23 diciembre 2008

Inicio temporada 2009

¡¡¡Felices Fiestas 2009!!!

Se anunció en Olivos que este fin de año se quitarán dos signos de exclamación (uno de apertura y otro de cierre) del típico saludo de fin de año, para repartirlos entre los menos favorecidos quienes, debido a la crisis mundial y a la recesión, están sufriendo una marcada falta de entusiasmo. Como siempre, este ajuste perjudica a la clase media, que es la más acostumbrada a intercambiar mensajes de felicitación. Por eso:
¡¡Felices Fiestas 2009!!

En sintonía con los anuncios realizados por el futuro presidente de EE.UU, la Argentina decidió un salvataje a ciertas empresas bajo peligro de quiebra. Antes de fin de año se les entregarán las mayúsculas recaudadas entre los mensajes compartidos por la ciudadanía. Así que:

¡¡felices fiestas 2009!!

Último momento: un caso de corrupción complica las fiestas. Se descubrió que un conocido magnate, gurú de las finanzas y consejero de los más importantes empresarios del mundo, intercambió a su favor las ces por eses. Lo que a simple vista parecía un pequeño, pero molesto error de ortografía, resultó ser una impresionante estafa que ha producido un desajuste mundial en el lenguaje. Entonces:
¡¡felises fiestas 2009!!

Los jefes de las principales religiones del mundo han realizado un llamado a la humanidad: por respeto a quienes no lograrán pasar el año, se ruega no hacer alarde del nuevo dígito, ya que esto podría acarrear casos de depresión y otras neurosis. Muy bien:

¡¡felises fiestas 200...!!

Advierten que el ajuste es inevitable y se aconseja decir las cosas como son:

¡¡felises crisis 200...!!

Sin embargo, y porque cuando todo tiembla lo único que queda es aferrarse al humor, al amor, a la amistad, a la salud, al ahorro bajo el colchón, a lo que nos dá placer. Y porque cada momento es único e irrepetible y debe ser vivido a pleno sin más preocupaciones que dar lo mejor de uno mismo y hacer lo mejor por el otro, y porque derrochar deseos contagia felicidad...

¡¡¡¡¡FELICES FIESTAS, Y FELIZ AÑO 2009 Y FELIZ NAVIDAD Y FELIZ JANUCÁ Y FELIZ LO QUE SEA Y FELICES TODOS Y FELICES VACACIONES O FELIZ QUEDARSE EN CASA Y FELICES MOMENTOS Y FELICES PROYECTOSY FELICES FELICIDADES !!!!!
Verónica Sukaczer

11 diciembre 2008

NUNCA FUI BUENA EN MATEMÁTICA

Yo siempre pensé que cuando alguien decía "tengo una pérdida de 100 decibeles" o de 55, o de pongan lo que quieran, como algo redondo, en realidad no sabía de qué estaba hablando. Porque la audición se mide frecuencia por frecuencia, y en general las curvas audiométricas suben y bajan por el audiograma como la inflación en un país tercemundista.
Es más, muchos muchas veces hablan de "porcentaje" de sordera, lo cual a mí me suena a promesa macrista. Un invento.
Y cuando yo considero que algo no es así, en general tiendo a creer que tengo razón y que todos los demás están equivocados, que es en general lo que sucede.
Pero parece que esta vez no. No tenía razón. Y vengo a enterarme 34 años después de que se oficializó mi hipoacusia.
Parece que existe el número mágico y además hay una fórmula para averiguarlo, según estudié en "Sordera, comunicación y aprendizaje", de Edit. Masson:

"El grado de pérdida auditiva se calcula a partir de la media aritmética de la cantidad de decibeles (dB) necesarios para la audicion de los sonidos de cada una de las siguientes frecuencias conversacionales: 500, 1000 y 2000 Hz.
Así, por ejemplo, en el caso de la sordera reflejada en el audiograma de la figura 1-1 el cálculo de la pérdida media se realiza de la forma siguiente:

80dB (500 Hz)+90 dB (1000 Hz)+110 dB (2000 Hz)
_____________________________________
3 = 93,33 dB.

De allí se calcula el grado de pérdida auditiva:
Sordera leve, pérdida media de 20 a 40 dB.
Sordera moderada, pérdida entre 40 y 70 dB.
Sordera severa, pérdida entre 70 y 90 dB.
Sordera profunda, pérdida superior a 90 dB.

Y resulta que también hay sorderas profundas de primer, segundo, tercer y hasta cuarto grado, que tiene que ver con hasta dónde llegan los restos auditivos, pero esto ya me pareció muy complicado.

En fin, como el conocimiento hay que probarlo primero sobre uno mismo, certifico que mi pérdida auditiva, calculadora mediante es de:

OI: 88,33 dB.
OD: 98,33 dB.

Lo que en criollo significa "severa a profunda" o, el izquierdo todavía sirve de algo pero el derecho sirve sólo para sostener los tres aritos.

27 noviembre 2008

¿ME ENTIENDES CUANDO TE HABLO DE ESTA MANERA?

(Si fuera por mí, los títulos de todo lo que escribo serían "carverianos": "¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?"; "¿Puedes hacer el favor de callarte?". Hoy me dí el gusto. Dicho esto, vamos al post).

Hora del desayuno en sala de maestras, en escuela para chicos sordos en la que trabajo (ad-honorem, valga la aclaración) dos veces por semana dando clases de logogenia.
Mesa larga. Unas doce maestras. Conversaciones cruzadas. Yo intento seguir una de las charlas, en la que hablan de otra maestra que tiene problemas de salud, y no logra que le den la licencia que le corresponde.
Nada excesivamente interesante (no sé de quién hablan), ningún chisme jugoso. Escucho sin participar.
De pronto una de las maestras me pregunta (recuerden, estamos en un lugar donde todas son maestras de sordos):
-Vero, ¿podés seguir la conversación?
Por un segundo, me pongo en blanco.
Ok. Me han puesto en evidencia. Pero allí tengo absoluto permiso de ser hipoacúsica. No es para preocuparme. Estoy rodeada de profesionales. En otro lugar estaría temblando y poniéndome colorada y deseando que el suelo se abriera y yo cayera directo en China, en donde por lo menos tengo la excusa de no entender el idioma. Pero por otra parte... ¿estoy siguiendo la conversación? ¿Cuánto he entendido? El lugar es enorme. Somos muchas. Hay eco. Sin permiso de mi conciencia, se me escapa una verdad:
-A mí manera... -respondo.
Entonces la otra me explica rápidamente la situación: están hablando en realidad de dos maestras distintas. Una tiene depresión y consiguió la licencia sin problemas; la otra tiene cáncer, está haciendo quimioterapia y le dicen que no le corresponde la licencia.
¿Yo había entendido eso? No. No lo había entendido, señorita.
Había escuchado las palabras depresión, licencia, que no se la quieren dar, y eso lo junté, hice un paquetito y me armé una historia. Pero la palabra cáncer no la escuché. Tampoco me dí cuena de que hablaban de dos personas diferentes.
El grupo vuelve a retomar la conversación, pero mi mente ya partió por otro camino.

¿Cuántas veces me he "armado" la historia de la que se habla, a partir de las palabras que he podido pescar? Digamos que casi siempre. ¿Y cuántas veces
lo que yo creo haber escuchado coincide plenamente con la historia que se cuenta? No lo sé. Hasta ahora nunca nadie había pedido tiempo para hacerme partícipe de la conversación.
¿Cuántos malentendidos, cuánta desinformación, cuántos choques sociales puede haber causado este entender a medias creyendo que lo entendía todo mientras el otro suponía que había entendido? Posiblemente más de los que creo.

Así voy por la vida. Mi sistema auditivo es un colador por el cual algunos sonidos se quedan y otros se pierden irremediablemente. Y como es la comunicación lo que nos hace humanos, yo tomo las palabras que he logrado capturar, las proceso con el contexto, con lo que sé de la otra persona, con toda la información archivada en mi cerebro que puede estar relacionada, y luego me imprimo una conversación mental que puede, o no, coincidir con lo que se ha dicho.
Menuda tarea.

Y todo eso, creo yo, nos hace más inteligentes, más rápidos, más audaces, más creativos, más sagaces. Porque lo que para el otro es un solo estímulo auditivo, para nosotros es un conglomerado de conexiones sinápticas, un estallido de actividad cerebral.

Y todo eso, sin haber entendido nada.

22 noviembre 2008

¿PUEDEN HACER EL FAVOR DE BUSCARME?

Ahora soy parte de la feliz familia de Facebook, y quería armar un grupo titulado, como una amiga del blog dijo alguna vez: "sordo sí, pelotudo no". Como no sé sus nombres reales, ¿quieren hacer el favor de buscarme? Y de paso alguien puede ir ganando tiempo y armar el grupo. Y otro enviar las invitaciones... y después yo digo que fui el cerebro de toda la movida.

18 noviembre 2008

¡LO HICE! ¡LO HICE!

Cumpleaños de 40 (el mío no, el mío ya pasó). Salón. Números en vivo. Un mago con déficit de atención e hiperactividad.
¿A quién elige para uno de sus trucos, entre los cien invitados?
Sí. A mí. Y eso que me había arrinconado en el fondo y tenía el aspecto de antipática que me corresponde.
El tipo grita eufórico por haber elegido a su presa, y todos me miran.
Yo no sé qué me dice, pero no hace falta. Me señala y hace gestos, pero su boca está tapada por un micrófono y su voz es tan grave y rebota tanto en el lugar, que bien podría estar hablando de Obama o vendiendo droga, que para mí es lo mismo: no lo entiendo.
Tengo segundos para zafar del asunto antes de caer en el pozo profundo de la vergüenza eterna.
Primero pruebo decir que no con la cabeza, mientras mi marido me mira con algo de lástima.
No alcanza. El tipo se pone cargoso. Ya lo hizo con otra mujer que no quiso pasar a un truco. La tuvo de punto el resto de la noche.
Entonces busco paz mental, recito un mantra, respiro profundo y lo digo. Lo digo por primera vez en mi vida frente a tanta gente desconocida (porque del cumple sólo conocemos a la cumpleañera):
-No escucho.
Eso digo. Sencillo y directo. Nada de palabras grandilocuentes como hipoacusia o sordera. Al grano: no escucho. Hago incluso un gesto tímido, que en lengua de señas significa "sordo", pero de qué sirve, si nadie ahí habla lengua de señas (y yo tampoco).
El mago no entiende. Y todos siguen mirándome, y obviamente yo paso de estar bien maquillada a parecer que me bañé en rubor rojo furioso.
Algo anda mal, debe haberse dicho el tipo, porque se acerca a la cumpleañera y pregunta qué pasa, y le dicen. ¿Y entonces qué hace? Incluye el tema en su rutina. Dice algo así como que "puede pasar". ¿Y luego qué hace? ¿QUÉ HACE? Pide un aplauso. No sé por qué. No entendí ni me animé a preguntar.
Bueno, gracias.

