿$500?), sabiendo que no todos van a pelear esa decisión.
Si la obra social no quiere pagar, la empresa no va a cobrar.
Si la obra social la hace larga, la empresa va a cobrar... quién sabe cuándo.
O sea que a la empresa esos clientes no les interesa.

Ergo: si les dicen que el ÚNICO audífono que les sirve, desde el punto de vista audiológico, es el de $500, todos sienten que ganan. La empresa vendió un audífono, sea cual fuera. La obra social cumple con lo que le toca y seguro que lo anuncia en su boletín. El único forro acá es el que se va a la casa con un audífono que no le sirve mucho y que hace dos meses ya ni siquiera se fabrica.

Sé que es difícil. Sé que soy la última que puede opinar porque tuvo suerte con su último audífono. Sé que no tuve que esperar demasiado ni hacer recurso y que por eso muchos me odiarán pero... gente, no se dejen estar. Prueben todos los audífonos, caminen, exijan, peleen. Cada día hay nuevos audífonos con mejor tecnología y chiches que ni soñábamos que existirían.

Apréndanse las leyes de memoria, si es necesario. Vayan a vivir a la puerta del auditor médico de su obra social. Hagan un curso de audioprótesis para explicar por qué un audífono NO es un genérico, y no es lo mismo uno que otro. Organicemos marchas, sentadas, paradas, caminadas.

Pero, sobre todo, no se dejen pasar por encima.
Que eso ya nos pasa todos los días.

19 junio 2011

TWITTER

A falta de audición, sigo buscando formas


alternativas de comunicación (¡qué fea rima!).


@VeroSuk


en Twitter.

07 junio 2011

LA VERDAD

Así son las cosas con audífono nuevo, más potente, más poderoso, más moderno, con más canales, con la mar en coche:



Lo que antes escuchaba, lo escucho mejor.


Lo que antes no entendía, sigo sin entenderlo, pero más fuerte.




Amén

25 mayo 2011

SU PRIMERA FOTO



Ahhhhhhh... ahora pueden decir: ¡¡¡Qué lindas!!! Sí, gracias. Qué lindas lapiceras. Una pluma Parker Inflection Rojo Soleado y una roller Montblanc Noblesse. Sí, sí, gracias.
Lo otro, ¿es lindo? No sé... pongámosle que tiene buen diseño, discreto, moderno. Si miran con atención verán que del molde sale una pequeña cosa que parecería una antena. Todos preguntan y a todos respondo que es para captar los canales digitales del gobierno. Pero entre nosotros, es sólo una antenita para quitar el audífono que queda bastante profundo en el canal auditivo, sin dañar el cable de datos.
Ahí está. Ése es.

DIARIO DE UN AUDÍFONO

Día 1. Jueves
Salgo de la empresa con chiche nuevo. Color moccha nosécuánto (sí el que costó un huevo o, en su defecto, un ovario y tres cuarto del otro), que es sinónimo de marroncito. Un marroncito lindo, opaco. Igual la cosa es tan chiquita que podría ser de cualquier color e igual no se ve un carajo. La cosa (pongamos como un audífono retroauricular) lleva un cable finísimo que va unido a lo que parece un paratimpánico. Ahí va el auricular. Auricular en la oreja, micrófonos detrás de la oreja. Nueva tecnología. Le dicen RITE, que es siga de algo, seguro.
Me pongo por primera vez el audífono en el subte. En un vagón de la línea A, construido en el 1900. Traquetea de lo lindo el subte y las puertas se cierran con un plaf que me hace saltar cada vez.
De ahora en adelante mi vida estará llena de plaf y crash y zap y pam. Me siento dentro de un capítulo de la serie Batman. ¡Plaf! ¡Crash! ¡Pam! No sé por qué los ruidos suenan con A.
El ruido aparece cuando se cierra o abre una puerta pero luego va decreciendo en intensidad. Salgo a la calle y casi no hay ruido de fondo aunque los autos, los colectivos, las bocinas, la gente, siguen como siempre. Cuando paso al lado de alguien que está hablando escucho retazos de alguna palabra sin sentido. Una palabra cortada, partida.
Entro a mi casa y pongo la tele. Antes, con mi viejo audífono, el sonido era absolutamente natural. Ahora es metálico, robótico, chillón. No comprendo nada de lo que se dice. Apenas algo en un noticiero o en una telenovela en la que hablan de frente y con claridad.
Ah… la vida real no se parece en nada al gabinete silencioso de la fonoaudióloga. Todo allí parece artificial. La voz clara, modulada, articulada de la fonoaudióloga, el silencio del ambiente, hasta el ruido que se pone para simular ruido. Como las plantas que se usan para decorar, las cosas parecen de verdad pero no lo son. La realidad está afuera.

