27 noviembre 2008

¿ME ENTIENDES CUANDO TE HABLO DE ESTA MANERA?

(Si fuera por mí, los títulos de todo lo que escribo serían "carverianos": "¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?"; "¿Puedes hacer el favor de callarte?". Hoy me dí el gusto. Dicho esto, vamos al post).

Hora del desayuno en sala de maestras, en escuela para chicos sordos en la que trabajo (ad-honorem, valga la aclaración) dos veces por semana dando clases de logogenia.
Mesa larga. Unas doce maestras. Conversaciones cruzadas. Yo intento seguir una de las charlas, en la que hablan de otra maestra que tiene problemas de salud, y no logra que le den la licencia que le corresponde.
Nada excesivamente interesante (no sé de quién hablan), ningún chisme jugoso. Escucho sin participar.
De pronto una de las maestras me pregunta (recuerden, estamos en un lugar donde todas son maestras de sordos):
-Vero, ¿podés seguir la conversación?
Por un segundo, me pongo en blanco.
Ok. Me han puesto en evidencia. Pero allí tengo absoluto permiso de ser hipoacúsica. No es para preocuparme. Estoy rodeada de profesionales. En otro lugar estaría temblando y poniéndome colorada y deseando que el suelo se abriera y yo cayera directo en China, en donde por lo menos tengo la excusa de no entender el idioma. Pero por otra parte... ¿estoy siguiendo la conversación? ¿Cuánto he entendido? El lugar es enorme. Somos muchas. Hay eco. Sin permiso de mi conciencia, se me escapa una verdad:
-A mí manera... -respondo.
Entonces la otra me explica rápidamente la situación: están hablando en realidad de dos maestras distintas. Una tiene depresión y consiguió la licencia sin problemas; la otra tiene cáncer, está haciendo quimioterapia y le dicen que no le corresponde la licencia.
¿Yo había entendido eso? No. No lo había entendido, señorita.
Había escuchado las palabras depresión, licencia, que no se la quieren dar, y eso lo junté, hice un paquetito y me armé una historia. Pero la palabra cáncer no la escuché. Tampoco me dí cuena de que hablaban de dos personas diferentes.
El grupo vuelve a retomar la conversación, pero mi mente ya partió por otro camino.

¿Cuántas veces me he "armado" la historia de la que se habla, a partir de las palabras que he podido pescar? Digamos que casi siempre. ¿Y cuántas veces
lo que yo creo haber escuchado coincide plenamente con la historia que se cuenta? No lo sé. Hasta ahora nunca nadie había pedido tiempo para hacerme partícipe de la conversación.
¿Cuántos malentendidos, cuánta desinformación, cuántos choques sociales puede haber causado este entender a medias creyendo que lo entendía todo mientras el otro suponía que había entendido? Posiblemente más de los que creo.

Así voy por la vida. Mi sistema auditivo es un colador por el cual algunos sonidos se quedan y otros se pierden irremediablemente. Y como es la comunicación lo que nos hace humanos, yo tomo las palabras que he logrado capturar, las proceso con el contexto, con lo que sé de la otra persona, con toda la información archivada en mi cerebro que puede estar relacionada, y luego me imprimo una conversación mental que puede, o no, coincidir con lo que se ha dicho.
Menuda tarea.

Y todo eso, creo yo, nos hace más inteligentes, más rápidos, más audaces, más creativos, más sagaces. Porque lo que para el otro es un solo estímulo auditivo, para nosotros es un conglomerado de conexiones sinápticas, un estallido de actividad cerebral.

Y todo eso, sin haber entendido nada.

22 noviembre 2008

¿PUEDEN HACER EL FAVOR DE BUSCARME?

Ahora soy parte de la feliz familia de Facebook, y quería armar un grupo titulado, como una amiga del blog dijo alguna vez: "sordo sí, pelotudo no". Como no sé sus nombres reales, ¿quieren hacer el favor de buscarme? Y de paso alguien puede ir ganando tiempo y armar el grupo. Y otro enviar las invitaciones... y después yo digo que fui el cerebro de toda la movida.

18 noviembre 2008

¡LO HICE! ¡LO HICE!