Pero yo lo dije. LO DIJE.
Acá lo escribo, lo discuto, lo comento, lo explico, pero en la vida real... ah... la vida real es otra cosa.

Terminado el suplicio, perdón, el show, busco el baño.
Suerte la mía: me cruzo con el mago, que acomoda sus cosas. Me toca el hombro, y me dice, modulando como saben ustedes: "disculpame, no sabía, ¿está todo bien?".

¿Qué le puedo decir?
-No, estúpido, y tu show es de cuarta.
-Está todo bien, ¿cómo podrías saber?
-No es tu culpa. Tendrían que haber avisado a todos los invitados que hay en la sala una persona sorda.
-Está todo bien, y además acabo de recuperar la audición.
-Gracias por el aplauso, pero te juro que no hice ningún mérito para ser sorda, me salió solo.

No, no digo nada, sonrío estúpidamente y me voy al baño.

Pero lo dije, y esa fue mi pequeña hazaña.

04 noviembre 2008

EL BAR SORDO

El Centro Argentino de Teatro Ciego, está llevando a cabo una experiencia diferente, con su espectáculo "A ciegas con luz", a cargo de personas no videntes.
Se trata de un restaurante en donde se come y se escucha música en total oscuridad, y en el medio se ofrecen distintos estímulos auditivos u olfativos, como para que uno se crea un verdadero ciego, hasta la hora de la cuenta.
Más allá de mi característico humor irónico, no puedo menos que aplaudir la iniciativa y desearles mucho éxito. Obviamente, yo no iría ni aunque intentaran emborracharme con cinco botellitas de chocolate con licor.

Oscuridad y sordera nunca se han llevado bien. Oscuridad más sordera es igual a mucha más sordera.

Ahora bien, si hay un espectáculo ciego, ¿por qué no un bar sordo? Ya sé que hay obras de teatro en lengua de señas. Pero me refiero a otra experiencia. A un lugar en donde los normoyentes vivan una verdadera experiencia sorda, se pongan en nuestros zapatos y logren, por un momento, sentir como sentimos nosotros a diario. Y todo por la módica suma de aproximadamente $60 por persona, bebidas aparte.

Lo primero que llamaría la atención, al ingresar a nuestro Bar Sordo, es el exceso de iluminación. Mucha luz. Ningún rincón a oscuras. Nada de sombras. Nada de velitas románticas en medio de la mesa. Luz.
Enseguida se explicaría a los invitados que una vez dentro del bar, no pueden utilizar la voz para hablar, pero sí pueden hablar moviendo los labios, sin emitir sonido. Salvo en ciertos momentos (un actor sordo pasará por todas las mesas, tocándoles los hombros a la gente, como señal) en que deben gritar todos al mismo tiempo.

Entrada:

Al llegar al local, una anfritiona le indicará a los invitados, con un murmullo ininteligible, y moviendo la cara a la vez que se toquetea el cabello, qué mesa les corresponde. Frente a la pregunta típica, ¿qué? (cada vez que una persona diga "¿qué?", ganará puntos para ser elegido el invitado de la noche), la anfritiona repetirá las mismas palabras en el mismo tono de voz y realizando los mismos movimientos que impidan ver su boca. Cuando el invitado se canse de preguntar y se dé cuenta de que, de cualquier manera no comprenderá a qué mesa lo están enviando, un empleado sordo se acercará para proponerle el primer "conflicto" de la noche: ¿cómo llegar a su mesa?

Opción uno: el invitado se queda largo rato parado en un rincón, haciendo "como que" aún no desea sentarse, y cuando todas las mesas están ocupadas, ocupa el lugar vacío que quede que, por ende, era el suyo. Beneficio: se sienta sin parecer un boludo. Complejo: se pierde la entrada.

Opción dos: el invitado busca un tutor normoyente (un empleado "no sordo") que vuelva a hacer la pregunta por él a la anfritiona, y lo escolta a su lugar. Beneficio: se sienta rápido. Complejo: pasa a depender del normoyente el resto de la velada.

Opción tres: se sienta en cualquier lugar vacío, so riesgo de que le digan que se equivocó y lo envíen a otra mesa mientras todos se burlan de él. Beneficio: queda como un pelotudo. Complejo: queda como un pelotudo.

Primer plato:

Se sirve la comida en total y absoluto silencio. Los mozos sordos ofrecen la descripción del plato modulando con exageración, sin voz. Si un invitado se pone cargoso, los mozos podrán: hacerle dibujos de los ingredientes del plato, hablarle como a un niño de dos años con déficit de atención, llamar a los padres para que le expliquen, enviarlo a un psicólogo.

Cuando el invitado comienza a comer, acostumbrados a la paz del lugar, el lugar se inunda de sonidos que van creciendo en volumen. Son cientos, miles de diferentes ruidos superpuestos, a los que llamaremos: grillos, campanitas, mosca, mosquito, tubo fluorescente, mata moscas eléctrico de parrilla al borde a de la ruta, ducha. Sí, es la hora. Porque cuando se apagan los sonidos... se encienden los acúfenos.

Como una conocida tortura china, los ruidos lo taparán todo, se colarán en los cerebros de los invitados, les harán perder el gusto a la comida, les silenciarán sus propios pensamientos, los llevarán al borde del suicidio o del asesinato por demencia.

Segundo plato:

Al tiempo que se sirve el segundo plato, pasa el sordo tocando los hombros de los invitados, y todos deben hablar gritando y al mismo tiempo, provocando que nadie se entienda con nadie. Éste es el momento en que la orquesta sorda toca "A mí manera", al tiempo que un coro acompaña la letra cantando y en lengua de señas, porque se trata de un bar bilingüe. Todos desentonan monstruosamente. (En caso de que algún invitado pueda aislar la música del ruido ambiente y pregunte por qué corno tiene que ser desafinada, se le explicará que las personas sordas difícilmente diferenciamos un do de un mi sostenido, y en realidad cualquier cosa cantada nos parece que suena bien, o todo nos parece que suena mal).

Postre:

Aquí es cuando un invitado seguramente se acercará al organizador para decirle:

-Pensé que iba a vivir un momento de paz absoluta, soñaba con un oasis de silencio total en el que mi mente fuera como un océano calmo, pero todo lo que he conseguido es un grado de nerviosismo, estrés e histeria tal, que creo que no volveré a dormir el resto de mi vida si no triplico mi dosis de Alplax. No logro entender lo que me ofrecen para comer, mi esposa me grita pero igual no la escucho, no puedo sacarme de la cabeza esas campanitas de mierda, y mi hijo dice que se quedó encerrado en el baño, pero como no podía emitir voz, no se animó a llamar a nadie.

El organizador, notablemente emocionado, responderá:

-Me hace tan pero tan feliz saber que está disfrutando de esta velada.

Como postre, se permitirá a la gente hablar, pero se unirán todas las mesas del lugar, ya que todos somos una gran familia y, para que todos se conozcan con todos, se sentará a cada esposo separado de su esposa, a cada amante en el sitio opuesto de su amada, y a cada amigo bien lejos del otro amigo. Luego se indicará, como juego, que cada persona sólo puede conversar con sus conocidos (que es en general lo que sucede en las reuniones reales y normales), y todos podrán disfrutar del esfuerzo terrible por hablar con alguien lejano, encima de todas las otras conversaciones, mientras la orquesta se dedica a descuartizar jazz, y emprenden su tarea los lavacopas sordos, que no se preocupan en absoluto por el ruido que hacen. Media hora más tarde, quien pueda reproducir qué conversó, ganará un CD del grupo sordo.

Café:

Por altavoces ubicados estratégicamente fuera de lugar, un sordo con sy típica voz gutural ofrecerá indicaciones de cómo salir del bar, a qué hora pasan los siguientes colectivos, dónde están guardados los abrigos, y regalará cenas a quiénes le entiendan.

Ya ven. La idea está. Ahora sólo hace falta que aparezcan los inversores, los sponsors, y nuestro Bar Sordo hará historia bajo el lema: "Somos muchos, por eso nunca nos entendemos".


29 septiembre 2008

YO NUNCA ME ENTERO DE NADA

Típica conversación entre conocidas. Fin de semana en el club.
Ella: piripirií, estoy bien, ¿no?
(Ella dice algo que no entiendo, mientras se palpa el abdomen. Como es gordita, y me parece haber entendido lo de "estoy bien", asumo que está a dieta, pero como no puedo afirmarlo, mi respuesta es la siguiente):
Yo: -Sí... bien...
(Absolutamente impersonal e imprecisa. Puede estar bien ella, el tiempo o que se pague la deuda con París).
Ella, sin embargo, parece esperar algo más. Lo noto en su mirada. Se queda parada sin continuar el diálogo. Yo, agrego:
Yo: -Porque hasta ahora, con el frío y los pouloveres... no se notaba...
(Intento decirle que está bien, que se nota que está más flaca, y a la vez me disculpo por no haberlo notado antes).
De pronto aparece otra conocida a mi izquierda (mi lado "equipado" recuérdese, y dice y yo escucho claramente):
Otra: -para mí, va a ser una nena.

Yo me quedo un segundo en blanco. Sonrío como una tarada, y digo que tengo que ir a buscar a los chicos.

