22 diciembre 2010

FIESTAS SIN PILAS

Lo que sigue es parte del libro "La vida en sordina" de David Lodge. El autor, el Lodge real, perdió audición y lo cuenta a través de un personaje, un profesor retirado, con una franqueza y claridad excepcional. En este párrafo el personaje festeja Navidad en su casa y descubre que se ha quedado sin pilas. Pasen y lean:

"Aquella mañana, unos veinte minutos antes de que llegaran los primeros invitados, las dos pilas del audífono se le acabaron simultáneamente, algo de lo más infrecuente. Advirtió que una de ellas ya no funcionaba cuando le costó entender algo que Jacki le estaba diciendo en la cocina (...), y antes de que tuviera ocasión de reemplazarla, en el ajetreo de los preparativos de la fiesta, el otro auricular dejó de funcionar. Fue al cajón de su despacho, donde guarda todos los accesorios de su audífono, descubrió que, contrariamente a sus expectativas confiadas, no contenía pilas de repuesto. O, para ser más precioso, había pilas en el cajón, pero no eran del tamaño adecuado para el audífono. El grosor y el diámetro de aquellos discos diminutos varían ligeramente según el tipo de aparato para el que están pensandos, pero los paquetitos de plástico de burbuja en que vienen son idénticos, aparte de los códigos numéricos que llevan impreso. Acostumbra a comprar seis paquetes a la vez, que coge directamente del expositor de la farmacia; y cuando hizo la última compra no debió de comprobar que todos los paquetes fueran del tipo que necesitaba (...).
En realidad, la única alternativa es intentar pasar la fiesta sin audífono.
Cuando no oyes lo que la gente está diciendo tienes dos opciones: o te quedas callado y asientes y murmuras y sonríes, fingiendo que oyes lo que tu interlocutor está diciendo e intercalando alguna que otra palabra de acuerdo, pero siempre con el riesgo de tomar el rábano por las hojas, con consecuencias potencialmente embarazosas, o bien tomas la iniciativa, pasar por alto la regla normal de la conversación de esperar tu turno y hablas sin parar de un tema de tu elección sin permitir que meta baza la persona con quien hablas, y por lo tanto no se plantea el problema de escuchar y comprender lo que está diciendo".

26 octubre 2010

UN CACHO DE RECONOCIMIENTO, CHE

Me vuelve a pasar. Una y otra y otra vez. Debería estar acostumbrada pero no, no me acostumbro.
Esta vez fue con una nueva amiga o compañera de trabajo o colega, pónganle el nombre que quieran, hoy están tan mezclados...
Hace meses que nos encontramos y conversamos y compartimos proyectos laborales. Ella sabe quién soy y cómo soy. Y de pronto me dice: "pero vos tan mal no la pasás, ¿no? No tuviste problemas... "

¡¡¡¡¡Noooooooo!!!!! Yo siempre pipícucú, estuvo bárbaro no escuchar una mierda en la adolescencia, ¡no sabés cuántos amigos tenía! Nooooooooo... qué la voy a pasar mal yo, tratando siempre de encajar, o por lo menos de no llamar la atención, de ser invisible. Frustrándome siempre, siempre queriendo más sin poder.

Sépanlo todos y métanselo bien en la cabeza para no pelear más con el resto de la humanidad: si han hecho esfuerzos hercúleos por adaptarse a su entorno, por sobrevivir, por superarse, y para colmo lo han logrado: ¡¡¡ya no son más discapacitados!!! ¡Aleluia! ¡Aleluia! ¡La hipoacusia desaparece si el otro no la nota! ¡La sordera deja de existir si no demostramos que somos sordos!

¡Carajo! Tantísimo esfuerzo, años, terapias, pastillitas, audífonos, pilas, más terapias, clases de lectura labial... Tantísimas horas y horas estudiando más que los otros porque no escuchamos las clases... Tantísimas desilusiones... Tantísimas frustraciones (trabajos que no conseguí, estudios que no pude hacer, amigos que no fueron)... Tantísima concentración en lo que dice el otro, en sus labios, en su lenguaje corporal... Tantísimas horas y horas de mi vida tratando de poner palabras en cada agujero de cada conversación... Tantísimas obras de teatro, películas de Tv, conferencias, charlas, recitales, etc, etc, a los que no pude ir o disfrutar... Tantísimo todo... ¡¡¡¡Y EL OTRO NO ME LO RECONOCE!!!!

Por lo menos que me digan que soy maravillosa e increíble por haber conseguido lo que conseguí y no eso de... "vos no tuviste problemas..."

¡Qué lo parió!

28 agosto 2010

MI VERSIÓN DE LOS HECHOS

Último día en Resistencia, Chaco. Acababa de terminar el 15° Foro Internacional por el fomento del Libro y la Lectura, organizado por la Fundación Mempo Giardinelli, y vegetábamos en el hall del hotel, esperando que nos vinieran a buscar para llevarnos al aeropuerto, Ángela Pradelli, Patricia Kolesnicov, Teresita Valdettaro, yo. ¿Quién más..? Habíamos planeado pasear por Corrientes antes del regreso pero faltaba fuerza y sobraba calor.
Nos íbamos nosotros, los escritores y periodistas, al tiempo que llegaban al hotel los políticos. Había leído en el diario local, esa misma mañana, sobre un encuentro de algo de la construcción en el que participaría el matrimonio Duhalde. Lectura rápida y desinteresada, creí que se trataba de algo de la UOCRA o similar, cuando en realidad era la Iglesia con algo de la construcción social.