Cumpleaños de 40 (el mío no, el mío ya pasó). Salón. Números en vivo. Un mago con déficit de atención e hiperactividad.
¿A quién elige para uno de sus trucos, entre los cien invitados?
Sí. A mí. Y eso que me había arrinconado en el fondo y tenía el aspecto de antipática que me corresponde.
El tipo grita eufórico por haber elegido a su presa, y todos me miran.
Yo no sé qué me dice, pero no hace falta. Me señala y hace gestos, pero su boca está tapada por un micrófono y su voz es tan grave y rebota tanto en el lugar, que bien podría estar hablando de Obama o vendiendo droga, que para mí es lo mismo: no lo entiendo.
Tengo segundos para zafar del asunto antes de caer en el pozo profundo de la vergüenza eterna.
Primero pruebo decir que no con la cabeza, mientras mi marido me mira con algo de lástima.
No alcanza. El tipo se pone cargoso. Ya lo hizo con otra mujer que no quiso pasar a un truco. La tuvo de punto el resto de la noche.
Entonces busco paz mental, recito un mantra, respiro profundo y lo digo. Lo digo por primera vez en mi vida frente a tanta gente desconocida (porque del cumple sólo conocemos a la cumpleañera):
-No escucho.
Eso digo. Sencillo y directo. Nada de palabras grandilocuentes como hipoacusia o sordera. Al grano: no escucho. Hago incluso un gesto tímido, que en lengua de señas significa "sordo", pero de qué sirve, si nadie ahí habla lengua de señas (y yo tampoco).
El mago no entiende. Y todos siguen mirándome, y obviamente yo paso de estar bien maquillada a parecer que me bañé en rubor rojo furioso.
Algo anda mal, debe haberse dicho el tipo, porque se acerca a la cumpleañera y pregunta qué pasa, y le dicen. ¿Y entonces qué hace? Incluye el tema en su rutina. Dice algo así como que "puede pasar". ¿Y luego qué hace? ¿QUÉ HACE? Pide un aplauso. No sé por qué. No entendí ni me animé a preguntar.
Bueno, gracias.

Pero yo lo dije. LO DIJE.
Acá lo escribo, lo discuto, lo comento, lo explico, pero en la vida real... ah... la vida real es otra cosa.

Terminado el suplicio, perdón, el show, busco el baño.
Suerte la mía: me cruzo con el mago, que acomoda sus cosas. Me toca el hombro, y me dice, modulando como saben ustedes: "disculpame, no sabía, ¿está todo bien?".

¿Qué le puedo decir?
-No, estúpido, y tu show es de cuarta.
-Está todo bien, ¿cómo podrías saber?
-No es tu culpa. Tendrían que haber avisado a todos los invitados que hay en la sala una persona sorda.
-Está todo bien, y además acabo de recuperar la audición.
-Gracias por el aplauso, pero te juro que no hice ningún mérito para ser sorda, me salió solo.

No, no digo nada, sonrío estúpidamente y me voy al baño.

Pero lo dije, y esa fue mi pequeña hazaña.

04 noviembre 2008

EL BAR SORDO

El Centro Argentino de Teatro Ciego, está llevando a cabo una experiencia diferente, con su espectáculo "A ciegas con luz", a cargo de personas no videntes.
Se trata de un restaurante en donde se come y se escucha música en total oscuridad, y en el medio se ofrecen distintos estímulos auditivos u olfativos, como para que uno se crea un verdadero ciego, hasta la hora de la cuenta.
Más allá de mi característico humor irónico, no puedo menos que aplaudir la iniciativa y desearles mucho éxito. Obviamente, yo no iría ni aunque intentaran emborracharme con cinco botellitas de chocolate con licor.

Oscuridad y sordera nunca se han llevado bien. Oscuridad más sordera es igual a mucha más sordera.

Ahora bien, si hay un espectáculo ciego, ¿por qué no un bar sordo? Ya sé que hay obras de teatro en lengua de señas. Pero me refiero a otra experiencia. A un lugar en donde los normoyentes vivan una verdadera experiencia sorda, se pongan en nuestros zapatos y logren, por un momento, sentir como sentimos nosotros a diario. Y todo por la módica suma de aproximadamente $60 por persona, bebidas aparte.

Lo primero que llamaría la atención, al ingresar a nuestro Bar Sordo, es el exceso de iluminación. Mucha luz. Ningún rincón a oscuras. Nada de sombras. Nada de velitas románticas en medio de la mesa. Luz.
Enseguida se explicaría a los invitados que una vez dentro del bar, no pueden utilizar la voz para hablar, pero sí pueden hablar moviendo los labios, sin emitir sonido. Salvo en ciertos momentos (un actor sordo pasará por todas las mesas, tocándoles los hombros a la gente, como señal) en que deben gritar todos al mismo tiempo.

Entrada:

Al llegar al local, una anfritiona le indicará a los invitados, con un murmullo ininteligible, y moviendo la cara a la vez que se toquetea el cabello, qué mesa les corresponde. Frente a la pregunta típica, ¿qué? (cada vez que una persona diga "¿qué?", ganará puntos para ser elegido el invitado de la noche), la anfritiona repetirá las mismas palabras en el mismo tono de voz y realizando los mismos movimientos que impidan ver su boca. Cuando el invitado se canse de preguntar y se dé cuenta de que, de cualquier manera no comprenderá a qué mesa lo están enviando, un empleado sordo se acercará para proponerle el primer "conflicto" de la noche: ¿cómo llegar a su mesa?