Dicho en criollo: huí de una situación que no pude manejar. Lo normal hubiera sido que felicitara a la embarazada. Pero la embarazada me estaba hablando como si yo ya tuviera que estar enterada. Y el no haberlo sabido me hizo sentir una reverenda pelotuda.
Seguramente quedé como una hija de puta. Y como no es la primera (ni la segunda, ni la quinta, ni la milésima) vez que me pasa algo así, me doy cuenta de que muchas otras veces debo haber quedado como una idiota o una hija de puta, y por eso me va como va en el tema de las relaciones sociales.
(Mal).

Ya lo sé: lo normal, lo inteligente, lo maduro, habría sido explicar toda la situación. Que no me había enterada. Felicitar a la futura mamá. Preguntarle cómo estaba. Explicarle además que le estaba respondiendo cualquier cosa, basándome en las pocas palabras fuera de contexto que había captado.
Pero, el hecho de que escriba este blog y haga públicos mis pesares otoescleróticos de ninguna manera significa que por fin haya llegado al momento de plenitud (normal, inteligente y maduro) en relación a mi hipoacusia.

El tema me mantuvo pensando el resto de la tarde, porque de verdad me sentí mal por no haberme enterado, por un lado, y por no haber podido manejar la situación, por el otro.
Porque me doy cuenta de que, a lo largo de mi vida, yo nunca me enteraba de nada.

Cuando era chica se planeaban maldades escolares, aparecían alumnos nuevos, se iban otros, se organizaban encuentros, se hacían alianzas contra unos o a favor de otros, se inventaban chismes, y yo nunca me enteraba.

En la adolescencia se hacían y deshacían noviazgos, se perdían virginidades, se descubría en conjunto la anatomía masculina, se hacían acuerdos sobre modas, se utilizaban de pronto palabras claves, se rompían amistades, se armaban rebeliones, y yo nunca me enteraba.

De grande se embarazan amigas, se separan otras, alguna se hace las lolas, los hijos tienen problemas, una se muda, otra estuvo internada, alguien cumplió años y no nos invitó, ponen un lugar de encuentro, y yo nunca me entero de nada.

Nunca, nada.

De chica creía que la vida estaba en contra mío, y que mis supuestas amigas no me contaba lo que pasaba justamente porque de amigas, sólo eran "supuestas".
Y así me sentía, apartada.

Incluso aprendí a vivir apartada. Durante los campamentos, en mi adolescencia, yo era la única que se iba a la noche a dormir a la carpa. Todos los demás pasaban las horas alrededor del fogón. Pero yo no. Me iba porque decía que estaba cansada. Y recién ahora descubro que era porque en la oscuridad, con audífono o sin audífono, no podía escuchar.

Recuerdo otra situación: un viaje en tren a Mar del Plata, con dos amigas. Yo tenía unos 20 años, y justo en los asientos de al lado viajaban un grupo de chicos de la misma edad. En el vagón, apagaron las luces y se encendió la conversación. Yo me hice la dormida.

Pero ahora... ahora trato de enfrentar la situación. Por ejemplo, durante los últimos tres años (ahora ya no) fui parte de un grupo social y compartí, por lo tanto, todas las actividades sociales que se organizaron. Y siempre estuve absolutamente atenta a todas las voces, comentarios y conversaciones a mi alcance. Hice el esfuerzo humano y sobrehumano por estar integrada y escuchar. Y sin embargo, no me enteré de cosas elementales como embarazos y cirugías estéticas. Asuntos que no se guardan entre amigas.
La única conclusión a la que puedo llegar es que esas cosas se dijeron, se dijeron en mi presencia, y yo no las escuché. Y como no escuché siquiera un indicio, una palabra que me llamara la atención, un sonido que pudiera decodificar, esa información sonora no existió para mí.
Es decir: no pude preguntar "¿quién está embarazada?", si nunca escuché la palabra embarazada.
Es como ponerle a un ciego, frente a los ojos, un objeto, y esperar que adivine qué es. Para él, allí no hay nada.

Estas situaciones repetidas repercuten negativamente (y muy negativamente) en la vida social de las personas hipoacúsicas. O por lo menos en mí.
Yo no sé si el otro me contó o no me contó. Si quiso o no que yo supiera algo.
El otro no sabe si yo lo sé y no me importa (a nadie le gusta estar embarazada y que el otro no se interese por su estado o le pregunte por lo menos cómo se siente), y es imposible que pueda entender que si contó algo delante mío, yo no lo escuché (no escuché nada).

El esfuerzo, por supuesto, debo ponerlo yo. Juro que en cuanto vuelva a encontrarme con la chica embarazada le contaré lo sucedido (que no sabía, que no le entendí, y que la felicito). Pero sé que volverá a suceder. Y
más de una vez.

A lo mejor un día alguno de mis hijos aparece con una novia de la que me había contado, y yo no me enteré.
O mi marido me confiesa una infidelidad y gracias a no escucharlo el matrimonio continúa sin problemas.
O me piden un texto para publicar y yo nunca lo entrego.

Una cosa es no entender algo y pedir que te repitan, y otra muy diferente es no enterarte nunca que no escuchaste. Es toda una aventura. Una montaña rusa emocional.

Y como no se puede ir por la vida con un grabador para desgrabar las conversaciones al llegar a casa y enterarnos si lo escuchamos todo (y además, ¿quién desgraba?) lo único que queda es asumir la situación, intentar enmendar cada pifiada y, de última bueno...

Una nunca se entera de nada.

01 septiembre 2008

PAUTAS PARA LA INTEGRACIÓN

En Logogenia, situaciones y comportamientos que los docentes deben tener en cuenta al tratar con alumnos hipoacúsicos.

QUE SE CUMPLA

SUBTÍTULOS PARA LOS PROGRAMAS DE TV
(Diario Clarín, 29 de agosto de 2008)

El Gobierno estableció que los canales de televisión abierta deberán subtitulos toda la programación, con un sistema que permita optar por esa variante a las personas con discapacidad auditiva. El titular del Comité Federal de Radiodifusión (COMFER), Gabriel Mariotto, dispuso que los programas grabados tendrán hasta tres meses para implementarlo, mientras que las emisiones en vivo podrán incorporarlo hasta en un año.

26 agosto 2008

CAUSA Y EFECTO

CAUSA
Escucho música. No es que esté escuchando música en este momento, sino que todavía puedo oír la música, en condiciones especiales.
Si la música suena en el ambiente, puedo llegar a reconocer el estilo de la melodía (si es lenta, si es clásica, si es rock) siempre y cuando las circunstancias (volúmen, lugar, etc) me lo permitan. O puedo escucharla como ruido molesto (que es lo que en general sucede) . O no escuchar nada en absoluto.
Pero si estoy en un sitio tranquilo, y me coloco auriculares, puedo disfrutar de la música que a mí me gusta, dependiendo de la potencia del aparato electrónico al que me enchufe. Por ejemplo, si es mi notebook, coloco el audífono en posición bobina telefónica, y encima los auriculares. Como es incómodo, me sirve para escuchar un par de canciones, nomás.
Pero resulta que ahora tengo un celular nuevo. No diré la marca porque yo no ando regalando publicidad, pero... ¡qué maravilla! Sólo hizo falta un par de retoques en la programación del volumen, para poder escuchar música sin audífono y con los auriculares chiquitos.
Mi música.
Yo me quedé en la década de los ´80. Me sigue gustando la música que, me doy cuenta, escuché de forma natural cuando oía mejor que ahora. Antes escuchaba la canción un par de veces y ya podía repetirla. Ahora sólo puedo reconocer la letra si la leo al tiempo que la escucho. Así no aprendo nuevas canciones.
Pero qué hermosa que es la música que me gusta.
Ahora, cuando tengo un momento libre, me enchufo al celular y me doy cuenta de todo lo que podría haber sido y no fue.
Por ejemplo, bailo mientras plancho o lavo los platos, mientras que en silencio me resulta la tarea más tediosa del mundo. Canto a grito pelado y doy recitales cuando estoy sola en casa (enchufada a la PC o al equipo de audio, el largo del cable de los auriculares limita mis movimientos).
Por ejemplo, si estoy deprimida, la música me levanta el ánimo. Si estoy feliz, me exalta. Si quiero relajarme, me tranquiliza. Si mi cabeza está saturada, la música la resetea.
Es decir, ¡qué fantástico que es poder escuchar música como si ésta estuviera en el aire! Escucharla porque está ahí. Sin esfuerzo.
Tal vez me ayudaría a escribir. Me pondría "en tono". (Eso no puedo hacerlo ni con el celular. Porque si escucho música, sólo escucho música. Mi cerebro está ocupado en decodificar las señales sonoras que le llegan a través de un sistema tan destruído, que no puede hacer otra cosa).
En todo eso me puso a pensar el nuevo celular. En cómo hubiera sido yo, en cómo serían las cosas, si la música fuera parte de mi vida.
Pero no fue. Así son las cosas, y no vale llorar sobre la leche derramada.

Y además...

EFECTO
En los últimes meses se me tapan los oídos. Como cuando estás en un avión. Abro la boca, bostezo, y se me destapan. Es molesto y encima pierdo -la poquísima- audición que me queda. He ido ya a dos otorrinos y ninguno le encontró una causa al asunto.
¿Algo cambió en los últimos dos meses? -me preguntaron.
Y yo no lo quería decir pero lo dije: -comencé a escuchar música con mi celular.
Y entonces dijeron las palabras que yo no quería escuchar pero oí: trauma acústico, fatiga auditiva.
No es definitivo. Es sólo una idea que a mí ya se me había ocurrido. Que sospechaba. Intuía.
Soy como el diabético que de pronto se atiborra de azúcar.
O el judío ortodoxo que descubre el jamón.
O la monja que quiere tener una familia.
O el ciego que como distingue luces, se dedica a mirar el sol.
He pecado. No hay música para mí. Así está escrito en donde quiera que esté escrito, y así debe ser.

Y sin embargo...

Un poco, sólo un poco. Lo que dure. Lo que pueda. Y lo que tenga que suceder... bueno, que suceda.