De entre el enjambre de cámaras de TV y hombres de bien derecha que pululaban en el hotel, se nos acercó una señora y, a medida que se acercaba, yo hacía, a una velocidad increíble, un reconocimiento de su rostro. Sabía que la había visto en algún lado y, si la había visto en algún lado tenía que tener archivada su cara. El resto pasó muy rápido, como pasan las cosas:
yo pensé: "carajo... Chiche Duhalde" y antes de que pudiera preguntarme por qué tenía ese gesto crispado y avinagrado de directora de escuela, se acercó a nuestra mesa, murmuró algo que por supuesto no entendí y manoteó un cenicero.

Entonces hice lo que suelo hacer: mi versión personal de los hechos, relacionando mi conocimiento del mundo con lo que sí había escuchado y lo que no había escuchado, la reacción de los demás e inferencias extras. Y lo que salió fue: "Chiche Duhalde debe estar en contra de que se fume en lugares públicos como este hall de hotel y por eso, enojada, vino a sacar el cenicero, que es la prueba del delito.
El problema es que en cuanto Chiche dio la media vuelta con el cenicero en mano, mi grupo estalló en carcajadas. Y ése no era la reacción normal a la situación que yo estaba imaginando.

No sólo se reían, sino que felicitaban a Pradelli como si, en las internas, hubiera ganado en primera ronda.

Por suerte yo ya no me río más cuando todos se ríen, de esa forma pelotuda en que lo hice tantas décadas, y pude preguntar a Kolesnicov lo que había pasado. Me lo contó a mí y lo volvió a contar en Ñ digital, así:

Angela Pradelli: "Adelante, Chiche"
Resistencia, lobby del hotel. De un lado de los sillones, escritores y docentes que vinieron al Foro de Promoción de la Lectura. Del otro, Eduardo y Chiche Duhalde, Ramón Puerta, una comitiva que vino a las jornadas "Constructores de la sociedad", de la Comisión Arquidiocesana de Justicia y Paz.
Nos miramos con distancia. Como si no nos viéramos.
A ellos los revolotean unas cuantas personas, les sacan fotos.
Nosotros, las patas sobre la mesa ratona, esperando la combi que nos llevará al aeropuerto. Sin aviso, alguien cruza la línea invisible que nos separa.
Chiche Duhalde se acerca a la mesa donde la escritora Angela Pradelli toma su cafecito.
--Les robo el cenicero-- dice Chiche.
Pradelli se incorpora apenas, se sienta bien, la mira:
--Robe, nomás.
Los malpensados sonríen.

Entonces sí, me reí yo también. Desarmé mi ficción y construí la realidad.

Haciéndonos esos quilombos mentales es que vamos por el mundo...

(Aclaro que como periodista nunca publiqué ninguna de mis "inferencias", sino que siempre entrevisté, averigüé, investigué y pregunté hasta estar segura de los hechos).

04 agosto 2010

ÚLTIMAS OCUPACIONES

En los últimos meses estuve "hipoacúsicamente" muy ocupada. A saber...

Tema 1
Luego de 23 años de calle, tránsito y volante, tengo por fin un auto a mi nombre (que no es exactamente mi auto pero sí... no importa), y me apuré por hacer el trámite para la exención de patente y para pegar en el parabrisas el gran premio: la oblea mágica "libre tránsito y estacionamiento".

El trámite fue sencillo aunque implicó perder dos mañanas en, por supuesto, una oficina en donde TODOS, hasta los empleados, tienen alguna discapacidad.
Esto implica nada de privilegios. Nada de que pase antes el cojo o se atienda especialmente al ciego. Y, claro, amistades de media hora con especímenes varios y sus prótesis y charla con denominador común: ahora... ¿dónde cornos podemos estacionar?
Yo sueño con dejar el auto en medio de la 9 de Julio... con subirlo a la vereda en donde me plazca... en olvidar la diferencia entre avenida y calle y mano derecha o izquierda pero, sobre todo, quiero hallarme cara a cara con la maldita grúa y mandarlos a la putaquelosparió (sobre todo porque me han llevado el auto 2 veces 2 en los últimos meses).

Pero, aunque sueño con abusar del sistema, mi conciencia moral me dice que está mal abusar del sistema. Por ello estoy en plena investigación sobre cuáles son los verdaderos derechos que me corresponden y, esto es lo que he averiguado hasta la fecha: normas de estacionamiento iguales para todos. La oblea te permite estacionar en los lugares indicados para... autos con oblea. Qué vivos. Prohibido prohibidísimo que la grúa se lleve tu auto. ¡Chupate esa mandarina! Y no mucho más. Si llega multa, a excursarte frente al juez con: "no escuché que no se podía estacionar ahí".