Opción uno: el invitado se queda largo rato parado en un rincón, haciendo "como que" aún no desea sentarse, y cuando todas las mesas están ocupadas, ocupa el lugar vacío que quede que, por ende, era el suyo. Beneficio: se sienta sin parecer un boludo. Complejo: se pierde la entrada.

Opción dos: el invitado busca un tutor normoyente (un empleado "no sordo") que vuelva a hacer la pregunta por él a la anfritiona, y lo escolta a su lugar. Beneficio: se sienta rápido. Complejo: pasa a depender del normoyente el resto de la velada.

Opción tres: se sienta en cualquier lugar vacío, so riesgo de que le digan que se equivocó y lo envíen a otra mesa mientras todos se burlan de él. Beneficio: queda como un pelotudo. Complejo: queda como un pelotudo.

Primer plato:

Se sirve la comida en total y absoluto silencio. Los mozos sordos ofrecen la descripción del plato modulando con exageración, sin voz. Si un invitado se pone cargoso, los mozos podrán: hacerle dibujos de los ingredientes del plato, hablarle como a un niño de dos años con déficit de atención, llamar a los padres para que le expliquen, enviarlo a un psicólogo.

Cuando el invitado comienza a comer, acostumbrados a la paz del lugar, el lugar se inunda de sonidos que van creciendo en volumen. Son cientos, miles de diferentes ruidos superpuestos, a los que llamaremos: grillos, campanitas, mosca, mosquito, tubo fluorescente, mata moscas eléctrico de parrilla al borde a de la ruta, ducha. Sí, es la hora. Porque cuando se apagan los sonidos... se encienden los acúfenos.

Como una conocida tortura china, los ruidos lo taparán todo, se colarán en los cerebros de los invitados, les harán perder el gusto a la comida, les silenciarán sus propios pensamientos, los llevarán al borde del suicidio o del asesinato por demencia.

Segundo plato:

Al tiempo que se sirve el segundo plato, pasa el sordo tocando los hombros de los invitados, y todos deben hablar gritando y al mismo tiempo, provocando que nadie se entienda con nadie. Éste es el momento en que la orquesta sorda toca "A mí manera", al tiempo que un coro acompaña la letra cantando y en lengua de señas, porque se trata de un bar bilingüe. Todos desentonan monstruosamente. (En caso de que algún invitado pueda aislar la música del ruido ambiente y pregunte por qué corno tiene que ser desafinada, se le explicará que las personas sordas difícilmente diferenciamos un do de un mi sostenido, y en realidad cualquier cosa cantada nos parece que suena bien, o todo nos parece que suena mal).

Postre:

Aquí es cuando un invitado seguramente se acercará al organizador para decirle:

-Pensé que iba a vivir un momento de paz absoluta, soñaba con un oasis de silencio total en el que mi mente fuera como un océano calmo, pero todo lo que he conseguido es un grado de nerviosismo, estrés e histeria tal, que creo que no volveré a dormir el resto de mi vida si no triplico mi dosis de Alplax. No logro entender lo que me ofrecen para comer, mi esposa me grita pero igual no la escucho, no puedo sacarme de la cabeza esas campanitas de mierda, y mi hijo dice que se quedó encerrado en el baño, pero como no podía emitir voz, no se animó a llamar a nadie.

El organizador, notablemente emocionado, responderá:

-Me hace tan pero tan feliz saber que está disfrutando de esta velada.

Como postre, se permitirá a la gente hablar, pero se unirán todas las mesas del lugar, ya que todos somos una gran familia y, para que todos se conozcan con todos, se sentará a cada esposo separado de su esposa, a cada amante en el sitio opuesto de su amada, y a cada amigo bien lejos del otro amigo. Luego se indicará, como juego, que cada persona sólo puede conversar con sus conocidos (que es en general lo que sucede en las reuniones reales y normales), y todos podrán disfrutar del esfuerzo terrible por hablar con alguien lejano, encima de todas las otras conversaciones, mientras la orquesta se dedica a descuartizar jazz, y emprenden su tarea los lavacopas sordos, que no se preocupan en absoluto por el ruido que hacen. Media hora más tarde, quien pueda reproducir qué conversó, ganará un CD del grupo sordo.

Café:

Por altavoces ubicados estratégicamente fuera de lugar, un sordo con sy típica voz gutural ofrecerá indicaciones de cómo salir del bar, a qué hora pasan los siguientes colectivos, dónde están guardados los abrigos, y regalará cenas a quiénes le entiendan.

Ya ven. La idea está. Ahora sólo hace falta que aparezcan los inversores, los sponsors, y nuestro Bar Sordo hará historia bajo el lema: "Somos muchos, por eso nunca nos entendemos".