29 enero 2009

¿Me dice qué es la hipoacuCia?

Una niña, que no me brinda más datos que su nombre, me acaba de enviar el siguiente mail, faltas de ortografía incluidas:

hola mi nombre es X y me atrevo a escribirle porque me interesa el tema de hipoacucia ya que me encuentro realizando mi tesis y pretendo hablar de como es que las personas que padecen esta enfermedad tambien pueden aprender una segunda lengua. Sin embargo, quisiera pedirle de la manera mas atenta me auxilie con un poco mas de informacion acerca de esta enfermedad.por ejemplo ¿Como se llama la tecnica q utilizan para aprender hablar español??, ¿Usted conoce algun codigo que utlizen para poderse comunicar en ingles? o ¿solo lo podrian hacer de manera escrita? ¿existe alguna escuela especial para ellos? etcBueno como`puede ver tengo muchas dudas, ojala pueda ayudarme. Muchas gracias por su tiempo.

Yo creo que X (suficiente con escrachar su texto, no hace falta que de su nombre) no ha hecho muy bien su tarea, y espera que yo la haga por ella.
Lamentablemente mi personalidad, producto seguramente de mi extraña hipoacusia, me sugiere responderle de diversas formas muy feas.
Y eso además de feo está muy mal, porque la propia niña me escribe "de la manera más atenta" y acepta que tiene muchas dudas.
Pero yo soy intolerante con ciertas cosas, producto seguramente de mi extraña hipoacusia.
Para incentivarla a continuar con sus estudios, entonces, es que les dejo su consulta.
A ver si alguien quiere ayudarla e iluminarla.

07 enero 2009

ELOGIO DE LA BOLUDEZ

No es otro miedo. Es EL miedo. Es lo que nos paraliza frente al mundo. Lo que nos diferencia. Lo que no podemos enfrentar ni siquiera terapia de por medio. Es lo que los demás no entienden. Es el hecho de ser unos reverendos boludos.

Lo repetimos y hasta nos lo creemos:
SOY SORDO, NO BOLUDO (o pelotudo, o tarado, o la mala palabra que usted acostumbre utilizar).

Se lo decimos a cada persona que confunde nuestra falta de audición con falta de entendimiento. Porque no nos importa ser discapacitados sensoriales. Lo que nos aterra es que nos confundan con discapacitados mentales. Paradojas de la discriminación.

Pero alguien tiene que decirlo, y seré yo:
La mayor parte de las veces, nos comportamos como unos reverendos pelotudos. Los otros no tienen siempre toda la culpa.
Y no hay manera de zafar de ese destino.

Parecemos unos boludos cuando todo el tiempo repetimos "¿qué, qué?".
Parecemos unos boludos cuando el mozo nos pregunta si queremos coca o pepsi, y nosotros respondemos: sin sal.
Parecemos unos boludos cuando nos llaman en la calle y no contestamos.
Parecemos unos boludos cuando rogamos por teléfono que nos repitan con la excusa de que "hay ruido en la línea".
Parecemos unos boludos cuando el kiosquero nos dice "seis pesos" y le pagamos con tres, y el otro se queda esperando.
Parecemos unos boludos cuando regresamos a una cita con el médico porque no entendimos cuántas pastillas teníamos que tomar.
Parecemos unos boludos cuando insistimos que el ruido nos molesta, y le pedimos a un adolescente que baje el volumen de la música.
Parecemos unos boludos cuando pedimos que nos repitan el chiste.
Parecemos unos boludos cuando alguien en una reunión nos va contando de qué se habla.
Parecemos unos boludos cuando nos enojamos porque en la farmacia están atendiendo al 99 y tenemos el 97.
Parecemos unos boludos cuando escuchamos al otro con la cabeza ladeada, tratando de sacarle partido a nuestro mejor oído.
Parecemos unos boludos cuando no podemos pronunciar una palabra en otro idioma.
Parecemos unos boludos cuando no entendemos la letra de una canción y cantamos cualquier cosa.
Parecemos unos boludos cuando un desconocido nos avisa que está vibrando nuestro celular, y que se dá cuenta por el ruidito que hace, o en nuestra propia casa un invitado nos informa que sonó el timbre.
Parecemos unos boludos cuando los demás ven que, para llamarnos la atención, un conocido nos palmea o mueve su mano delante de nuestra cara.
Parecemos unos boludos cuando anuncian algo por altoparlante y nosotros nos quedamos, como boludos, esperando a ver qué hace la gente, para imitarlos.
Parecemos unos boludos cuando nos reímos en una reunión sólo porque los demás se están riendo.
Parecemos unos boludos cuando ponemos cara de "me quedé sin pila" o, peor, hacemos algún chistecito de "me desconecté" o similar.
Parecemos unos boludos cuando no aparecemos en una cita porque nunca escuchamos que nos citaron.
Parecemos unos boludos cuando todos hablan del programa de TV de moda y nosotros ni lo conocemos.

La lista podría continuar.
Pero creo que ya todos tenemos una idea de cuán boludos podemos parecer.
El problema es que la frontera entre ser y parecer es tan estrecha, que es posible que en general seamos más boludos que lo que pensamos.
Y no está mal.
Hay que reinvindicar la boludez. Hacer una bandera del pelotudismo crónico. Sentirse orgulloso de la idiotez de cada día.

Ser boludo tiene sus ventajas.
El boludo es quien siempre hace la pregunta que nadie se anima a hacer. El que consigue ser atendido primero. Al boludo le explican mejor las cosas. La gente los ayuda. A veces, hasta caen simpáticos. Los boludos se quedan con las mejores minas y las boludas (soy fe) con los mejores tipos. El boludo se autoexige sin que lo presionen. El boludo disfruta de las cosas sencillas. Al boludo no le importa que le digan sordo.

Por eso este elogio de la boludez.

Porque somos, y parecemos, unos boludos.