13 agosto 2008

LOGOGENIA.BLOGSPOT

Conocí a Patricia Salas. Descubrí la logogenia. Viajé a Salta. Comencé el diplomado. Viajé otra vez a Salta. Seguí estudiando. Me convertí en diplomada en logogenia. Tuve mi primera alumna. Trabajo en una escuela. Doy charlas. Recibo consultas. Oriento. El año que viene estaré dictando el diplomado bajo el mando de Salas. Y todo eso ahora será parte de...

27 julio 2008

NO FICCIONES DE TERROR PARA EL INVIERNO

Cuando pensaba que ya no sucedería, que la mente humana había evolucionado, que el exceso de información de esta era virtual había colonizado hasta los últimos rincones de la ignorancia... me vuelven a encontrar con las defensas bajas.

No ficción I
Banco Mayo, Flores. Retiro un número para un trámite y me doy cuenta de que este número no tiene nada que ver con el que aparece en la única pizarra electrónica del lugar. Me acerco a una empleada y pregunto:
-¿Dónde anuncian estos números?
La empleada, apenas salida de su etapa púber, me responde:
-Yo voy llamando.
-Ah -le digo- por favor fijate que tengo el 33 y voy a estar ahí, porque soy sorda.
La niña me mira. Sus ojos se agrandan por el pánico. Su barbilla se agita. Mira al joven a quien está atendiendo. Vuelve a mirarme a mí. Se nota que intenta pensar. Que en su cerebro se están produciendo conexiones dendítricas de las que no puede escapar. Entonces extiende sus manos y me mira.
-A-HO-RA- -grita abriendo tanto la boca que temo que se le rompa la mandíbula. Hace gestos con ambas manos que no comprendo. Mira los números pinchados que tiene a su lado y, con los dedos, hace un dos y un tres. Mira al joven otra vez y le pregunta: -¿cómo le digo? Vuelve a mirarme, se lleva las manos a la altura de la cara y vuelve a hacer un 2 y un 3 señalando los otros números.
Yo creo que a esta altura mi presión ya debe estar en 18-12. La gente me mira.
Con un tono de voz muy bajo y creo yo, tranquilizador, le digo:
-Mirame. Tranquilizate. ¿Ves que te estoy hablando normal? No soy estúpida, soy sorda nada más.
Ella deja caer sus manos y me mira con aire ofendido. Soy una bestia. Ella estaba haciendo esfuerzos sublimes por comunicarse conmigo y yo le lancé la incomunicación a la cara.
-Tengo el 33, ¿ves? -le digo- cuando toque avisame.
Me retiro. Ella le cuchichea algo al joven. Se le nota el agotamiento. Como no quiero que me llame con señales de humo, me quedo, desde el número 23 hasta el 33, parada al lado del sector. Por suerte me atiende otra empleada.

No ficción II
Ésta la provoqué yo. Con alevosía y premeditación. Pero sé que me comprenderán. Lo admito: a veces intento abusar del certificado de discapacidad. Es como un pequeño papelito que te ofrece cierto poder, y ya sabemos que el poder es adictivo.
Supermercado Coto sucursal 61 (enfrente de mi depto.) Resulta que cuando uno hace una compra con pedido de envío a domicilio (que te cobran) tiene que esperar, los días viernes, hasta 4 horas para recibirlo.
Y el problema es que yo no escucho el timbre. Por eso cuando alguien tiene que venir a mi casa, me dice a qué hora llegará o me avisa por el celu desde abajo. Esto es verdaderamente problemático (porque la gente de los services, por ejemplo, nunca viene a la hora que dice) pero por eso tengo instalado un sistema de luces. Si suena el timbre, la luz se prende si está apagada, y se apaga si está prendida (la del techo, la que ilumina el ambiente). Parece maravilloso pero no lo es tanto. Primero, el sistema se quema seguido y hay que cambiar un relé que no es fácil de conseguir, y puedo quedarme sin sistema hasta meses. Segundo, no está instalado en todas las habitaciones (por ejemplo, no está instalado en el baño ni en la pieza de los chicos). Tercero, si el lugar está muy iluminado (y vivo la dicha de tener un depto. increíblemente luminoso) no me doy cuenta de que la luz se prendió. O sea que mágico no es.
Además, no puedo estar 4 horas seguidas sin ir al baño, sin moverme por la casa, sin dormir una siesta si puedo hacerlo, con las persianas bajas, esperando el puto envío de Coto.
Entonces, como a mí se me ocurren seguido esas ideas geniales (y Coto ofrece ciertos servicios para personas con discapacidad, como la posibilidad de no hacer la cola en la caja si tenés una discapacidad muy pero muy visible, o la compañía de un empleado a la gente ciega), me acerco a la encargada de ese día, con mi certificado, a pedirle que por favor necesito recibir mi pedido como máximo en una hora, para que la tarde no sea un sufrimiento interminable. Y ella, con ese rictus de curso de márketing "cómo tratar al cliente sin escucho ni entenderlo" me dice que no. Que no y que no. Que no le importa. Que no hay excepciones. Y yo, que después de todo no estoy pidiendo algo tan horroroso, (y además vivo enfrente, no lo olviden) me sulfuro. Pongo mi voz de maestra ciruela, que es la peor voz que puedo poner, con ese tono bajo y didáctico útil para conversar con personas con menos de media neurona, y le hablo de comprensión y discriminación. Pero no. Ella dice que no. Una vez en la batalla, no puedo volver atrás. Mi suerte ya está echada. Le pido hablar con el gerente. Me lo niega. Le pido su nombre. No me lo dá, a pesar de que todas sus compañeras llevan un cartelito con sus datos (ella lo tiene debajo del abrigo). Como es muy jovencita, para darle una lección, le digo que la voy a denunciar al Inadi. Se asusta y se aleja cerrándose muy bien la campera para que yo no pueda descubrir quién es.
Por fin consigo al gerente. Le vienen hablando entre tres de la clienta loca del día. Cuando él llega, me hago la persona más amable del mundo. Tanto, que él termina diciéndome que lamentablemente no hay presupuesto para capacitar como corresponde a las chicas con abrigo, y dice que todo tiene solución. Yo le digo que claro, que si las chicas lo único que saben decir es "no se puede", no van a llegar muy lejos en la vida.

Digo yo, ¿llegará el día en que estas situaciones ya no se produzcan? ¿En que todos sepan tratar a todos según sus necesidades? No, ya lo sé. Hago preguntas estúpidas yo.

Hasta la próximo no ficción en la que perderé los estribos, o me pondré coloradísima, o me sentiré la persona más pelotuda del mundo, o me desquitaré con alguien, pero sobre todo, me sentiré muy pero muy sola.

13 julio 2008

ME LARGO


MOVIMIENTO ARGENTINO DE PSICOMOTRICIDAD Y PSICOPEDAGOGÍA.

TÍTULOS OFICIALES

CARRERAS TERCIARIAS: PSICOMOTRICIDAD
PSICOPEDAGOGÍA
ESTIMULACIÓN TEMPRANA

Estimados Colegas y profesionales de la educación y la salud:

Tenemos el agrado de invitarlos a la charla gratuita que se realizará en Mapp el martes 22 de julio a las 18.30 horas. La misma tratará en primer lugar sobre Logogenia, una manera totalmente innovadora de trabajar con niños sordos e hipoacúsicos, para lograr el desarrollo de su competencia lingüística. Luego se abordará el tema de la labor educativa con niños con déficit auditivo en el sistema educativo formal.

La disertante es Verónica Sukaczer, periodista, escritora y diplomada en Logogenia.

Es necesario anotarse con anticipación para reservar la vacante. Les pedimos que le den toda la difusión posible entre sus contactos.

Los esperamos!!! Muchas Gracias!!!

Para inscribirse pueden dirigirse a las siguientes direcciones de contacto:

· Teléfono: 4546 – 0848
· Dirección: Crisólogo Larralde 4934 – Saavedra –
· E-Mail: institutomapp@yahoo.com.ar

Horario de atención: Lunes a Viernes de 18.30 a 20.30 hs

11 julio 2008

MITOS Y REALIDADES

Mito: todos los sordos son iguales.
Contramito: No hay dos sordos iguales.
Verdad: la variabilidad intragrupo es mayor entre sordos que entre oyentes. La investigación sobre el desarrollo cognitivo-lingüístico del sordo ha mostrado una mayor dispersión de la tarea evaluada. Esta dispersión intragrupo aumenta en relación con el grado de sordera -leve, mediana, severa o profunda- el tipo de sordera -de percepción, de transmisión o mixta- y sobre todo el momento de la intervención logopédica. Teniendo en cuenta estas cuatro variables, la sordera que más compromete al desarrollo cognitivo-lingüístico, teóricamente, es la sordera neurosensorial bilateral prelocutiva. Sin embargo, la variable más importante para el propósito logopédico, aunque parezca sorprendente, es el tiempo transcurrido entre la detección y la intervención.

Mito: La sordera es el déficit más benigno entre los déficits sensoriales.
Contramito: La sordera es el déficil más terrible.
Verdad: Si bien es un déficit que puede dar con la ruina cognitiva de quien lo padece, hoy hay medios para paliar el fracaso, a condición de que sean usados durante los primeros meses de vida, cuando la plasticidad cortical es mayor. La sordera exige mayor esfuerzo rehabilitador, conlleva incertidumbre en la consecución de objetivos y deja más truncado el desarrollo cognitivo-lingüístico del sujeto que las demás deficiencias sensoriales o motóricas a las que cabe compararla, como son la ceguera y la parálisis cerebra. En una sociedad que sobrevalora los parámetros estéticos y de autonomía personal, la sordera es el déficit menos temibles en círculos no profesionales. Pero cuando se analizan las restricciones que impone al desarrollo cognitivo-lingüístico, a las experiencias del mundo y a la desigualdad de oportunidades socio-laborales del sordo frente al oyente, entonces no es exagerado afirmar que es la deficiencia que más compromete el desarrollo integral de la persona.