Salgo a la calle con mi perra. Una señora se acerca a ella y la acaricia y me hace varias preguntas pero no logro comprender. El audífono funciona a su antojo. Como estoy en la calle y está filtrando el ruido ambiente, supongo, también me apaga la voz. Enseguida entro a un local a comprar comida. El audífono no responde. Estoy sorda. A la salida, vuelve a hacerse notar. Como un mal tipo, me abandona cuando más lo necesito.

Las voces de mis hijos son agudas y chillonas. Lamento cambiarles las voces que amo tanto. Mi voz también es más fuerte y todo me molesta. Crash, plaf, pam. Tomo agua. Glub, glub, glub. Mastico. Crush, crush, crush. Me pongo a escribir. Las teclas suenan como si las hubiera conectado a un amplificador y quisiera hacer algún tipo de música electrónica.

Escucho voces y gritos de mis hijos a la distancia, desde otra habitación, pero no entiendo nada. Ninguna señal de lenguaje. Ninguna palabra conocida. Supongo que ahora escucharé más gritos y tendré que ocuparme, que mediar. Antes los dejaba que se mataran solos y sobrevivieron.

Las situaciones se repiten: llevo a la peluquería a mi hijo y no escucho lo que dice el peluquero. Bajo unas escaleras y, por arte de magia, también desciende el volumen. El teléfono se ha convertido en un objeto inútil. Me pongo los anteojos y el roce de la patilla con el aparato me desconcierta.
Estoy frustrada, cansada, agobiada.
Pero es el comienzo. Me prometo aguantar y soportar hasta que logre responder la siguiente pregunta:
¿Es esto un período de adaptación y luego todo comenzará a ordenarse en mi cabeza, los fonemas, los monemas, las sílabas? Esto que ahora es ruido y molestia, ¿puede llegar a convertirse en sonido y confort?

Y por otra parte…
Las fonoaudiólogas que me han atendido a lo largo de los años siempre se mostraron reacias a calibrar el audífono como finalmente me lo llevo: con mayoría de sonidos graves y muy pocos agudos. Con tonos monocordes, sutiles, leves, planos. Opinan que me estoy perdiendo gran parte de la luminosidad del sonido, si es que se pueden mezclar metáforas visuales con auditivas. Que hay más para oír y que yo me niego. Esta vez incluso me hablan de negociación. Un poco mi opinión, un poco la suya, la profesional. Yo digo que sí, que bueno, pero la verdad es que quien usará el audífono soy yo. No habrá negociaciones al final del proceso. Y esto viene a cuento porque, en este momento de angustia y frustración me pregunto si ésa no es la forma en que yo escucho. La manera en que realmente puedo escuchar, usando los graves. Hace más de 20 años que escucho así y mal no me ha ido. Tal vez no hay otra cosa para mí y mi pobre oído izquierdo. Tal vez eso es todo a lo que podemos aspirar.

