19 junio 2008

REGLA DE 3


-Anote alumno: si una persona comienza a utilizar audífonos a los 15 años, y hoy tiene ruierhue, ¿cuántos audífonos ha utilizado en su vida, teniendo en cuenta que la vida útil de un audífono es de unos 5 años, pero que a veces hay que cambiarlos porque la audición cayó en picada o porque apareció uno mejor?
-Perdón señorita, ¿cuántos años dijo que tiene ahora?
-Jiurihjckeur.
-¿Cuántos?
-¡Treinta y nueve! ¡Tiene treinta y nueve! Cumple 40 este año. ¿¿¿Quedó claro?
-Sí señorita.
-¿Todos los audífonos fueron intrauriculares de oído izquierdo?
-¿Eso tiene algo que ver, alumno?
-No... yo digo nomás...
-Está bien, hubo uno más. El primero. Un Philips retroauricular.
-¿Y qué pasó con el Philips?
-La persona lo usó unas dos o tres veces y luego lo abrió.
-¿Cómo que lo abrió?
-Sí, con herramientas muy poco sofisticadas, lo partió por la mitad.
-O sea... una rabieta infantil.
-Bueno... no tan infantil... no se crea. Pero... ¿quiere usted hablar de matemáticas o de psicología?
-Era por saber seño, no se enoje.
-Lo único que puedo agregar sobre ese primer audífono que ya no existe, es que lo más importante de un audífono es que la persona acepte su uso y se adapte al mismo.
-Supongo que en ese caso no se adaptó ni lo aceptó.
-Supone usted muy bien.
-¿Los padres la retaron?
-¿Puede creer usted que ni lo recuerda? Como que ese asunto, ese primer audífono fue totalmente negado por la persona.
-Entonces hago la cuenta sobre los intrauriculares de OI. ¿Todos de la misma marca?
-No, de dos, pero siempre de la misma empresa.
-Ok... deme un momento...

13 junio 2008

ACCIDENTE

Uno espera que nunca pase, pero a veces sucede.
Eran las 9 de la mañana y me preparaba para salir. Sin embargo no era un día habitual. No sé por qué. Salí de mi departamento (quería ir a las librerías que rodean la Facultad de Letras a comprar unos libros difíciles de conseguir, sobre lingüística y comprensión lectora) y mientras esperaba el ascensor algo me hizo llevarme el índice de la mano izquierda al pabellón auditivo izquierdo.
No había nada.
Creo que por primera vez en los últimos diez años (desde que empecé a usarlo desde que me levanto hasta que me acuesto), estaba saliendo de casa y no me había puesto el audífono.
Volví a casa. Mis mañanas son cortas. Los niños salen de la escuela a las 12,15. Busqué el frasquito deshidratador que está en el cajón de mi mesa de luz, lo abrí . En la misma mano sostenía aún las llaves. No las solté. Tomé el audífono, y el resto sucedió como en cámara lenta. Se me patinó de las manos, intenté atajarlo, y me quedé quieta mirando cómo caía al piso, daba un pequeño rebote y se quedaba ahí. Tan solo. Tan perdido. Tan roto.
Lo levanté insultando.
A simple vista, la tapa del intrauricular se había despegado y si tiraba apenas de ella se veían todos los cablecitos y nano-partes. Como a un herido al que se le salen las tripas.
Mi marido me miró. Lo miré.
Me voy -le dije.
Él entendió.
Busqué el aparato anterior, le puse pila, llamé a mi mamá para que buscara a los niños, coloqué al moribundo en su pequeño ataúd, saqué el auto de la cochera y me dirigí al centro de emergencias -no al más cercano, al único.
Al llegar le dije a la fiel y amabilísima Susana, encargada del service:
-Un accidente. Sucede y tenés que salir corriendo.
Ella me contuvo.
-No es la primera vez que se me cae uno, en tantos años -agregué. Tenía necesidad de hablar. -Pero se rompía una vez de diez. Creo que los analógicos eran más fuertes, más robustos. En cambio, con este fue la primera vez y...
Susana dijo que sí, que era así. Los analógicos soportaban mejor los golpes. Luego me pidió que esperara, que lo llevaría a la sala de emergencias y me daría el parte médico.
Eran las diez de la mañana.
Unos minutos más tarde Susana dijo que podía salvarse. Que los médicos ya se estaban ocupando de él, aunque había otros pacientes en espera.
Me dijo que a las 12 pasara a retirarlo. Que parecía ser sólo la tapa.
Me fui a las librerías de Corrientes. Conseguí uno de los libros que buscaba.
Regresé a la hora pautada. Él parecía sentirse bien. Me pidieron que lo probara. Lo tomé con cuidado. Parecía ser el mismo de siempre.
Pregunté cuánto debía por la emergencia. No me cobraron nada. Dije unas palabras amables, seguro hice algún chiste, agradecí.
Regresé a casa con el alma en el cuerpo. Los niños estaban almorzando. Lo peor había pasado.
En el medio, perdí una pila nueva.

02 junio 2008

LOGOGENIA

Me inicio en el ejercicio de la logogenia, un método de desarrollo de la competencia lingüística para niños sordos, que estudié en Salta con la primera logogenista argentina, Dra. Patricia Salas.
La logogenia fue creada por la lingüista Bruna Radelli, utilizando como base la gramática generativa de Chomsky, y se practica desde hace aproximadamente diez años en varios países de Sudamérica, España, Portugal e Italia.

Un niño oyente vive dos años inmerso en su lengua antes de comenzar a hablarla. Y luego, y sin que nadie se lo haya enseñado, nos asombra con construcciones lingüísticas que nunca hemos pronunciado a su lado. Ha adquirido su lengua. Los niños sordos no siempre logran desarrollar esta capacidad biológica. La logogenia busca sustituir el estímulo oral por el estímulo visual, lo hablado por lo escrito, para exponer al niño a la lengua.
La logogenia no es un método de enseñanza.
No es un método de lectura.
No es un método de comunicación.
No importa si el niño se comunica en forma oral o por lengua de signos.
Lo que importa es que los niños sordos no logran alcanzar niveles adecuados de comprensión lectora. No entienden lo que leen (los libros de texto, las consignas escolares, el diario, un cuento, Internet), y por ello, no leen . A medida que crecen, esta situación produce fracaso académico, laboral, y la imposibilidad de continuar aprendiendo.

Los logogenistas trabajamos atendiendo a un alumno por vez, varias veces a la semana. Nuestra herramienta es el "par mínimo", oraciones que ponen de manifiesto un contraste gramatical.
Por ejemplo:
Dame un lápiz.
Dame ese lápiz.
Dame los lápices.
Dame muchos lápices.
"Para comprender la diferencia entre estas oraciones no es suficiente conocer el significado de las palabras que las componene, sino es necesario ver también la información sintáctica que contienen. Esta es la información no lexical que es transmitida por medio de la estructura de la oración misma". (Bruna Radelli).

Pues bien, seré la primera logogenista de Buenos Aires, lo cual implica dar a conocer una práctica o terapia nueva. Con gusto responderé a cualquier consulta que quieran hacerme.
Si conocen a algún niño que pueda beneficiarse con la logogenia, pueden enviarle mi mails a sus padres.
Si alguien desea estudiar logogenia, junto a la Dra. Salas (ambas poseemos el extraño honor de ser las únicas logogenistas hipoacúsicas) estamos planeando la posibilidad de dictar el diplomado en la ciudad de Buenos Aires el próximo año.

Verónica Sukaczer
verosuk68@yahoo.com.ar