06 septiembre 2009

EL IMPLANTE DE PATO

Nunca, hasta ahora, quise hablar de los implantes, porque es un tema que produce reacciones viscerales. O se lo odia, o se lo ama. Parecería que no hay lugar para términos medios cuando se habla de implantes cocleares.
Por un lado, recibe el rechazo absoluto de gran parte de la comunidad sorda que pide, por lo menos, que los niños no sean implantados hasta no poder dar su consentimiento; y, por el otro, el regocijo de quienes perdieron audición ya grandes y vuelven a escuchar con el implante.

Yo no sé muy bien qué siento en referencia al implante y no voy a analizarlo acá. Lo que sí puedo decir, es que a pesar de ser excelente candidata al implante, por ahora NO voy a implantarme.

Pero no es de mí de quién voy a hablar.

Pato escuchaba bastante menos que yo cuando la conocí, y se valía de dos potentísimos audífonos retroauriculares. Un día me probé uno de sus audífonos, con el volumen que ella usaba, y mi cabeza casi salió disparada por la potencia.
La historia de Pato es muy similar a la mía: comenzó a perder audición a los cinco años por una otoesclerosis coclear que siguió avanzando como avanzan las otoesclerosis, y se decidió por las Letras como profesión. Es profesora en varias universidades, logogenista y maestra de logogenistas, incansable "armadora" de proyectos, usina inagotable de ideas, se empuja y me empuja por hacer más y ser mejor.

Bien, Pato se implantó. No le resultó sencilla la decisión. Pasó por un año estresante lleno de dudas, preguntas y llantos. Pero sabía que no daba más. El esfuerzo que hacía a diario en clase para escuchar a sus alumnos, la decidió.
El verano pasado, al fin, fue operada.
Se bancó su mes de sordera obligada, descansó, armó más proyectos, y de pronto llegó el día de prender su implanta e iniciar la rehabilitación.

Pato se lo tomó en serio. Trabajó con una fonoaudióloga, hizo los ejercicios que le encomendaron y trató de tomárselo con calma.

Hoy Pato escucha, por lejos, mucho más que yo. Puede hablar conmigo sin mirarme (yo con ella no, bah, con nadie). ¡¡¡Fue al teatro y a ver cine argentino y dice que lo escuchó todo!!! Se da cuenta de que cambió su forma de dar clases y que ahora sus alumnos participan mucho más. Ya no se confunde una palabra con la otra. Salimos juntas y es ella la que me traduce qué dicen los vendedores. Y cuando yo me equivoco o pregunto qué o respondo otra cosa, se ríe y me dice que soy una "sorda de mierda", y por supuesto es la única persona en el mundo que me puede hacer reír a carcajadas diciéndome algo así.

Lo único que no pudo contarme Pato, o no me lo supo contar bien, fue cómo fue escuchando desde que encendió su implante por primera vez, hasta ahora. Yo le pedí que llevara un diario, le rogué encarecidamente que debido a sus conocimientos de Letras, su experiencia de vida y su inteligencia, tenía que contar el proceso de escuchar con un implante. Pero no lo hizo. Un poco vaga para escribir es Pato. Me contó que al principio el sonido era como de robot, pero que luego el oído se acostumbra. Que ahora habla por teléfono, responde a la distancia, escucha música.

Igual no voy a implantarme. Pero Pato me da esperanzas. De todos modos, como quiero ser realista (¿o fatalista?) me digo que tendría que conocer a alguien que no pude adaptarse, a alguien que no le fue tan bien. Escuchar todas las campanas. Sé que del implante no hay regreso.

Pato está feliz, radiante. Se le nota. Y yo estoy feliz por ella. Ahora, ella escucha por las dos.