Sé que mis opiniones de hoy no valen de mucho. Estoy en el post-parto, deprimida. Como cuando me pregunté por qué me había convertido en madre, ahora me pregunto para qué cambié el audífono. Me pongo en perspectiva:
En ciertas ocasiones, a pesar de que el sonido era comprensible, me faltaba potencia.
En las reuniones, restaurantes, conferencias, no lograba captar nada y quedaba aislada.

A lo mejor lo ideal sería calibrar este audífono lo más parecido a los otros y buscar, a través de tanto chiche tecnológico que tiene, cómo mejorar estos ítems, nada más.

Lo dijo la fonoaudióloga: trataré de no analizarlo todo, de relajarme y hasta sacármelo algún rato.
Como si pudiera…

Día 2. Viernes.
Hago enormes esfuerzos para que la angustia no me predispongan en contra del audífono. Como siempre, me lo pongo en cuanto me despierto.
En casa todos gritamos a la mañana. Todo el tiempo y entre todos. Los sonidos me ametrallan el cerebro pero siguen sin tener sentido. Son sólo gritos. No sé qué se está diciendo.
Intento hacer una llamada telefónica y, en cuanto me atienden, corto. Corro a buscar mi audífono viejo. No puedo quedar desconectada del mundo.

Voy al banco y me encuentro con una amiga a la que hace mucho no veo. Tal vez porque su hija es también hipoacúsica, L. tiene una maravillosa voz (modula, articula, es clara, es dulce), pero esta vez, paradas en la calle, su voz chilla. Chilla y raspa. La entiendo pero me quiero ir, todo sonido me molesta.
Al rato suena el portero eléctrico de mi departamento (me doy cuenta varios segundos después de que empiece a ladrar la perra de que sí, algo escuché que podría ser un timbre). Intento atender pero me pasa como con el teléfono, escucho algo ¿metálico, robótico, artificial?, y tengo que bajar a ver quién es.
Sigo esperando que algo cambie, pacientemente pero con angustia espero que se trate de un proceso de adaptación. ¿Y si no…? ¿Podré cambiarlo? ¿Podré calibrarlo hasta que parezca uno de mis audífonos de siempre?
Por la tarde vienen tres sobrinos a casa y la merienda se llena de adolescentes e instrumentos musicales. Es demasiado. Huyo de mi audífono y me refugio en el anterior.

Día 3. Sábado
Por fin un pequeño milagro. Escucho el timbre del teléfono y, en conversación con mis hijos (ellos me están llamando), usando la función manos libres, logro comprender palabras que, a su vez, me permiten adivinar el diálogo. En medio del cansacio y el agobio, recupero un poco de esperanza.
Por la tarde, ya en casa, mi hijo mayor se prueba el audífono. Le pregunto cómo escucha:
-Parezco un robot –dice.
Le agradezco haberme iluminado en cuanto a la diferencia entre metálico y robótico. Es robótico, sí señor. Mi mundo auditivo, ahora, se ha convertido en un robot.
A la tarde acepto lo inevitable: este audífono y yo somos incompatibles. Quiero volver a escuchar, quiero volver a ser yo. Me lo quito y lo guardo hasta la próxima calibración.

Día 8. Viernes
Mi audífono y yo tenemos un turno de urgencia en la empresa. Mi fonoaudióloga, a quien llamaremos A., me atiende con dedicación y preocupación. Son las 13 y todos salen a almorzar y ella no. Me da culpa. Está embarazada. Me da más culpa. De todos modos a mí me da culpa casi cualquier cosa. Soy judía. He sido alimentada con culpa. Le digo a A. que el audífono, así como está, no me sirva para nada. Me da culpa. Le hablo de mi teoría sobre los sonidos graves, y de que ésa es la única forma en que puedo escuchar. Yo espero que A. pelee, pero no. Me escucha, entiende. Probamos un par de cosas y ella me pide un momento y se lleva a los bebés. Digo, se lleva el audífono viejo y el audífono nuevo y los pone en una incubadora. Digo, los pone en una máquina-computadora-loquesea que lee la red neural del audífono y la imprime como si fuera un electrocardiograma. Yo, desde el consultorio vidriado, la veo hacer.
A. superpone los análisis de uno y otro audífono y los mira a trasluz. Por fin regresa y dice que el audífono nuevo está lo más posible parecido al viejo. Lo pruebo.

