21 mayo 2010

PALABRAS, PALABRITAS, PALABROTAS

Los que perdimos la audición luego del período crítico de adquisición de la lengua (primeros años de vida), tenemos la grandísima suerte de habernos adueñado a tiempo de la gramática de nuestra lengua materna. Y eso no se olvida nunca. Es como nadar o andar en bicicleta. Y es, en definitiva, el mayor respiro que nos da nuestra sordera.
Ahora bien, hay una diferencia, no siempre establecida o comprendida, entre lengua y vocabulario.
La lengua se adquiere, es una capacidad biológica e innata en el hombre. El vocabulario se aprende.
Y aunque parezca sencillo enseñar "esto es un oso", "esto es un elefante", el vocabulario es mucho más.

Vean estas redes semánticas:
El pico tiene tierra.
Lleva una lombriz en el pico.
El pico está nevado.
A las cuatro y pico.
Pico y me voy.
Te hace falta un pico.

En todos los casos, la palabra pico es la misma, ninguno de sus cuatro grafemas cambia. Pero el contexto y la sintaxis nos dicen que en cada oración tiene un significado distinto. Y necesitamos de la gramática, del conocimiento del mundo, de la experiencia, para develar cada uno.

Nosotros, sordos e hipoacúsicos postlinguales entendemos lo de arriba. Y digo nosotros porque muy difícilmente un sordo prelingual lea este blog. Pero... ¿cómo hacemos para seguir aprendiendo vocabulario sin escuchar las conversaciones casuales a nuestro alrededor, la radio, la TV, las conferencias, etc, etc?

La lectura es una gran aliada en este asunto. Pero es imposible pasar a la hoja todo lo que se dice. Y no existe ninguna revista que recupere las conversaciones de la calle. Lo que se dice en la cola del supermercado, del banco, lo que dicen los adolescentes, lo que hablan los chicos en una plaza. Allí está el vocabulario nuevo. Ése es su campo de prueba. De allí surge y se desparrama.

En mi caso, descubrí de grande que existía una enorme cantidad de definiciones para el s e x o (lo escribo así para que no aparezca en búsquedas de Internet), y en particular para el s e x o o r a l.
Por supuesto, ese vocabulario no está en los libros. No sale en los diarios. No se agrega a los diccionarios. Se crea entre la gente y entre la gente circula en voz baja. Y yo, la voz baja, no la escucho.

"Lavar el auto", "hacer un p e t e", "p e t e r a s", fueron palabras que descubrí de casualidad y que tuve que ir a preguntar qué significaban. Ahora lo sé, por supuesto. Pero me pregunto cuántas palabras o dichos se me escapan a diario. Y, como escritora, el asunto me resulta problemático.

Trato de recurrir a mis sobrinos adolescentes o a mis hijos pre-adolescentes para estar al tanto de lo que se habla: "Yo en mi época decía "apretar". Ahora, ¿cómo se dice?"

Y así voy por la vida, tratando de pescar con una red muy pequeña enormes peces que pasan a mi costado sin que me dé cuenta.

Me pregunto si a medida que pasen los años iré resguardándome en un vocabulario conocido pero arcaico, como les pasa a personas sordas profundas que hablan como escucharon hablar en su infancia.
Me pregunto si quedaré fuera de toda actualización y, entonces, yo misma seré desactualizada.
Me pregunto cuánto no entenderé de lo que hablen mis hijos y sus amigos dentro de unos años, y si acaso me daré cuenta de cuánto no entiendo.

Pero por suerte sigo haciéndome esas preguntas. Y mientras mantenga la curiosidad y el deseo de saberlo todo, espero, seguiré enterándome hasta de lo que no quería saber.