Mito: La integración del niño sordo es fácil.
Contramito: La integración del sordo en la escuela normal es tarea imposible.
Verdad: La escolarización del sordo en la escuela normal no es fácil pero es posible cuando ha precedido una buena y temprana intervención logopédica y en el aula están disponibles las ayudas técnicas necesarias. La integración escolar del sordo sólo se da cuando ha desarrollado un nivel lingüístico (oral y escrito) que le permite comunicarse con sus compañeros y aprender de forma autónoma. La integración es un concepto plurivalente que oculta una idea difícil de lograr. Este contramito se ha robustecido entre los educadores después de quince años de la experiencia integradora puesta en marcha por (...) pues los resultados no han estado a la altura de las expectativas.

Mito: El sordo es un hábil y ávido lector.
Contramito: Las personas sordas rechazan la lectura, por pertenecer al mundo de los oyentes.
Verdad: El nivel lector de las personas sordas es la asignatura pendiente del sistema educativo/reeducativo, pero no se justifica científicamente que así tenga que seguir siendo. La verdad es que los sordos no suelen leer, porque no llegan a ser buenos lectores y, viceversa, leen muy poco y por eso también entienden poco lo que leen. El lector cultu aprende el 50% de su vocabulario receptivo (entre 60.000 y 80.000 palabras) a través de la lectura y a una tasa media de 13 palabras/día hasta los 20 años. Esta es una meta razonable, que con una buena política sanitaria y educativa podría conseguirse. Esta tragedia innecesaria, por cuanto está generalizada, podría solucionarse si a edad temprana se llevara a cabo un buen proyecto de intervención que contemplara el desarrollo tanto de las variables específicas de la lectura -conciencia fonológica y acceso léxico- como de las no específicas -memoria, lenguaje oral y conocimiento enciclopédico- entre otras.

Mito: El sordo desarrolla la habilidad de leer el habla completa en los labios.
Contramito: La lectura labial no sirve para nada por sus muchas ambigüedades.
Verdad: La lectura labial es una vía limitada para la percepción del habla, pero puede ser mejorada mediante sistemas de apoyo, resolviendo en todo o en parte la percepción visual del habla y con ello muchos de los problemas de la persona sorda. No sólo las personas ajenas a la educación del sordo, sino también entre los mismos profesionales es común la creencia de que el sordo es siempre un buen labiolector. La realidad es que sólo se puede leer en los labios, y con dificultad, el lenguaje oral previamente conocido, de ahí que el oyente es o puede ser mejor labiolector que el sordo en la medida en que conoce más lenguaje oral en todos los niveles de análisis: lexical, morfosintáctico, semántico y pragmático. Esta paradoja se explica si se tiene en cuenta que la lectura labial es un proceso de reconocimiento de patrones orofaciales de palabras y frases familiares, más que la identificación de sonidos, sílabas e incluso palabras aisladas. En los labios sólo se puede percibir lo que previamente se conoce. A la vista se hace visible alrededor del 35% del habla.

Mito: El habla se percibe únicamente por el oído, de ahí que los sordos no hablen.
Contramito: La vista y el tacto contribuyen eficazmente a la percepción del habla.
Verdad: Una creencia muy generalizada es que de nada sirve hablarle al sordo, puesto que no oye. Se hace una asociación directa y primitiva entre sordera y mutismo, de ahí el vocablo sordomudo con el que se ha etiquetado a la persona sorda durante siglos. (...)

Mito: Sordos y oyentes funcional igual a nivel cognitivo.
Contramito: Sordos y oyentes tienen distintos estilos cognitivos.
Verdad: "La opinión segun la cual el sordo, excepción hecha de su sordera, es exactamente igual que cualquier otro alumno, no parece el punto de partida adecuado para el progreso de los estudios sobre psicología de la sordera". Esta idea, expresada por Myklebust hace tres décadas se ve hoy reforzada por recientes investigaciones. A nivel de competencia podría no haber diferencias, pero a nivel de actuación es evidente que las hay. La realidad es que los sordos, cuando han sido comparados con los oyentes, no han salido bien parados, como muestran las abundantes investigaciones sobre la inteligencia y los procesos cognitivos de los sordos realizadas en la primera mitad del siglo XX. (...) Actualmente se admiten diferencias cognitivas, principalmente a nivel de rendimiento, entre sordos y oyentes, más o menos marcadas, dependiendo de los programas de intervención seguidos.

Extraído de "Deficiencia auditiva, guía para profesionales y padres", de S.Torres Monreal, R.Urquiza de la Rosa y R.Santana Hernández. Ediciones Aljibe, España.

19 junio 2008

REGLA DE 3


-Anote alumno: si una persona comienza a utilizar audífonos a los 15 años, y hoy tiene ruierhue, ¿cuántos audífonos ha utilizado en su vida, teniendo en cuenta que la vida útil de un audífono es de unos 5 años, pero que a veces hay que cambiarlos porque la audición cayó en picada o porque apareció uno mejor?
-Perdón señorita, ¿cuántos años dijo que tiene ahora?
-Jiurihjckeur.
-¿Cuántos?
-¡Treinta y nueve! ¡Tiene treinta y nueve! Cumple 40 este año. ¿¿¿Quedó claro?
-Sí señorita.
-¿Todos los audífonos fueron intrauriculares de oído izquierdo?
-¿Eso tiene algo que ver, alumno?
-No... yo digo nomás...
-Está bien, hubo uno más. El primero. Un Philips retroauricular.
-¿Y qué pasó con el Philips?
-La persona lo usó unas dos o tres veces y luego lo abrió.
-¿Cómo que lo abrió?
-Sí, con herramientas muy poco sofisticadas, lo partió por la mitad.
-O sea... una rabieta infantil.
-Bueno... no tan infantil... no se crea. Pero... ¿quiere usted hablar de matemáticas o de psicología?
-Era por saber seño, no se enoje.
-Lo único que puedo agregar sobre ese primer audífono que ya no existe, es que lo más importante de un audífono es que la persona acepte su uso y se adapte al mismo.
-Supongo que en ese caso no se adaptó ni lo aceptó.
-Supone usted muy bien.
-¿Los padres la retaron?
-¿Puede creer usted que ni lo recuerda? Como que ese asunto, ese primer audífono fue totalmente negado por la persona.
-Entonces hago la cuenta sobre los intrauriculares de OI. ¿Todos de la misma marca?
-No, de dos, pero siempre de la misma empresa.
-Ok... deme un momento...

13 junio 2008

ACCIDENTE

Uno espera que nunca pase, pero a veces sucede.
Eran las 9 de la mañana y me preparaba para salir. Sin embargo no era un día habitual. No sé por qué. Salí de mi departamento (quería ir a las librerías que rodean la Facultad de Letras a comprar unos libros difíciles de conseguir, sobre lingüística y comprensión lectora) y mientras esperaba el ascensor algo me hizo llevarme el índice de la mano izquierda al pabellón auditivo izquierdo.
No había nada.
Creo que por primera vez en los últimos diez años (desde que empecé a usarlo desde que me levanto hasta que me acuesto), estaba saliendo de casa y no me había puesto el audífono.
Volví a casa. Mis mañanas son cortas. Los niños salen de la escuela a las 12,15. Busqué el frasquito deshidratador que está en el cajón de mi mesa de luz, lo abrí . En la misma mano sostenía aún las llaves. No las solté. Tomé el audífono, y el resto sucedió como en cámara lenta. Se me patinó de las manos, intenté atajarlo, y me quedé quieta mirando cómo caía al piso, daba un pequeño rebote y se quedaba ahí. Tan solo. Tan perdido. Tan roto.
Lo levanté insultando.
A simple vista, la tapa del intrauricular se había despegado y si tiraba apenas de ella se veían todos los cablecitos y nano-partes. Como a un herido al que se le salen las tripas.
Mi marido me miró. Lo miré.
Me voy -le dije.
Él entendió.
Busqué el aparato anterior, le puse pila, llamé a mi mamá para que buscara a los niños, coloqué al moribundo en su pequeño ataúd, saqué el auto de la cochera y me dirigí al centro de emergencias -no al más cercano, al único.
Al llegar le dije a la fiel y amabilísima Susana, encargada del service:
-Un accidente. Sucede y tenés que salir corriendo.
Ella me contuvo.
-No es la primera vez que se me cae uno, en tantos años -agregué. Tenía necesidad de hablar. -Pero se rompía una vez de diez. Creo que los analógicos eran más fuertes, más robustos. En cambio, con este fue la primera vez y...
Susana dijo que sí, que era así. Los analógicos soportaban mejor los golpes. Luego me pidió que esperara, que lo llevaría a la sala de emergencias y me daría el parte médico.
Eran las diez de la mañana.
Unos minutos más tarde Susana dijo que podía salvarse. Que los médicos ya se estaban ocupando de él, aunque había otros pacientes en espera.
Me dijo que a las 12 pasara a retirarlo. Que parecía ser sólo la tapa.
Me fui a las librerías de Corrientes. Conseguí uno de los libros que buscaba.
Regresé a la hora pautada. Él parecía sentirse bien. Me pidieron que lo probara. Lo tomé con cuidado. Parecía ser el mismo de siempre.
Pregunté cuánto debía por la emergencia. No me cobraron nada. Dije unas palabras amables, seguro hice algún chiste, agradecí.
Regresé a casa con el alma en el cuerpo. Los niños estaban almorzando. Lo peor había pasado.
En el medio, perdí una pila nueva.

02 junio 2008

LOGOGENIA

Me inicio en el ejercicio de la logogenia, un método de desarrollo de la competencia lingüística para niños sordos, que estudié en Salta con la primera logogenista argentina, Dra. Patricia Salas.
La logogenia fue creada por la lingüista Bruna Radelli, utilizando como base la gramática generativa de Chomsky, y se practica desde hace aproximadamente diez años en varios países de Sudamérica, España, Portugal e Italia.

Un niño oyente vive dos años inmerso en su lengua antes de comenzar a hablarla. Y luego, y sin que nadie se lo haya enseñado, nos asombra con construcciones lingüísticas que nunca hemos pronunciado a su lado. Ha adquirido su lengua. Los niños sordos no siempre logran desarrollar esta capacidad biológica. La logogenia busca sustituir el estímulo oral por el estímulo visual, lo hablado por lo escrito, para exponer al niño a la lengua.
La logogenia no es un método de enseñanza.
No es un método de lectura.
No es un método de comunicación.
No importa si el niño se comunica en forma oral o por lengua de signos.
Lo que importa es que los niños sordos no logran alcanzar niveles adecuados de comprensión lectora. No entienden lo que leen (los libros de texto, las consignas escolares, el diario, un cuento, Internet), y por ello, no leen . A medida que crecen, esta situación produce fracaso académico, laboral, y la imposibilidad de continuar aprendiendo.