El tema de la oblea me quitó, por fin, un miedo que tenía de siempre: en mi registro de conducir no dice que uso audífono ni ninguna otra seña hipoacúsica particular. Teniendo en cuenta que la última vez que renové el registro avisé del tema y me dijeron "que no importaba", me quedó siempre la duda de si sí o si no...
Esta vez, entonces, pensé que tal vez me rebotaban el trámite de la oblea por no llevar el estigma anotado en el registro. Y no... no pasó nada. Nada de nada. Ni mú. Ni pío. Ni ni. Y por fin me di cuenta. Usar o no usar audífono es una decisión de cada uno que no influye en el acto de conducir un automóvil. Incluso sería muy lógico pensar que una persona hipoacúsica se quite el audífono para manejar sin sentirse bombardeado por los ruidos de la calle.

Tema 2
¿Cambio mi audífono o no cambio mi audífono? Hace tres años, el cambio de analógico a digital me resultó un poco traumático (los sonidos variaron bastante) y por lo tanto opté por un audífono "light". Sólo seis canales de sonido, tres programas manuales y el único agregado de bobina telefónica.
Pasó el tiempo. Me acostumbré. Y ahora siento que podría dar el siguiente paso. Un audífono con mayores prestaciones. Más canales de sonido. Chiches varios. Programas automáticos. Dos micrófonos. Habitación de servicio. Un audífono más potente y que me ofrezca mayor claridad de sonido y, sobre todo, mejor reconocimiento de voces en ambiente ruidoso. Un milagro.
Por lo tanto regresé a donde siempre me he hecho los audífonos a buscarlo.

Y no... no lo encontré. La fonoaudióloga dice que para alguien que ha estado toda su vida con intras, los retros no siempre son una solución. Y lo que había intra era... más de lo mismo. Sí, dos micrófonos. Sí, más canales. Pero igual sonido y potencia.
Finalmente opté por recalibrar el mío (tonta tonta tonta, todavía pienso en analógico, había olvidado que un audífono digital se puede recalibrar de tal manera que parezca otro audífono, que tenga otro sonido, mayor o menor potencia, subir o bajar cada banda de sonido, cambiar los programas) y, creo, se ganó un par de años más de vida.

Ahora todo me molesta y está muy fuerte. ¿Qué cosa hace ese tu-tu? ¿Qué suena por ahí? Aparecen sonidos que no estaban antes. ¡Carajo! ¡El teléfono suena! ¡Qué maravilla! ¿¿¿Se pueden callar por favor??? Me obligo a acostumbrarme porque sé que será lo mejor para mí aunque pase por la etapa de "no soporto tu voz".

Estoy segura que dentro de un par de años sí... habrá un audífono mejor. Uno que haga juego con cada conjunto de ropa de cada día. Que se comunique vía inalámbrica con la carnicería o la verdulería, que tenga un botoncito para decirme cuántos grados hace y si llueve, que me amplifique los piropos y me cancele los insultos. Un audífono que escuche por mí y luego me haga un resumen de la conversación.

Mientras sigo esperando manejo libremente por la atestada ciudad, dejo mi auto en donde nadie puede, paso por la caja libre del supermercado y entro gratis al zoológico.
Dios mío... creo que estoy empezando a disfrutar de mi sordera. O por lo menos, abusar de ella. No está mal.

21 julio 2010

EL TESTAMENTO DE BEETHOVEN

Para mis hermanos Carl y….... (Johann) van Beethoven:

¡Oh, hombres que me juzgáis malevolente, testarudo o misántropo! ¡Cuán equivocados estáis! Desde mi infancia, mi corazón y mi mente estuvieron inclinados hacia el tierno sentimiento de bondad, inclusive me encontré voluntarioso para realizar acciones generosas, pero, reflexionad que hace ya seis años en los que me he visto atacado por una dolencia incurable, agravada por médicos insensatos, estafado año tras año con la esperanza de una recuperación, y finalmente obligado a enfrentar el futuro con una enfermedad crónica (cuya cura llevará años, o tal vez sea imposible); nacido con un temperamento ardiente y vivo, hasta inclusive susceptible a las distracciones de la sociedad, fui obligado temprano a aislarme, a vivir en soledad, cuando en algún momento traté de olvidar es, oh, cuán duramente fui forzado a reconocer la entonces doblemente realidad de mi sordera, y aún entonces, era imposible para mí decirle a los hombres: ¡habla mas fuerte!, ¡grita!, porque estoy sordo. ¡Ah! Cómo era posible que yo admitiera tal flaqueza en un sentido que en mí debiera ser mas perfecto que en otros, un sentido que una vez poseí en la mas alta perfección, una perfección tal como pocos en mi profesión disfrutan o han disfrutado. Oh, no puedo hacerlo, entonces perdonadme cuando me veáis retirarme cuando yo me mezclaría con vosotros con agrado, mi desgracia es doblemente dolorosa porque forzosamente ocasiona que sea incomprendido, para mí no puede existir la alegría de la compañía humana, ni los refinados diálogos, ni las mutuas confidencias, sólo me puedo mezclar con la sociedad un poco cuando las más grandes necesidades me obligan a hacerlo. Debo vivir como un exilado, si me acerco a la gente un ardiente terror se apodera de mí, un miedo de que puedo estar en peligro de que mi condición sea descubierta – así ha sido durante el año pasado que pasé en el campo, ordenado por mi inteligente medico a descansar mi oído tanto como fuera posible-, en esto coincidiendo por mi natural disposición, aunque algunas veces quebré la regla, movido por mi instinto sociable, pero qué humillación, cuando alguien se paraba a mi lado y escuchaba una flauta a la distancia, y yo no escuchaba nada, o alguien escuchaba cantar a un pastor, y yo otra vez no escuchaba nada, estos incidentes me llevaron al borde de la desesperación, un poco más y hubiera puesto fin a mi vida – sólo el arte me sostuvo- ah, parecía imposible dejar el mundo hasta haber producido todo lo que yo sentía que estaba llamado a producir, y entonces soporté esta existencia miserable – verdaderamente miserable-, una naturaleza corporal hipersensible a la que un cambio inesperado puede lanzar del mejor al peor estado . Paciencia. Está dicho que ahora debo elegirla para que me guíe, así lo he hecho, espero que mi determinación permanecerá firme para soportar hasta que a las inexorables parcas les plazca cortar el hilo, tal vez mejoraré, tal vez no, estoy preparado. Forzado ya a mis 28 años a volverme un filósofo, oh, no es fácil, y menos fácil para el artista que para otros. Ser Divino, Tú que miráis dentro de lo profundo de mi alma, Tú sabes, Tú sabes que el amor al prójimo y el deseo de hacer el bien, habitan allí. Oh, hombres, cuando algún día leáis estas palabras, pensad que habéis sido injustos conmigo, y dejad que se consuele el desventurado al descubrir que hubo alguien semejante a él, que a pesar de todos los obstáculos de la naturaleza, igualmente hizo todo lo que estuvo en sus manos para ser aceptado en la superior categoría de los artistas y los hombres dignos.
Ustedes, mis hermanos Carl y ……, tan pronto cuando esté muerto, si el Dr. Schmidt aún vive, pídanle en mi nombre que describa mi enfermedad y guarden este documento con la historia de mi enfermedad de modo que en la medida de lo posible, al menos el mundo se reconcilie conmigo después de mi muerte. Al mismo tiempo los declaro a los dos como herederos de mi pequeña fortuna (si puede ser llamada de esa forma), divídanla justamente, acéptense y ayúdense uno al otro, cualquier mal que me hayáis hecho, lo sabéis, hace tiempo que fue olvidado. A ti, hermano Carl te doy especialmente las gracias por el afecto que me has demostrado últimamente. Es mi deseo que vuestras vidas sean mejores y más libres de preocupación que la mía, recomendad la virtud a vuestros hijos, esta sola puede dar felicidad, no el dinero, hablo por experiencia, sólo fue la virtud que me sostuvo en el dolor, a ésta y a mi arte solamente debo el hecho de no haber acabado mi vida con el suicidio. Adiós, y quiéranse uno al otro. Agradezco a todos mis amigos, particularmente al Príncipe Lichnowsky y al Profesor Schmidt. Deseo que los instrumentos del Principe L, sean conservados por uno de ustedes, pero que no resulte una pelea de este hecho, si pueden serviros de mejor fin, véndanlos, me sentiré contento si puedo seros de ayuda desde la tumba. Con alegría me acerco hacia la muerte. Si ésta llega antes de que tenga la oportunidad de mostrar todas mis capacidades artísticas, habrá llegado demasiado temprano, no obstante mi duro destino y probablemente desearé que hubiera llegado mas tarde, pero aun así estaré satisfecho, no me liberará entonces de mi interminable sufrimiento? Vengas cuando vengas, te recibiré con valor. Adiós y no me olvidéis completamente cuando esté muerto, merezco eso de ustedes, habiendo yo pensado en vida tantas veces acerca de cómo hacerlos felices, sedlo.

Heiglnstadt Octubre 6, 1802
Ludwig van Beethoven

28 junio 2010

LA CAJA ESPECIAL

En casi todos los supermercados, bancos y comercios existen las cajas especiales para mujeres embarazadas, personas con discapacidad y mayores. Lo saben ustedes, lo sé yo. Sin embargo, siempre creí/pensé/opiné que los englobados dentro del ítem "sordos/hipoacúsicos" en pleno uso de sus facultades motoras no tenían -teníamos- derecho a ese privilegio. Al de pasar antes que los demás, a no hacer cola, a no perder nuestro santo tiempo.

Tengo mi mágico certificado de discapacidad hace más de diez años (lo he renovado justo ahora) y nunca me animé a usarlo en esas cajas, que sólo disfruté en los meses de panza de mis embarazos.

Pues bien. Estos últimos años, el supermercado en el que hago las compras ha venido despidiendo a más y más empleados y cerrando más y más cajas. Los días calientes, los días en que hacen descuentos, por ejemplo, se arman colas en las tres putas cajas que hay abierta (de 7 u 8 que debe haber) que recorren el super completo, dan vuelta por congelados, pasan por lácteos y con suerte terminAn en carnicería. Una tortura. Te puede llevar veinte minutos hacer las compras, y dos horas esperar para pagarla.

