28 enero 2010

COLABORACIONES

Para un libro que estoy escribiendo, me vendría muy bien que quien quiera me cuente qué opinión le merecen las personas sordas. Cómo las ve. Si conoce a alguien. Que se anime a exponer sus prejuicios con absoluta sinceridad. Lo que siente al estar o ver a una persona sorda. Cómo supone que son si no conoce a nadie sordo.
Eso es, obviamente, para los que no son sordos y/o hipoacúsicos.

Los otros, en cambio, los que son como yo, pueden contarme cualquier anécdota que quieran, cómo sienten la mirada del otro, algo que nunca se animaron a decir, si desean cambiar o no.

Pueden hacerlo aquí, a través de los comentarios, o escribirme a mi mail con firma o en forma anónima.

No pienso divulgar las respuestas, sí usarlas en mi libro, si es que por fin lo escribo.

Muchas gracias.

10 enero 2010

PRIVILEGIOS Y BOLUDECES

El otro día me descubrí pensando algo tan pero tan inmensamente pelotudo, que por un momento dudé de mi capacidad intelectual, mi sistema cognitivo y mi salud mental. Algo tan profundamente boludo, tan majestuosamente boludo, que si alguien, en algún comentario me llega a decir que lo que escribí es una boludez, no me quedará más que responder: "¡ya lo sabía, boludo!".

Pensé, digo, que si algún día me implantaba, y me iba bien, y de pronto comenzaba a escuchar tantos sonidos que hoy no escucho ni siquiera con el mejor audífono digital (el timbre de la puerta, a pesar de estar a un metro del portero eléctrico), el timbre del teléfono (a pesar de tenerlo a treinta centímetros), que me llamen de otra habitación, que me llamen cuando doy la espalda, las sirenas de las ambulancias (como verán, mayoría de sonidos agudos), iba a perder ciertos privilegios de sorda.
Eso pensé. Me preocupé por los privilegios que supe conseguir y aprendí a disfrutar, más que por la maravilla de volver a oír.

Veamos algunos ejemplos prácticos:
Cuando en alguna oficina, comercio, sanatorio o lo que fuera, llaman por número, yo acostumbro acercarme y avisar que no escucho, y en general me hacen pasar antes. Si con el implante escucho el número, tendré que esperar.
A pesar de mi independencia casi total, en algunas cosas necesito ayuda: algunas llamadas telefónicas (aunque hablo por teléfono, a veces pido el favor), que me vengan a llamar si me necesitan, que me avisen si sonó el timbre y, aunque la independencia total y absoluta suena bien, cuando uno se ha acostumbrado a no tenerla... perder ese poco de contención produce temor.
Si mi marido puede llamarme desde el baño cada vez que se olvida la toalla (que son todas las veces) y yo lo escucho (a pesar de que en general lo escucho pero me hago la que no, porque el tipo tiene un vozarrón del que me enamoré incluso antes que de él), ¡voy a tener que buscarle la toalla, carajo, y nunca va a aprender a fijarse antes de entrar a la ducha!
Siguiendo la misma línea, ¡me voy a tener que levantar y ocupar de los demás cada vez que me llamen!
Y algo fatal: les conté que tengo un arreglo con mi supermercado, por el cual me traen el pedido dentro de la hora. ¡Imaginen si tengo que quedarme en casa cinco horas esperando las malditas compras!
Y hay cien cosas más.

Es decir... ¡me convertiría casi en una persona normal! Sería una del montón. Una más. Esperando con el rebaño. Yendo allí a donde van todos. A menos, claro, que me sacara el implante y lo guardara en la cartera cada vez que necesito volver a ser sorda. Eso no está mal... no lo había pensando...

Como ven, el tema del implante no puede tomarse a la ligera.
Después no me digan que no les avisé.