Los logogenistas trabajamos atendiendo a un alumno por vez, varias veces a la semana. Nuestra herramienta es el "par mínimo", oraciones que ponen de manifiesto un contraste gramatical.
Por ejemplo:
Dame un lápiz.
Dame ese lápiz.
Dame los lápices.
Dame muchos lápices.
"Para comprender la diferencia entre estas oraciones no es suficiente conocer el significado de las palabras que las componene, sino es necesario ver también la información sintáctica que contienen. Esta es la información no lexical que es transmitida por medio de la estructura de la oración misma". (Bruna Radelli).

Pues bien, seré la primera logogenista de Buenos Aires, lo cual implica dar a conocer una práctica o terapia nueva. Con gusto responderé a cualquier consulta que quieran hacerme.
Si conocen a algún niño que pueda beneficiarse con la logogenia, pueden enviarle mi mails a sus padres.
Si alguien desea estudiar logogenia, junto a la Dra. Salas (ambas poseemos el extraño honor de ser las únicas logogenistas hipoacúsicas) estamos planeando la posibilidad de dictar el diplomado en la ciudad de Buenos Aires el próximo año.

Verónica Sukaczer
verosuk68@yahoo.com.ar

27 mayo 2008

MIEDOS DE SORDOS

Que el audífono se quede sin pila en un momento en que "hay" que escuchar, y no tener otra encima.
Que el audífono se rompa en plenas vacaciones en un lugar apartado del mundo o en un viaje de negocios.
Que un hijo nos llame desde otra habitación, lastimado, y no lo escuchemos.
O tenga pesadillas y no podamos ir a despertarlo.
O se golpee o se desmaye o se caiga en la bañadera o cualquier otra cosa y no escuchemos el golpe.
O que se olvide la llave (adolescentes, esposo) y no escuchemos la puerta.
O nos putee o converse con sus amigos tapándose los labios, y nos dé una bronca espantosa.
O nos llame desesperado por teléfono y no lo entendamos y él/ella no logre calmarse.
Que la película que estamos esperando ver desde hace años, y que no se consigue en DVD ni puede bajarse de Internet, la den en la tele... doblada al español latino.
Que él (también hay versión ella) tenga un lomo impresionante, una mente brillante, una simpatía a prueba de todo... y una voz inaudible.
Entrar a la ducha con el audífono puesto.
Que nos asalten y no poder escuchar lo que nos dice el chorro, y ponerlo nervioso.
Que nos ataquen o nos asalten desde atrás, y no entender qué está sucediendo.
Que en un exámen, evaluación o reunión importantísima se presente alguien que no nos conoce, con unos bigotes gigantes que impiden verle la boca.
Que el audífono acople en el momento más inoportuno, y todos a nuestro alrededor busquen de dónde viene el sonido. Y nos miren.
Que en una reunión todos parezcan pasarlo excepcionalmente bien, y uno no pueda saber por qué.
Que alguien te envíe a leerlos los labios a otro, creyendo que el método es infalible.
Que te digan sordita, cariñosamente.
O nos pregunten si somos sordoMUDOS.
Que se corte la luz en un lugar desconocido y no puedas ubicarte por los sonidos.
Dejar el audífono dentro de una zapatilla, en la playa, para ir al mar, y que lo roben o lo pisen o lo llenen de arena (corolario: ¿dónde dejar el maldito audífono?).
Que en el espectáculo más caro y más interesante... no acepten el certificado de discapacidad.
Que nos traten como a idiotas.
Sentirnos idiotas.
Que aparezca un audífono mucho mejor, cuando recién logramos que la prepaga pague el nuevo.
Que el técnico de cualquier electrodoméstico no entienda que no podemos esperarlo de 8 a 14 porque no escuchamos el timbre. (y que de todos modos no venga a la hora pautada, y tengamos que quedarnos como unos pelotudos al lado del timbre para que vuelva a funcionar el lavarropas). Ídem entrega de supermercados.
No entender si él/ella nos está preguntando si queremos salir o nos está dejando.
Que nos pregunten cómo se dice algo en lengua de señas, como si formáramos parte de una comunidad exótica, y explicarle al otro que a pesar de nuestra sordera/hipoacusia somos como cualquier otra persona (lo mismo el que habla lengua de signos).
Que cierre la empresa en donde compramos los audífonos los últimos 20 años.
O la marca se vaya del país.
Ser hipoacúsicos.
Ser sordos.

12 mayo 2008

2x1

No se pueden quejar. Dos post un mismo día.
Sé que no estuve escribiendo mucho. Problemas en este lado del mundo. Y dentro de unos días regreso a Salta a continuar mis estudios de logogenia (sobre lo cual sigo prometiendo post y no cumplo).
Así que como no sé cuándo volveré a escribir, dejo el blog regado para un buen tiempo. Les dejo el rincón de los comentarios para que se despachen con lo que quieran.
Hasta prontito.
Gracias por todo.

UN AUDÍFONO QUE DA MIEDO

Nuevo audífono que no se acopla ni amplifica el ruido ambiente. Un nuevo modelo de audífono que acaba de ponerse a la venta en Estados Unidos está resultando un éxito, ya que no se acopla y amplifica menos el ruido ambiente, según informa el diario 'The Independent'.
Lyric es el nombre de este dispositivo, que es de menor tamaño que la mayoría de audífonos y se lleva en el conducto auditivo externo a unos milímetros del tímpano. Por ese motivo, mejora la calidad del sonido sin incrementar el ruido ambiente percibido y casi no se ve, por lo que resulta más estético.
Es adecuado para personas con una pérdida auditiva de ligera a moderada, y actualmente sus dimensiones se adaptan a la mitad de las personas con problemas de audición, pero sus diseñadores trabajan en un nuevo modelo que podrían utilizar un 85% de los usuarios.
El aparato puede llevarse las 24 horas durante 4 meses, que es la duración de sus baterías, e incluso dejarse puesto mientras se duerme o cuando se toma una ducha. Finalizado ese período se reemplaza por uno nuevo.
El audífono va recubierto de un material esponjoso con propiedades antibacterianas que reduce el roce con la piel, y como es transpirable, permite a la humedad evaporarse reduciendo el riesgo de infección.
Como cualquier otro dispositivo de este tipo, debe ser ajustado por un especialista, que puede programarlo dependiendo de las necesidades específicas del usuario, aunque este último puede regular su volumen y apagarlo cuando lo necesite. Ha sido diseñado por Robert Schindler, un profesor jubilado de la Universidad de California en San Francisco, y ha empezado a comercializarse en una docena de clínicas de los estados de California, Florida y Nueva Jersey, donde ha tenido muy buena acogida. Schindler, que ha tenido discapacidad auditiva la mayor parte de su vida, subraya que desde que utiliza Lyric es capaz de percibir sonidos que antes no podía distinguir.


Hasta ahí, maravilloso.
Me llegó la información sobre ese audífono, y no puedo dejar de compartirla con ustedes.
De todos modos todavía no me sirve. Es para pérdidas más leves que la mía. Pero no importa. Si la gente lo acepta, seguro continuarán las investigaciones y desarrollarán modelos más potentes.
¿Se imaginan no quitarse el audífono durante 4 meses, y luego simplemente tirarlo a la basura?
¡¡¡Dios mío!!!!
¿Qué tiene en la cabeza este Schindler?
Una hipoacusia de morondanga. Eso seguro. Gente semi oyente y pelotuda.
¿Es que este hombre no sabe que mi marido ronca?
Un domingo en que estrenaba mi audífono nuevo, y estaba en la habitación con mi marido, durmiendo la siesta, y mi hijo menor, de pronto comencé a escuchar un ruido extraño y verdaderamente desagradable. Miré hacia todos lados pero no pude encontrar su origen. Era como si alguien estuviera degollando a un cerdo, o por lo menos como yo imagino que debe sonar un cerdo cuando lo están degollando. Era aghhhhhhhh, profundo, ronco, y luego nada. Y otra vez. Pregunté a mi hijo menor: -¿qué es ese ruido?. Y él, como si nada, me respondió: -es papá.
Yo sabía que mi marido roncaba. Lo intuía cada vez que le ponía la mano sobre el pecho, cuando dormía, y sentía que allí no había pulmones sino un rallador. Por ese motivo, siempre agradecí no escucharlo. La magia de descubrir su ronquido vino de la mano del audífono nuevo, pero tampoco me preocupé demasiado: no duermo con audífono, y siempre puedo quitármelo.
Hay cantidad de veces en que me lo quito o lo apago. En el auto, en los viajes largos, cuando el ruido de la ruta, el motor, la radio y las voces que no entiendo me agobian. Cuando mis hijos se enganchan con el estribillo de una canción y lo repiten hasta el filicidio. Cuando en la calle el tránsito supera mi humanidad. Cuando necesito descansar.
¿¿¿En qué estaba pensando el tipo que creó un audífono que no se puede quitar??? ¿¿¿Cree que los sordos estamos esperando eso??? Yo no quiero escuchar MAS, quiero escuchar lo que escucho, pero MEJOR.
Sí, ya sé, dice que se puede apagar. Sé leer. Pero igual no me cierra. A veces NECESITO quitármelo. Sentir que corre el aire por mi conducto auditivo. Y además... no lo necesito en la ducha, ni cuando hago el amor, ni cuando estoy sola y pensando, ni cuando leo por las noches, ni cuando miro a mis hijos dormir, ni cuando me levanto para ir al baño, ni cuando me recuesto veinte minutos después de comer, ni cuando algún sonido es tan horroroso como el ronquido de mi marido y mi hipoacusia me otorga la ventaja de poder apagarlo.
No quiero un audífono para siempre y todo el tiempo. Soy hipoacúsica y me ha llevado la vida aprender a serlo. A veces me siento bien en mi silencio. Así que no, no me anoto para ese audífono.
Después no me digan que no avisé.