Un día, por supuesto, me cansé. En las dos cajas abiertas nos hacinábamos millones con los changos superpoblados, y la caja para personas con discapacidad parecía un oasis en medio del desierto.

Así que sin ninguna vergüenza (la he ido perdiendo a medida que he ganado edad) me acerqué a la encargada del momento (siempre niñas de no más de viente años) y le pregunté si, haciendo uso de mi mágico certificado de discapacidad recibía el bendito permiso para utilizar la caja especial. Le aclaré y recalcé, porque soy desvergonzada pero tengo mi ética, que NO poseía problemas motrices. No sé si la niña entendió. Creo que las palabras "discapacidad", "motriz" e "hipoacusia" en una misma oración era demasiado para ella. Lo importante es que dijo que SÍ. Tenía permiso. Podía hacer uso y abuso de la caja especial porque YO era especial.

Así que con mi mercancía salí bailando y cantando de la cola que aún tenía para tres horas, y enfilé hacia la caja vacía. Y todos me miraron con los ojos inyectados en odio, buscando las señales de mi estigma, preguntando por qué, preguntándose tal vez si yo era la hija de Coto, si era una agente encubierta de bromatología, ¿¿¿por qué carajo iba a usar la caja especial si no había nada de especial en mi persona???

Desde entonces he preguntado a todo tipo de encargado y/o gerente: niñas de viente años y señoritas de veintipico, muchachitos y muchachos, si yo estaba autorizado a usar esa caja. Porque los cajeros siempre me miran raro y me apuntan con sus índices el cartel con los logos de embarazada y discapacitado, y yo digo que sí con la cabeza, y entonces ellos me miran la panza, tratando de adivinar de cuánto estoy, o me buscan el bastón, las muletas, lo que sea. Y porque alguna vez una cajera dijo que creía que la caja era sólo para discapacitados motrices, y yo le dije que lo suyo tenía mucha lógica, pero que igual me habían permitido usarla. Y otras veces viene una embarazada y me mira mal, me mira como diciéndome que yo no pertenezco al club, y yo la miro como diciéndole que también estuve embarazada y no es para tanto, que espere que le va a hacer bien un poco de ejercicio.

De todos modos no me acerco a la caja especial si las demás están vacías o tienen poca espera (no me gusta abusar), y dejo pasar a los verdaderos necesitados que son los que tienen problemas motrices y los demás... los demás que se jodan.

El otro día estaba en la caja especial, esperando mi turno discapacitado cuando un hombre se paró detrás mío con su chango. Me miró. Lo miré. Me mostró la clásica fotocopia plastificada del certificado. Yo le mostré la mía. Nos quedamos unos segundos así, esperando ver quién atacaría primero. Finalmente guardamos nuestras espadas y nos sonreimos. Nos reconocimos vecinos de la adversidad.
Él me preguntó qué me pasaba. Le dije que era sorda. Yo le pregunté qué tenía. Me dijo "pierna ortopédica". Yo le dije entonces (¿culpa?) que él tenía prioridad, que yo simplemente usaba la caja porque podía hacerlo, pero que en verdad nada me impedía hacer larguísimas colas. Él me dijo que no, que pasara yo, y que lo mío era un derecho, que ya bastantes problemas teníamos y que bien disfrutara de la caja. Le dije gracias. Volvió a sonreirme.
Cuando terminé de pagar, nos saludamos como viejos conocidos y nos deseamos suerte.

Yo creo, sinceramente, que todos nosotros nos merecemos estos beneficios, que son apenas pasos de comedia en el drama que nos toca vivir.
Así que ya saben: enfilen hacia las cajas especiales. Y si alguien les pregunta por qué, digan misteriosamente: "porque puedo".

21 mayo 2010

PALABRAS, PALABRITAS, PALABROTAS

Los que perdimos la audición luego del período crítico de adquisición de la lengua (primeros años de vida), tenemos la grandísima suerte de habernos adueñado a tiempo de la gramática de nuestra lengua materna. Y eso no se olvida nunca. Es como nadar o andar en bicicleta. Y es, en definitiva, el mayor respiro que nos da nuestra sordera.
Ahora bien, hay una diferencia, no siempre establecida o comprendida, entre lengua y vocabulario.
La lengua se adquiere, es una capacidad biológica e innata en el hombre. El vocabulario se aprende.
Y aunque parezca sencillo enseñar "esto es un oso", "esto es un elefante", el vocabulario es mucho más.

Vean estas redes semánticas:
El pico tiene tierra.
Lleva una lombriz en el pico.
El pico está nevado.
A las cuatro y pico.
Pico y me voy.
Te hace falta un pico.

En todos los casos, la palabra pico es la misma, ninguno de sus cuatro grafemas cambia. Pero el contexto y la sintaxis nos dicen que en cada oración tiene un significado distinto. Y necesitamos de la gramática, del conocimiento del mundo, de la experiencia, para develar cada uno.

Nosotros, sordos e hipoacúsicos postlinguales entendemos lo de arriba. Y digo nosotros porque muy difícilmente un sordo prelingual lea este blog. Pero... ¿cómo hacemos para seguir aprendiendo vocabulario sin escuchar las conversaciones casuales a nuestro alrededor, la radio, la TV, las conferencias, etc, etc?

