16 febrero 2010

LAS OLAS Y EL VIENTO, Y EL VIENTO, Y EL VIENTO

Desde que empecé a usar el audífono en forma permanente, desde que me levanto hasta que me acuesto, puedo enumerar de memoria las circunstancias en que me lo quito: para bañarme, por supuesto, para escuchar música con auriculares, para ir a la pileta en verano, para meterme en el río o mar en las vacaciones, en algún recital o fiesta en donde la música me taladre el cerebro. Y nada más.
Pero en la playa propiamente dicha, me lo dejo. Y sufro horrores cuidándome de la arena que tiran los chicos, de las salpicaduras pero, sobre todo, temo cada vez que voy al mar/río que alguien me robe la mochila en donde lo guardo. Y por eso nunca termino de estar relajada y tranquila, y de disfrutar como corresponde.

Pues bien, este año, la revolución.

Veraneamos en una playa del sur, hermosísimo lugar, en donde el viento patagónico te impregna de arena hasta el último resquicio de tu cuerpo. No estoy hablando de un poco de viento. Estoy hablando de verdaderas tormentas en las que la arena te ataca como millones de agujas sobre todo el cuerpo. Por supuesto, no podía arriesgar el audífono.
Así que cada vez que salíamos del auto, le avisaba a mi familia que me desconectaba, les pedía que me dieran sus últimos mensajes, y dejaba mi cordón umbilicar auditivo bien guardado. Y me iba así a la playa, despojada de sonidos, libre del ulular mecánico del viento y libre de los cuidados que hay que brindarle a ese apéndice de nuestro cuerpo.

Y realmente fui feliz. Música chillona de la clase de aerobics de la playa vecina, amortiguada. Sensación de que me lo van a robar en cualquier momento, vencida. Viento, apagado. Voces de críos, ladridos de perros, anuncios de donas churros barriletes, en off. Voces de mis niños, oídas a corta distancia con lectura labial y sin inconvenientes. Voz de mi marido... bueno, mi marido no conversa mucho. El mar... como un rumor lejano que tal vez imaginé o de verdad estaba.
Y no tuve ninguna vergüenza para pedir a mis hijos que me repitieran qué decía tal vendedor, a cuánto estaban los churros o cuánto estaba pidiendo el vendedor por las paletas, delante del mismísimo señor. Y disfruté de recogerme el pelo (ahora que me lo estoy dejando largo, si se puede llamar largo hasta los hombros), y hacerme colitas, y ponerme pañuelos en la cabeza que me dejaban mis gigantes y rusas orejas a la vista.

Sí, disfruté de mi sordera. O tal vez la palabra exacta no sea disfrutar, sino que la viví a pleno, la acepté, la hice parte de mí, la compartí, la mostré. Y en ninguna de esas tardes en que no tuve el audífono, ni siquiera a mano, lo eché de menos.

Yo creo que a eso lo llaman "saber quién es uno". También le dicen "ser libre".

5 comentarios:

KATITA dijo...

Hola, sin querer llegué a este blog, lo encontré genial, ya que expresas tan bien lo que sentimos las personas con debilidad auditiva. Tengo 43 años, y desde los 30 que estoy viviendo esta experiencia. Como tengo otoesclerosis y me contaron que es algo que tiene una vinculación absolutamente directa con la parte hormonal, decidí no casarme, no tener hijos, y me he quedado totalmente sola. Por una parte, lo bueno de todo ésto, es que no he perdido tanto la audición, y puedo ser candidata para un implante nuevo que vale una millonada, pero que alguna vez en la vida podría hacerlo. He tenido las mismas vivencia que tú, es muy divertido leer como son contadas por otra persona, a veces suelen ser anecdoticas, otras una pesadilla, pero te vas acostumbrando, te felicito por tener tu vida formada, por ser esposa, mamá y profesional... yo no me animo mucho a nada, aunque a veces siento que me lo he perdido, pero me daría lata contarle a un hombre a estas alturas que soy sorda... me da miedo a su rechazo, eso sería espantoso... por el momento como no se me nota mucho que uso audifonos, puedo fingir ser absolutamente normal, mas adelante no se que va a pasar con este ladrón silencioso.
Muchas gracias por compartir...

Verónica Sukaczer dijo...

Katita: realmente resulta muy fuerte que digas que a tus 43 años (¡dos más que yo!) diste por cancelado el tema pareja, amor, hijos, familia. Creo que todo se puede.
Mucha suerte y gracias por escribirme.

Sandra dijo...

Hola Verónica:

Mi nombre es Sandra y también tengo otoesclerosis, en este caso no coclear. He pasado malos momentos, pero hace algunos meses me decidí a ponerles fin y comprarme un audífono. Aunque ya me operé en una ocasión, con éxito, en estos momentos no me apetece, no lo veo mi momento, de ahí el hecho de comprarlo. Tengo 28 años y toda una vida por delante, la misma que cuando con 17 años empecé a tener pérdidas auditivas. Creo que hay muchas cosas que aprender, que vivir y disfrutar, y me niego a rechazar el amor y la familia.
Me casé el año pasado y tengo muy claro que quiero ser madre, mañana o dentro de 5 años, pero lo seré. Creo que tener esta enfermedad ya nos pone algunas trabas como para que nosotros nos pongamos más aún. Katita, tu vida la eliges tú, no tu enfermedad.
Verónica mucho ánimo, seguiré leyéndote.
Un abrazo

Graciela dijo...

Tengo otosclerosis desde los 16 años, me opere de un oido y salio mal, tengo tambien en el otro y uso audifono, me case a los 19 años, pero como sabia que con la maternidad podria empeorarse mi audicion, adoptamos una nena que hora tiene 13 años. Besos a todos!!

Silvia dijo...

¡Hola Verónica! Yo también soy hipoacúsica, y me encanta leer tu blog... principalmente porque yo no tengo el don de escribir para expresar tan bien la vivencia de ser hipoacúsico. Qué desahogo sería si pudiera. Y con respecto al post, comparto contigo la sensación que se tiene al quitarse los audífonos en la playa, sentir que el viento se mete dentro de tus oídos y los refresca, que no lo oyes pegando contra el micrófono como un condenado (lo odio); esa sensación algodonosa y relajante del silencio o más bien de sonidos amortiguados, jajaajaj. Yo en esas situaciones, mientras no me intenten hablar, estoy tan a gusto. Un saludo, te sigo.