LO DIFERENTE EN LA TELEVISIÓN ARGENTINA

Verónica Sukaczer
Periodista y escritora

Cada vez que se produce alboroto por un tema relacionado con la discapacidad, yo lanzo las redes y pesco las opiniones, enfoques, denuncias, malentendidos, disculpas y acusaciones que se animan a salir a la superficie.
La pesca del día me dice cómo la sociedad reacciona frente a la discapacidad. Si hubo cambios. Apertura. Mayor integración o aceptación. O si se sigue ocultando, negando y discriminando aquello que se teme por ignorancia. Lo distinto.
Esta vez el ruido vino, cuándo no, de la televisión. Por un lado una persona ciega participando de un concurso de baile. Por el otro, un conductor criticando la situación y agitando las aguas.
Antes de continuar tengo que decir que yo no veo ninguno de esos programas. En realidad no miro ningún programa de la TV argentina, salvo algunos noticieros y cada tanto. Soy una exiliada de la televisión argentina. Una excluida.
No puedo disfrutar de nuestra televisión porque allí hablan en castellano sin subtítulos. Y yo no escucho bien. Voy por el mundo portando una hipoacusia neurosensorial bilateral severa a profunda. Y los pocos programas que tienen subtítulos ocultos no me interesan o se transmiten en mis horarios imposibles, o coinciden con alguna de las series norteamericanas y subtituladas que forman parte de mi menú televisivo.
Pero me entero de lo que sucede y me sumo a las controversias a través de los medios gráficos.
Pregunta: ¿qué tiene de malo que una persona ciega se una a los participantes videntes de un concurso de baile? Nada. No tiene nada de malo. Lo felicito. Al participante. Hay que tener coraje. Hay que estar muy seguro de sí mismo para hacerlo. En general las personas con discapacidad tendemos a ocultarnos, a quedarnos donde nos sentimos cómodos, a rodearnos de quienes nos aceptan.
El problema no está en esta persona ciega que quiere bailar y lo hace. El problema está en los ojos de los otros. En cómo lo ven, y qué es lo que quieren ver.
Yo lo he visto. Haciendo zapping me lo encontré bailando y por supuesto allí me quedé.
En primer lugar me resultó notorio que no posee la gracia, el ritmo ni el talento para ganar un concurso de baile de esas características.
Y por allí pasa la cuestión principal. Si no posee las cualidades para ganar la competencia, ni un nivel acorde al resto de los competidores, ¿para qué fue invitado a participar?
Es decir, podría perfectamente participar de un concurso de canto, de actuación, de música, de conocimientos. Pero justo baile… ¿Qué es lo que los productores de este programa están buscando, además del rating? ¿Producir lástima? ¿Compasión? ¿Morbo? ¿Dar la idea de que aceptan cualquier diferencia y no discriminan? A veces discriminar, en el buen sentido de la palabra, es necesario. Separamos a los malos de los buenos y a los que cantan afinado de los que no lo hacen. De la misma manera un productor sabe quién puede bailar frente a las cámaras y quién no logra mover su cuerpo con la mínima gracia.
Y para mí, este hombre, que es ciego, como también simpático y extrovertido, no baila muy bien. Y como no baila tan bien, mi atención enseguida se dispersó en los “detalles”. Que le dictan los pasos a través de un megáfono. Que lleva a su perro lazarillo al estudio. Que varias veces estuvo a punto de no encontrar la mano de su pareja.
Una lo mira y se maravilla. Vaya, qué excelente manejo del espacio tiene este hombre. Cómo debe haber repetido y vuelto a repetir las rutinas. Y así se sigue curioseando, y el morbo ya está instalado antes de darse cuenta.
Porque no vemos a un hombre bailando. Vemos a una persona ciega que intenta bailar. No podemos ni por un segundo obviar ese dato. Es ciego.
¡Vengan todos a ver cómo una persona ciega baila frente a las cámaras!
Por eso este hombre está en la televisión. Porque llama la atención haciendo algo que no es común que alguien como él haga. Y eso es lo que me parece incorrecto. No lo están aceptando. Lo están mostrando.
Hasta que la sociedad no sea capaz de ver al hombre, y su discapacidad nos resulte algo tan poco importante o llamativo como el número de su calzado, no habrá cambios. Habrá circo.
¿Quién me llamaría a mí para participar de un competencia de reconocimiento de melodías o voces? Sólo alguien que quiere ver cómo una persona sorda o hipoacúsica se las ingenia para estar a la par de los que sí pueden oír.
Ya me imagino las preguntas que recibiría: ¿lamento no escuchar la voz amada? Si me gritan al oído, ¿siento algo? Los sordos e hipoacúsicos ¿no contribuimos a la contaminación del planeta con la cantidad de pilas que usamos?. La melodía, ¿la reconozco por vibración o por memoria auditiva?
Allí no estaría yo. A nadie le importaría quién soy. Aparecería una persona que sólo por ser sorda o hipoacúsica se ganó el privilegio de participar en un programa de televisión.
Y eso no lo acepto.
Lo que me identifica no es mi falta de audición. Por lo menos no es lo único.
Creo que el otro periodista, el que agitó las aguas y desempolvó palabras peyorativas como “mogólico”, de alguna manera quiso decir lo que yo dije. Pero lo hizo mal. Se equivocó justamente por ignorancia, que es lo que prevalece cuando se habla sobre discapacidad.
Existe un trastorno genético llamado Síndrome de Down. Decir mogólico no sólo es insultante para ellos y para los mongoles, sino que es poner el énfasis en la diferencia, no en la persona.
Nadie es un idiota, a secas. En todo caso es una persona idiota.
Alguien que trabaja en los medios debería saber usar las palabras. Aunque no escuche TV argentina, sé que eso en general no sucede.
La discusión está abierta.
Y allí es donde rescato lo positivo. Si todos hablamos, seguramente alguien tendrá algo para decir, y otro tal vez escuchará algo que no escuchó (o lo leerá). Y otro aportará, aprenderá, compartirá.
Ojalá llegue el día en que el tema esté servido. Que la información sobre discapacidad sea algo al alcance de todos. Y que la persona con discapacidad pueda hacer lo que desee y como lo desee porque es una persona, no porque es alguien a quienes los demás consideran diferente.

24 abril 2008

SUPERYO

Cuando alguien habla de "capacidades diferentes" para no decir lisa y llanamente "discapacitado", yo siento que me robaron algo, que me estafaron. Que en el reparto genético me tendría que haber tocado la facultad de volar, o la superfuerza, o por lo menos la telepatía, ya que me tocó en suerte no contar con el oído.
Diferente es distinto, no incompleto o fallado.
La idea de que quienes no ven poseen el radar de un murciélago, y de que quienes no escuchamos dominamos el arte de la lectura labial a cinco metros en lugares oscuros o con luces psicodélicas es sólo un invento de los demás para mantener tranquilas sus conciencias.
En caso de que me suceda -se dicen- si alguna vez pierdo audición, igual voy a escuchar con los ojos, como dicen los sordos, así que el asunto no debería preocuparme demasiado.

Dicho esto, me gustó mucho, me resultó muy interesante el artículo escrito por un tal Franco Rinaldi , aparecido ayer en el diario Clarín.
Dice: "Toda equiparación será engañosa, con más o menos rating, si permanece ciega ante el hecho de que la discapacidad no es mera diferencia, a que es una desventaja de hecho frente a los que no tienen ninguna discapacidad".

El artículo viene a cuento por lo sucedido entre Tinelli/Pergolini. Para los que no viven en Argentina, resumo: en el asqueante (eso va por mi cuenta) programa de TV "Bailando por un sueño", que dirige Tinelli, está participando una persona ciega. Pergolini, el conductor de otro programa, salió a criticarlo y dijo algo así como por qué de una vez por todas el otro no ponía mogólicos a bailar. Para ganar rating, se entiende.
Las asociaciones de, sobre, para Síndrome de Down, pusieron el grito en el cielo, e hicieron denuncias de discriminación por el uso de la palabra mogólico, que nadie va a negar que suena peyorativa.

Yo también escribí sobre el tema. Un artículo que pensaba enviar a algún diario. Prefiero subirlo acá (lo haré en los próximos días), así que por un lado me conocerán en la faceta "seria" de periodista, y por el otro los animo a sumarse a la discusión.

16 abril 2008

ADIOS A UN AMIGO

Lo que más temía en la vida era la posibilidad de perder la TV. Es decir, nunca iba a dejar de tener un televisor. Nunca iba a dejar de poder ver los programas. Pero escucharlos... un día no iba a poder escucharlos. Lo sabía.
Tengo la suerte (o no, no sé) de que no fui muy conciente de mi pérdida auditiva. No puedo decir cuándo dejé de escuchar algo. Fue todo tan lento y gradual que de alguna manera fui adaptándome a los sucesos.

De chica miraba TV como todos los chicos de mi generación. Y como puedo recordar canciones de publicidades y diálogos, puedo suponer que entonces escuchaba (en casa sólo dicen que ponían el volumen fuerte).
Me acuerdo de la canción de un shampoo que vendian las Trillizas de Oro. "Soltate el pelo, soltate, soltate el pelo con Wellapon. Soltá el brillo, soltá la belleza..." Recuerdo por supuesto la de Dánica y su niña que saltaba a la soga. "Dánica dorada, Dánica dorada, era para untar..." Recuerdo la de las medias Ciudadela. "... con los zoquetes y con las medias Ciu-da-dela!".

Recuerdo diálogos enteros de La familia Ingalls. Los ruiditos que hacían los miembros biónicos de la mujer biónica. La música de la Mujer Maravilla. La canción de los dibujitos japoneses "Candy". "Si me buscas, tú a mí, me podrás encontrar... yo te espero aquí sí sí, este es mi lugar..." Miraba todo eso y miraba Jacinta Pichimahuida, y todas las telenovelas de Andrea del Boca ("mamá, ¿vive? chan chan channn..."). Miraba a Berugo Carámbula, a Balá, los autos locos, los supersónicos, Starsky y Hutch.