La lectura es una gran aliada en este asunto. Pero es imposible pasar a la hoja todo lo que se dice. Y no existe ninguna revista que recupere las conversaciones de la calle. Lo que se dice en la cola del supermercado, del banco, lo que dicen los adolescentes, lo que hablan los chicos en una plaza. Allí está el vocabulario nuevo. Ése es su campo de prueba. De allí surge y se desparrama.

En mi caso, descubrí de grande que existía una enorme cantidad de definiciones para el s e x o (lo escribo así para que no aparezca en búsquedas de Internet), y en particular para el s e x o o r a l.
Por supuesto, ese vocabulario no está en los libros. No sale en los diarios. No se agrega a los diccionarios. Se crea entre la gente y entre la gente circula en voz baja. Y yo, la voz baja, no la escucho.

"Lavar el auto", "hacer un p e t e", "p e t e r a s", fueron palabras que descubrí de casualidad y que tuve que ir a preguntar qué significaban. Ahora lo sé, por supuesto. Pero me pregunto cuántas palabras o dichos se me escapan a diario. Y, como escritora, el asunto me resulta problemático.

Trato de recurrir a mis sobrinos adolescentes o a mis hijos pre-adolescentes para estar al tanto de lo que se habla: "Yo en mi época decía "apretar". Ahora, ¿cómo se dice?"

Y así voy por la vida, tratando de pescar con una red muy pequeña enormes peces que pasan a mi costado sin que me dé cuenta.

Me pregunto si a medida que pasen los años iré resguardándome en un vocabulario conocido pero arcaico, como les pasa a personas sordas profundas que hablan como escucharon hablar en su infancia.
Me pregunto si quedaré fuera de toda actualización y, entonces, yo misma seré desactualizada.
Me pregunto cuánto no entenderé de lo que hablen mis hijos y sus amigos dentro de unos años, y si acaso me daré cuenta de cuánto no entiendo.

Pero por suerte sigo haciéndome esas preguntas. Y mientras mantenga la curiosidad y el deseo de saberlo todo, espero, seguiré enterándome hasta de lo que no quería saber.

25 abril 2010

LIBRO DE PATRICIA SALAS

"Narrativa, lenguaje y discapacidad auditiva" es la tesis de doctorado con que Patricia Salas, amiga, maestra y compañera en esto de la Logogenia, se ganó su título de Doctora en Letras.
Una excelentísima investigación en la que narra las vidas de varias mujeres sordas o hipoacúsicas.

A mí, Patricia me otorgó el honor de escribir el prólogo. Y eso es lo que comparto con ustedes:

Una persona con discapacidad auditiva es una persona que escucha poco o nada. Ésa es la representación que la sociedad hace del déficit auditivo. Y no está equivocada. El error surge al creer que una persona sorda o hipoacúsica compensa ese déficit –en todos los aspectos: educativo, social, laboral- sólo recibiendo ondas sonoras de mayor amplitud o volumen. Al sordo se le habla fuerte, y se supone que de esta manera la problemática causada por su falta de audición, desaparece. Y cuando el volumen no es suficiente, se le habla de frente para permitirle que lea los labios, como si todo el lenguaje humano pudiera descubrirse en la mímica del otro.
Este desconocimiento de cuál es la verdadera problemática de la persona sorda o hipoacúsica, de dónde surgen sus problemas de integración, su aislamiento, su fracaso escolar, su bajo nivel de conocimientos, es el que provoca, justamente, en un triste círculo vicioso, todos esos conflictos.
Es aquí, entonces, donde la tesis doctoral de Patricia Salas, “Narrativa, lenguaje y educación, aproximación a un estudio de casos de integración educativa desde la discapacidad auditiva” viene a traer respuestas.
La sordera y la hipoacusia –dice Salas- es mucho más que un problema auditivo. Es un problema lingüístico. La persona sorda o hipoacúsica no adquiere su lengua tal como lo hacen los oyentes, y por lo tanto crece al margen del lenguaje.
El lenguaje no sólo nos permite decir cosas. También nos sirve para decodificar el texto escrito. Por eso es que tantas personas sordas o hipoacúsicas no poseen competencia lingüística.
“Existimos a través del lenguaje”, escribe Salas. “La construcción de la realidad social es de naturaleza lingüística”. ¿Qué sucede entonces con quiénes, por tener un déficit auditivo, no logran utilizar el lenguaje como herramienta cognitiva? Y los que sí lo logran, ¿cómo lo hacen? ¿Se trata de excepciones, de mentes brillantes, de personas que han recibido los estímulos adecuados?
¡Qué terrible paradoja! Para acceder a la cultura escrita, no necesitamos oír. El texto escrito posee una autonomía e independencia tan maravillosa, que nos basta para acceder al mundo. Para saber quiénes somos. Para encontrar las respuestas o multiplicar las preguntas.