Ah… esto es otra cosa. Me reencuentro conmigo, con mis sonidos, con mis graves. Tocamos un poco más allá y calibramos por acá y listo, regreso a la realidad. A seguir probando.

Días siguientes
Recupero la confianza en mí misma, en la electrónica, en la humanidad, en las fonoaudiólogas. Mi hijo mayor, quien desde ahora posee el título oficial de probador de audífonos, vuelve a ponérselo y dictamina que el sonido ahora es normal. Fuerte pero normal. Yo, en compensación por sus servicios, le levanto un castigo pendiente.

Escucho más y mejor. Distinto, por supuesto. Todavía no estoy del todo cómoda (los ruidos me molestan, todo está más fuerte) pero ahora sí confío en el proceso de adaptación. Es cuestión de tiempo. Si uno puede acostumbrarse perfectamente a no escuchar, bien puede acostumbrarse a escuchar de nuevo. Muchas voces me resultan más claras. Por ejemplo, al encargado de mi edificio nunca le entendí un pomo lo que dice, y cada vez que converso con él opto por decir mmm, mmm y mover un poco la cabeza y listo. Ahora, en cambio, me dice algo y yo le entiendo. Aleluya, aleluya. De todos modos, lo que nunca escucho tampoco lo escucho ahora. No existen los milagros.

Día 12
Regreso por una nueva calibración, tranquila y en paz. Pido bajar un punto el volumen y calibrar cada programa por separado. Tengo cinco programas que yo misma he elegido: 1) teléfono acústico; 2) ambiente tranquilo con volumen alto; 3) ambiente tranquilo con volumen bajo; 4) música; 5) confort en ruido. De todos modos hasta ahora no le veo mucha utilidad a los programas y, mi preocupación mayor: todavía no logro hablar por teléfono. Tengo el viejo audífono sobre el escritorio y me lo pongo para las conversaciones telefónicas. Veremos veremos…

Me llevo el bluetooth (que pago de mi bolsillo. No hay obra social para los chiches de los chiches). Pero esto lo contaré después.

Acabo de cambiar mi audición y estoy estresada. Para usar metáforas visuales, es como si uno estuviera acostumbrado a ver el mundo con ciertos colores y de pronto descubriera que en realidad hay más azules y no son parecidos a lo que yo llamaba azul. La vista se resentiría. Bien, mi audición está cansada.

Sukaczer afuera. Hasta la próxima.

10 mayo 2011

TALLER LITERARIO EN LA MAH

Lunes, 30 de mayo · 18:00 - 19:30

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Lugar Sede Central de la MAH
Tte. Gral. Juan Domingo Perón 1654
Buenos Aires, Argentina

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Creado por Socios y Amigos de la MAH, Mutualidad Argentina De Hipoacúsicos

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Más información El lunes 30 de Mayo a las 18 h comenzará un Taller Literario para personas hipoacúsicas. Los encuentros estarán coordinados por la escritora y periodista Verónica Sukaczer y estarán orientados al desarrollo de la creatividad, la lectura y reflexión de textos, como también a la propia producción literaria.

Los encuentros serán cada 15 días lunes por medio (con posibilidad de realizarlas cada semana) en el SUM de la Sede Central de la MAH y tendrán una duración inicial de 1:30 h aprox.

Aranceles
Socios MAH: gratuito
No socios: $ 80.- por mes.

Informes e inscripción al 4382-8275 int 30 de lunes a viernes de 10 a 17:30 h.

