28 marzo 2008

FELIZ FELIZ EN TU DÍA

Hoy se conmemora el Día Nacional de la Audición.
Hay gente que desde los ministerios hace esas cosas: decreta el día nacional de la flor, el día nacional de los talles XL, el día nacional de la alergia a los ácaros.
Pero lo que tiene de especial el día de hoy, es que recuerda la fecha en que el excelentísimo Doctor Tato padre, en el año 1938, realizó la primera cirugía para corregir una sordera.
¿Y qué tenía el paciente (a quien nadie recuerda)?
¡Otoesclerosis!
¡Sí niñas y pocos varones!
Hoy es nuestro día. No de los que tienen otitis a repetición, ni presbiacusia, ni otras sorderas congénitas. Hoy festejamos solamente los que tenemos otoesclerosis. Así que abran el champagne, cómprense algo, regálense una cena en Palermo Soho o las Cañitas, envíen algo para acá, que hoy es NUESTRO día.
¡Festejen su sordera con entusiasmo! Porque la gente que decretó el día lo va a hacer con evaluaciones audiológicas gratuitas y charlas y llamados de atención a quienes usan auriculares con la música a todo volumen, y esas cosas aburridas.

13 marzo 2008

LA PRIMERA PIEDRA

He escrito una vez que nosotros, los que no escuchamos bien, molestamos, incomodamos a los demás. Pero en realidad cualquier persona con algún tipo de problema de salud provoca en los demás situacionas incómodas. No voy a ser yo quien tire la primera piedra.
Me he sentido incómoda, por ejemplo, conversando con gente ciega, sin poder hacer contacto visual, que para mí es indispensable para comunicarme. Siendo una persona visual, que compensa oídos con ojos, una persona ciega es para mí un extremo imposible.
Me he sentido incómoda conversando con una persona en silla de ruedas, sin saber si debía sentarme para estar a su altura o quedarme parada.
Me he sentido incómoda frente a los abrazos o muestras de cariño efusivas de algunos chicos con discapacidades mentales. Teniendo en cuenta que no soy una persona que abrace a desconocidos, no sé cómo reaccionar en ese momento.
Me ha dolido la mandíbula luego de una larga conversación con una persona sorda que sólo se vale del recurso de la lectura labial para entender al otro.
Desde siempre me ha resultado incómodo estar junto a ancianos seniles, por no decir que tengo todo un rollo con la vejez.
Me impaciento cuando alguien no comprende lo que digo por falta de educación. Aunque tengo mucho más paciencia con aquellos que no pudieron acceder a la educación por falta de oportunidades que a los que sí, y son unos reverendos pelotudos.
Desde que fui madre, he perdido la paciencia hacia bebés y niños ajenos. Me molesta cuando viene peligrosamente hacia mí un niño embarrado en chocolate, y la madre mira hacia otro lado. ¡Yo a los míos los vigilaba! Y la vez que uno de ellos rompió tres termos en la pileta, pedí disculpas y los repuse. Así que en caso de que un bebé ajeno me rompa algo, espero de la madre que me compre ese artículo.

Dicho todo esto, con la mayor sinceridad y de corazón, no puedo hacer otra cosa que perdonar y comprender:
A mis compañeros de séptimo grado que durante el viaje de egresados me gritaban cosas cuando yo pasaba en bikini (espero que cosas buenas, tenía el cuerpito anoréxico de una niña de 12 años flaca y plana), y como yo no les respondía ni me daba vuelta, luego me gritaban sorda (esto último me lo contaban mis amigas).
A mi amiga que a los veintipico y luego de compartir salidas, viajes y secretos, me dijo muy suelta de cuerpo que le molestaba estar conmigo en lugares públicos porque sentía que debía hablarme fuerte y todos la escuchaban.
Al grupo de amigos del club con los que comparto asado desde hace unos tres años, que le comentaron a mi marido que "pongo cara de culo" pasadas las 22 horas y sólo en el quincho, pero que nunca jamás se acercaron a preguntarme qué me pasaba. En mi defensa tengo que decir que todos saben de mi hipoacusia y que el quincho es un lugar gigante con eco, que pasadas las 22 horas estoy realmente muy cansada, y que como somos entre ocho y doce a la mesa, no escucho a nadie y no puedo participar de las conversaciones. Que nunca puse mala cara adrede, pero que es obvio que de alguna manera mostré mi malestar por la situación, y que me ganó lo que se conoce como fatiga auditiva.

A todos ellos, yo os perdono.
Pueden seguir tirando piedras.