En su tesis doctoral, Patricia Salas, explora estos temas en profundidad, pero va más allá. No busca al especialista, ni al científico, ni al educador para que, desde su perspectiva formal, nos cuenten cómo es la vida de la persona sorda o hipoacúsica y, en particular, cómo logran integrarse al sistema educativo común. Lo que hace Salas es acercarse a las personas con sordera o hipoacusia y darles voz. Son ellos los que nos cuentan cómo estudiaron y aprendieron. Cómo compensaron su déficit. De qué pequeñas o grandes astucias se valieron para saber qué se decía en el aula cuando no escuchaban. Los esfuerzos enormes que hicieron para estar a la par de sus compañeros oyentes. Los caminos alternativos que tomaron para llegar a la meta.
¿Y para qué? ¿De qué sirve tomar algunos casos si nos queremos referir a todas las personas sordas o hipoacúsicas?
Porque en las biografías y las autobiografías es donde se encuentra la clave del conflicto. Porque cuando sabemos que uno pudo, que otro lo logró, que alguien luchó, es que hacemos fuerza común y entendemos que se puede. Porque, dice Salas, "la experiencia de vida produce conocimientos".
Para quien narra, poner en palabras la propia historia, sirve como construcción de la identidad. Para quien lee, reconocerse en el otro es terapéutico, es lo que se necesita para saber que no se está solo.

Conocí a Patricia Salas hace poco tiempo, pero sin embargo la venía buscando desde hacía varios años.
Navegando sin brújula por la red, había encontrado su biografía. La historia de Patricia Salas contada por ella misma. Por primera vez, una persona decía lo que yo quería decir. Le había sucedido lo mismo que a mí, y utilizaba las palabras que yo necesitaba para contar mi propia historia. Salas se narraba y me narraba. La fuerza de su biografía me llevó a repensar mi vida. Porque también yo, como ella, soy hipoacúsica. Como ella me dediqué desde pequeña a leerlo todo con pasión, y como ella me dediqué a moldear la lengua, a través del periodismo y la literatura. En el texto escrito encontré mi libertad. Me deshice de las ataduras del sonido.
Pero Patricia Salas hizo algo que yo no pude o no supe (y que hoy voy aprendiendo de su mano): se dedicó a entender las necesidades de las personas con déficit auditivo, y a buscar posibles soluciones. Desde las historias de vida, Salas encontró la manera de crear caminos. Le otorgó a la biografía una fuerza que traspasa los límites de quién cuenta y madura, se recrea, se realiza en el otro. El más puro acto de dar y recibir.
Lograr, entonces, a través de biografías, estudiar qué sucede con todo un grupo humano, qué los une y qué los distingue del resto y entre ellos mismos, cuál es su problemática y cuáles son las alternativas rehabilitadoras, es un logro que sólo alguien que ha vivido lo que cuenta puede alcanzar. Lo digo con sus palabras: “Contar desde lo que se ve no es lo mismo que contar desde lo vivido”.


Verónica Sukaczer

19 abril 2010

09 marzo 2010

AY... AY...AY...

Voy a la mercería para arreglar el cierre de un pantalón. Llego y está cerrada en horario de apertura, pero veo que el dueño y vendedor se acerca, y lo espero. Mientras abre, masculla algo que por supuesto no entiendo. En realidad jamás le entendí nada, pero nuestra relación es de pocas palabras. Yo digo "elástico" y él me ofrece elásticos. Digo "dobladillo" y me arregla el dobladillo de un pantalón. Digo: "pitucones" y me muestra pitucones. En años que nos conocemos, nunca hemos necesitado de más diálogo.

Pero justo hoy se me ocurre preguntarle cuándo estará su madre para probarme un pantalón que tengo que achicar. Su madre es la modista, la que toma las medidas y pone los alfileres. Y simpática (ése debe ser el problema, yo no soy naturalmente simpática y cuando intento serlo me sale... así), agrego un comentario sobre su progenitora.

Entonces él me mira y me dice:
-Por eso te dije que había cerrado...vengo de esparcir sus cenizas.

¡Plop!

16 febrero 2010

LAS OLAS Y EL VIENTO, Y EL VIENTO, Y EL VIENTO

Desde que empecé a usar el audífono en forma permanente, desde que me levanto hasta que me acuesto, puedo enumerar de memoria las circunstancias en que me lo quito: para bañarme, por supuesto, para escuchar música con auriculares, para ir a la pileta en verano, para meterme en el río o mar en las vacaciones, en algún recital o fiesta en donde la música me taladre el cerebro. Y nada más.
Pero en la playa propiamente dicha, me lo dejo. Y sufro horrores cuidándome de la arena que tiran los chicos, de las salpicaduras pero, sobre todo, temo cada vez que voy al mar/río que alguien me robe la mochila en donde lo guardo. Y por eso nunca termino de estar relajada y tranquila, y de disfrutar como corresponde.

Pues bien, este año, la revolución.

Veraneamos en una playa del sur, hermosísimo lugar, en donde el viento patagónico te impregna de arena hasta el último resquicio de tu cuerpo. No estoy hablando de un poco de viento. Estoy hablando de verdaderas tormentas en las que la arena te ataca como millones de agujas sobre todo el cuerpo. Por supuesto, no podía arriesgar el audífono.
Así que cada vez que salíamos del auto, le avisaba a mi familia que me desconectaba, les pedía que me dieran sus últimos mensajes, y dejaba mi cordón umbilicar auditivo bien guardado. Y me iba así a la playa, despojada de sonidos, libre del ulular mecánico del viento y libre de los cuidados que hay que brindarle a ese apéndice de nuestro cuerpo.