Verónica Sukaczer es hipoacúsica.
Más información: http://www.veronicasukaczer.com/

04 mayo 2011

NUEVOS RUIDOS, NUEVAS VOCES, NUEVO AUDÍFONO

Ah... qué nostalgia... Estaba leyendo unas entradas de abajo, del 2007, tituladas "¿Será sanito? 1 y 2", y me dio como cosa... Porque otra vez vuelvo a despedirme de un audífono y entonces todo puede suceder. Que escuche distinto, que no escuche lo que escuchaba, que escuche lo que no oía, que escuche hasta lo que no quiero escuchar. Hay tantas opciones... Me pregunto cómo lo voy a afrontar. Tal vez me ponga nerviosa sin darme cuenta. Yo grito todo el tiempo, así que si grito un poco más pasa como desapercibido. Tal vez le tome fobia al nuevo aparatito, o lo ame enloquecidamente. Tal vez me adapte a los nuevos ruidos que sé que vendrán. Tal vez no. Todavía no lo tengo conmigo así que no lo sé. Les voy a ir contando.

Ahora... ¿por qué un nuevo audífono? Creo que un poco porque se me dio la real gana. Veamos... en el 2007 salté de los audífonos analógicos a los digitales y me dio vértigo. Mucha altura. Mucho cambio. Entonces opté por el digital más sencillo. La versión tonta de los digitales. Pocos canales de sonido, pocos programas, un único micrófono. Y me acomodé, sí. Me acomodé tanto y tan bien que al tiempo escuchaba como siempre, como con mis viejos analógicos. Es decir: no descubrí los beneficios de la audición digital aunque sí hubo cambios, no lo voy a negar. Por ejemplo: me acostumbré a no tocar la ruedita del volumen. Así como fue calibrado, el audífono me ayuda en casi todas las circunstancias. Sólo cuando doy clases en un aula grande o conferencias, lo subo un poco. Me gustó la bobina telefónica, que hace que el mundo sonoro desaparezca y sólo escuches lo que viene del teléfono (o de los auriculares, de lo que pegues a tu oreja), pero ahora la voy a perder. Y cada tanto, sobre todo cuando voy en el auto con los chicos cantando a todo pulmón (y no soy yo la que maneja), elijo el programa silencio que es lo mismo que apagar el audífono pero un poco distinto.

Bien, pasó eso, entonces. Era un audífono más como todos los otros. Y pasaron cuatro años y el pobre ya ingresaba a su edad madura y me pareció que era hora de cambiarlo. De dar el gran salto. Y cuando digo el gran salto lo digo en serio. Esta vez me tiro del avión y no sé si está bien doblado el paracaídas.

De un intrauricular con seis canales de sonido, del digital más modesto, paso a lo último de lo último. A lo ultísimo. Un retroauricular (¡sí! ¡Un retro!) con el auricular en el conducto auditivo (como un intra), con 33 canales de sonido, 6 programas automáticos, nada de ruedita para el volumen, bluethooth, dos micrófonos direccionales y que viene en 11 lindos colores para elegir.
Con algo que cada empresa llama a su gusto pero que es más o menos esto: las frecuencias que no oís, te las pasa a frecuencias que sí mantenés. Por ejemplo: el timbre del teléfono, agudo, que no escucho ni con audífono, ahora posiblemente suene grave y lo escuche. Cambia el sonido natural de las cosas pero te ofrece información. Y eso me gusta, porque ya van dos veces que casi me pasa una ambulancia por encima cuando estoy cruzando la calle, porque no escucho la sirena.

El chiche se llama Audeo Smart IX y cuesta uno y el otro completo. Y eso a la obra social no le gustó mucho, claro. Pero hablamos, discutimos, yo amanecé un poquito y nos pusimos de acuerdo sin llegar a instancias judiciales. Lo único que pidió el auditor médico fue que hiciera una prueba en otro lugar, y yo fui y la hice, porque soy obediente. Y me probaron unos audífonos que no me sirvieron para nada (pero que costaban la mitad), y encima la fonoaudióloga informó que yo la había maltratado un poquito. ¡Já! Eso estuvo bueno. En otro momento contaré qué pasó en ese gabinete...

Entonces... yo me hice las pruebas solicitadas y el auditor protestó un poco con que si no era un "capricho" mío el necesitar el audífono más caro entre los caros. Y yo qué le puedo decir... Y sí, viejo, tengo el capricho de querer escuchar lo mejor que pueda, sabiendo que incluso con ese aparato de la gran siete no voy a escuchar como una persona que escucha. Sí, caprichosa he sido siempre. ¿Por qué cambiaría ahora?

Y aquí estoy. Ansiosa y con juguete nuevo. Bah, todavía no lo tengo ni lo calibraron ni lo traje a casa (esta vez no quise traérme un fin de semana, me jugué). Así que no sé qué pasará. Me pregunto si luego de 7 intras me molestará esto de tener un retro. Me pregunto qué color me conviene. ¿Lo quiero lindo o lo quiero discreto? Me pregunto tantas boludeces yo...

Les contaré cómo sigue. Paso a paso y sonido tras sonido.
Veremos qué cosa nueva hay para escuchar en el mundo...

17 marzo 2011

¿HAY ALGUIEN AHÍ?

¡Qué vergüenza! ¡No escribo nada desde diciembre! Merezco que me aten a un poste y me lancen sus pilas de audífono usadas, con el riesgo de intoxicación que eso conlleva.

Pido perdón. Tengo excusa: he estado trabajando. Me estoy convirtiendo en una prostituta literaria. Sólo escribo cuando me pagan.

En fin, sigo aquí. Nunca me fui.
Mi audición sigue igual. Pero pronto habrá cambio de audífono. Me preparo la gran batalla contra la obra social, porque esta vez el elegido es el más caro, el más adelantado, el más mejor. Hice las pruebas hace unos días y me maravillé y emocioné por escuchar la ch y s sin lectura labial. A la gente que escucha puede sonarle taaaaaan tonto emocionarse por una ch. Pero para mí...
Le pregunto a la fonoaudióloga si con mi audífono de siempre había pronunciado la ch y me dice que sí. Y de pronto... oh milagro... la ch existe.

Mi nuevo chiche tendrá bluetooth y ya lo probé con el teléfono y con la música del celular y... ah... qué placer...

Tengo que elegir el color. Esto puede parecer superficial o menor en relación a todo lo demás, pero para mí es lo más importante. Será mi primer audífono en parte retro en parte intra, y esto del color me mantiene en vilo. Rojo no sé... Tengo los anteojos con el marco muy finito rojo y ya me aburrí, ahora los quisiera color carey. Pienso que terminé eligiendo el marfil o el gris más oscuro. ¡Pero no lo quiero color audífono!

Ya les iré contando cuando llegue el momento. Por ahora lo de siempre: conseguir la orden del médico, hacer las audiometrías nuevitas, ir a la obra social, hacer huelga de hambre frente a la misma, buscar un abogado, ir a los medios, organizar marchas, llenar alguna plaza... Veremos...

Y tengo muy pero muy postergado algo que quiero escribir... Llevo tres años trabajando con niños y jóvenes sordos e hipoacúsicos y si supieran las historias que he escuchado y conocido... Ay gente, como dice la frase (¿de quién es? Yo creo que de San Agustín):
"El camino al infierno está plagado de buenas intenciones".
He conocido a muchos chicos con sus vidas totalmente trastornadas por las "buenas intenciones" de sus padres. Y no puedo dejar de comparar lo que les pasa con mi propia vida, en la que también hubo "buenas intenciones".

Listo. Eso es todo por ahora. ¿Alguien quiere dar señales de vida, como para saber que queda un ser humano de ese lado? Intentaré no abandonar tanto tiempo este espacio.

Hasta prontito.