Y realmente fui feliz. Música chillona de la clase de aerobics de la playa vecina, amortiguada. Sensación de que me lo van a robar en cualquier momento, vencida. Viento, apagado. Voces de críos, ladridos de perros, anuncios de donas churros barriletes, en off. Voces de mis niños, oídas a corta distancia con lectura labial y sin inconvenientes. Voz de mi marido... bueno, mi marido no conversa mucho. El mar... como un rumor lejano que tal vez imaginé o de verdad estaba.
Y no tuve ninguna vergüenza para pedir a mis hijos que me repitieran qué decía tal vendedor, a cuánto estaban los churros o cuánto estaba pidiendo el vendedor por las paletas, delante del mismísimo señor. Y disfruté de recogerme el pelo (ahora que me lo estoy dejando largo, si se puede llamar largo hasta los hombros), y hacerme colitas, y ponerme pañuelos en la cabeza que me dejaban mis gigantes y rusas orejas a la vista.

Sí, disfruté de mi sordera. O tal vez la palabra exacta no sea disfrutar, sino que la viví a pleno, la acepté, la hice parte de mí, la compartí, la mostré. Y en ninguna de esas tardes en que no tuve el audífono, ni siquiera a mano, lo eché de menos.

Yo creo que a eso lo llaman "saber quién es uno". También le dicen "ser libre".

28 enero 2010

COLABORACIONES

Para un libro que estoy escribiendo, me vendría muy bien que quien quiera me cuente qué opinión le merecen las personas sordas. Cómo las ve. Si conoce a alguien. Que se anime a exponer sus prejuicios con absoluta sinceridad. Lo que siente al estar o ver a una persona sorda. Cómo supone que son si no conoce a nadie sordo.
Eso es, obviamente, para los que no son sordos y/o hipoacúsicos.

Los otros, en cambio, los que son como yo, pueden contarme cualquier anécdota que quieran, cómo sienten la mirada del otro, algo que nunca se animaron a decir, si desean cambiar o no.

Pueden hacerlo aquí, a través de los comentarios, o escribirme a mi mail con firma o en forma anónima.

No pienso divulgar las respuestas, sí usarlas en mi libro, si es que por fin lo escribo.

Muchas gracias.

10 enero 2010

PRIVILEGIOS Y BOLUDECES

El otro día me descubrí pensando algo tan pero tan inmensamente pelotudo, que por un momento dudé de mi capacidad intelectual, mi sistema cognitivo y mi salud mental. Algo tan profundamente boludo, tan majestuosamente boludo, que si alguien, en algún comentario me llega a decir que lo que escribí es una boludez, no me quedará más que responder: "¡ya lo sabía, boludo!".

Pensé, digo, que si algún día me implantaba, y me iba bien, y de pronto comenzaba a escuchar tantos sonidos que hoy no escucho ni siquiera con el mejor audífono digital (el timbre de la puerta, a pesar de estar a un metro del portero eléctrico), el timbre del teléfono (a pesar de tenerlo a treinta centímetros), que me llamen de otra habitación, que me llamen cuando doy la espalda, las sirenas de las ambulancias (como verán, mayoría de sonidos agudos), iba a perder ciertos privilegios de sorda.
Eso pensé. Me preocupé por los privilegios que supe conseguir y aprendí a disfrutar, más que por la maravilla de volver a oír.

Veamos algunos ejemplos prácticos:
Cuando en alguna oficina, comercio, sanatorio o lo que fuera, llaman por número, yo acostumbro acercarme y avisar que no escucho, y en general me hacen pasar antes. Si con el implante escucho el número, tendré que esperar.
A pesar de mi independencia casi total, en algunas cosas necesito ayuda: algunas llamadas telefónicas (aunque hablo por teléfono, a veces pido el favor), que me vengan a llamar si me necesitan, que me avisen si sonó el timbre y, aunque la independencia total y absoluta suena bien, cuando uno se ha acostumbrado a no tenerla... perder ese poco de contención produce temor.
Si mi marido puede llamarme desde el baño cada vez que se olvida la toalla (que son todas las veces) y yo lo escucho (a pesar de que en general lo escucho pero me hago la que no, porque el tipo tiene un vozarrón del que me enamoré incluso antes que de él), ¡voy a tener que buscarle la toalla, carajo, y nunca va a aprender a fijarse antes de entrar a la ducha!
Siguiendo la misma línea, ¡me voy a tener que levantar y ocupar de los demás cada vez que me llamen!
Y algo fatal: les conté que tengo un arreglo con mi supermercado, por el cual me traen el pedido dentro de la hora. ¡Imaginen si tengo que quedarme en casa cinco horas esperando las malditas compras!
Y hay cien cosas más.

Es decir... ¡me convertiría casi en una persona normal! Sería una del montón. Una más. Esperando con el rebaño. Yendo allí a donde van todos. A menos, claro, que me sacara el implante y lo guardara en la cartera cada vez que necesito volver a ser sorda. Eso no está mal... no lo había pensando...

Como ven, el tema del implante no puede tomarse a la ligera.
Después no me digan que no les avisé.