Pasaron los años y subía el volumen, y en mi casa molestaba.
Hubo un momento, sin embargo, en mi adolescencia, en que me dí cuenta de que no escuchaba pero que no importaba tanto. Es decir, miraba los programas, escuchaba el sonido, no entendía las voces, pero de todos modos seguía mirando y en general lograba seguir la historia.

Hasta que mi hermana mayor conoció a su novio técnico electrónico (con el cual, para mi pesar, no se casó). Uno de esos chicos que arreglan todo con un alambre, al estilo argentino.
Cuando todavía no existían los aparatos de TV con entrada para auriculares, él me "inventó" un aparatito que me permitía escuchar la tele, pero a la vez no impedía la salida del audio. Yo tenía mi propio control de volumen, y el resto de mi familia podía poner la tele como quisiera.
Así que yo me enchufaba a los auriculares (tenía que sentarme cerca de la tele y poner sobre una mesa el aparatito, pero no jodía demasiado a nadie) y de pronto recuperé los diálogos.

Me dí cuenta de que había estado mirando la tele sin escuchar.
De esa época recuerdo Nueve Lunas, más telenovelas, Son de Diez (que luego escribí yo, durante un año), Grande Pá, el programa de Tato Bores, Fax, etc, etc. El aparatito se rompía seguido y yo aprendí a usar un soldador y lo arreglaba por mi cuenta, porque el novio se fue y el que llegó en su lugar no sabía nada de electrónica y sí mucho de marroquinería, que a mí no me servía.

Con lo que gané escribiendo los guiones de "Son de Diez" me compré mi primer televisor. Mío. Propio. Para mi cuarto. Venía con entrada para auriculares así que archivé para siempre el aparatito soldado y vuelto a soldar y lo único que necesité fue un alargador para poder ver la tele desde mi cama.
Pero junto con esa tele y los auriculares con alargador llegó la tele por cable y las películas subtituladas, y yo fui libre. Libre de cables, de tener que estar tan atenta, de orejas apretadas por los auriculares.
No recuerdo cuáles fueron los últimos programas argentinos que ví.

Me casé y tuve hijos, y si me ponía los auriculares no los escuchaba llorar, así que archivé casi para siempre la TV argentina y me pasé a la ficción yanquee. Canal Sony, Warner, AXN, etc. Todo subtitulado.
Igual me compré auriculares inalámbricos pero... ¿cuándo los iba a usar? Para escuchar y entender lo que dicen en la tele, aunque sea en castellano bien porteño, tengo que estar atenta. ¿Cuánta atención puede prestar una madre de niños pequeños? Y si los niños están ya durmiendo, ¿cuánta fuerza creen que me queda hasta que caigo desmayada? No, la televisión en castellano fue víctima del olvido.

Me hubiera gustado ver Vulnerables y otros programas de ese estilo. Pero no pudo ser.
Además, la verdad es que incluso con auriculares ya no entiendo como antes. Escuchar sí, escucho las voces, pero no las entiendo. Y entre el cansancio cotidiano, y las obligaciones, y las responsabilidades, y todo lo demás, no tengo ganas ni pongo esfuerzo en tratar de entender o de seguir una trama.

Yo pensaba que iba a morir.
Que cuando perdiera del todo la TV, por lo menos nuestra TV, la vida tal como la conocía llegaría a su fin. Me ahogarían tsunamis depresivos. Me perdería de la realidad. Sería como esos enfermos mentales olvidados de todo y fuera del mundo. Una amnésica de la cultura televisiva.

¿De qué hablara con mis amigas? ¿Qué programa comentaría con la empleada de comercio o la vecina? ¿Cómo decirle al taxista que nunca ví Bailando por un sueño o Gran Hermano? ¿Que no reconozco a ninguno de los actores argentinos de menos de 30 años? ¿Que si escucho una canción no puedo decir si es de Patito Feo o de Sólo Ángeles?

Sería una expatriada de la cultura argentina. Una paria.
Para mi consuelo consumí dosis peligrosas de Friends, Mad about you, The nanny, Dr. House, ER, Grey´s anatomy, Lost, Heroes, Brother and sisters, Law and order, Everybody love´s Raimond, Malcom. ¡Hasta los noticieros de E!
¡¡¡Y yo no sé inglés!!!
¿Con quién voy a hablar de la última crisis de la jovencita Lohan o el último video de Paris Hilton? ¿Quién sabe del video del tipo de Baywatch comiendo una hamburguesa como un cerdo o de las crisis matrimoniales de cada carilindo de Hollywood?
Soy como un iraquí inocente en Guantánamo.
Una exiliada del exilio.
Miro la TV en mudo (sin sonido), y creo escuchar las voces, las risas y hasta la música de fondo.
Pero nada de eso pertenece a la TV que tendría que estar mirando.

Y no morí. Ni me suicidé. Ni me lancé con una TV atada al cuello al Riachuelo.
Es más.
No me importó.
Nada.
Porque descubrí que algún sistema psicológico propio de la discapacidad, me hace creer que lo que no escucho, no existe. Así de simple, de sencillo.
Alguien me puede comentar lo buena que es la música que está sonando en ese momento en un restaurante, pero como no la escucho no me interesa. No le pido a la persona que me anote la canción, ni prometo bajarla de Internet, ni me quedo con la curiosidad de conocer esa música. No. Lo que no escucho, no es.
Por lo menos para mí.
La TV argentina dejó de existir. Me importan tanto esos canales como los deportivos o el noticiero de la RAI. Son cosas que están pero no forman parte de mi mundo.

Es decir... no vivo sufriendo no ver el océano desde mi ventana porque tengo bien en claro que en Buenos Aires no hay océano y el río es una cosa marrón y olorosa que existe sólo para los pobres de La Boca o los ricos de Puerto Madero. Pero no para la clase media-baja de Flores.
No me preocupa no tener que afeitarme porque soy mujer y gracias a la naturaleza no tengo vellos indeseables.
De la misma manera, no me importa en absoluto no ver TV argentina porque no está a mi alcance auditivo.
Ya fue.

Es maravilloso lo que hace la psiquis. Cómo nos protege.
El otro día, sin ir más lejos, quise ver un capítulo de Mujeres asesinas porque prometía closed caption. Pero el closed caption... ay, esto es tema para otro post. ¡Qué flor de porquería! Todo aparece mal escrito, a destiempo, con unos horrores de ortografía que me producen arcadas. Empecé a mirarlo y nada me cerró. El closed caption en primerísimo lugar. Pero además... la imagen, los personajes, los actores, la trama... he perdido la capacidad de disfrutar del estilo argentino de nuestra televisión. Es otro idioma. Es como cuando queremos compartir con nuestros hijos una película de nuestra época (La novicia rebelde o Aventuras de una bruja) y ellos se aburren a los diez minutos porque en treinta años han cambiado los códigos y lenguajes cinematográficos.
Eso me pasa.
El lenguaje televisivo argentino me parece extranjero. Está allí, pero yo ya no soy parte de él. No sé leerlo ni decodificarlo.

Como decía Chandler, "no le digo adiós al amigo. Se lo dije cuando era triste, solitario y final".

Funde a negro.

FIN.

28 marzo 2008

FELIZ FELIZ EN TU DÍA

Hoy se conmemora el Día Nacional de la Audición.
Hay gente que desde los ministerios hace esas cosas: decreta el día nacional de la flor, el día nacional de los talles XL, el día nacional de la alergia a los ácaros.
Pero lo que tiene de especial el día de hoy, es que recuerda la fecha en que el excelentísimo Doctor Tato padre, en el año 1938, realizó la primera cirugía para corregir una sordera.
¿Y qué tenía el paciente (a quien nadie recuerda)?
¡Otoesclerosis!
¡Sí niñas y pocos varones!
Hoy es nuestro día. No de los que tienen otitis a repetición, ni presbiacusia, ni otras sorderas congénitas. Hoy festejamos solamente los que tenemos otoesclerosis. Así que abran el champagne, cómprense algo, regálense una cena en Palermo Soho o las Cañitas, envíen algo para acá, que hoy es NUESTRO día.
¡Festejen su sordera con entusiasmo! Porque la gente que decretó el día lo va a hacer con evaluaciones audiológicas gratuitas y charlas y llamados de atención a quienes usan auriculares con la música a todo volumen, y esas cosas aburridas.

13 marzo 2008

LA PRIMERA PIEDRA

He escrito una vez que nosotros, los que no escuchamos bien, molestamos, incomodamos a los demás. Pero en realidad cualquier persona con algún tipo de problema de salud provoca en los demás situacionas incómodas. No voy a ser yo quien tire la primera piedra.
Me he sentido incómoda, por ejemplo, conversando con gente ciega, sin poder hacer contacto visual, que para mí es indispensable para comunicarme. Siendo una persona visual, que compensa oídos con ojos, una persona ciega es para mí un extremo imposible.
Me he sentido incómoda conversando con una persona en silla de ruedas, sin saber si debía sentarme para estar a su altura o quedarme parada.
Me he sentido incómoda frente a los abrazos o muestras de cariño efusivas de algunos chicos con discapacidades mentales. Teniendo en cuenta que no soy una persona que abrace a desconocidos, no sé cómo reaccionar en ese momento.
Me ha dolido la mandíbula luego de una larga conversación con una persona sorda que sólo se vale del recurso de la lectura labial para entender al otro.
Desde siempre me ha resultado incómodo estar junto a ancianos seniles, por no decir que tengo todo un rollo con la vejez.
Me impaciento cuando alguien no comprende lo que digo por falta de educación. Aunque tengo mucho más paciencia con aquellos que no pudieron acceder a la educación por falta de oportunidades que a los que sí, y son unos reverendos pelotudos.
Desde que fui madre, he perdido la paciencia hacia bebés y niños ajenos. Me molesta cuando viene peligrosamente hacia mí un niño embarrado en chocolate, y la madre mira hacia otro lado. ¡Yo a los míos los vigilaba! Y la vez que uno de ellos rompió tres termos en la pileta, pedí disculpas y los repuse. Así que en caso de que un bebé ajeno me rompa algo, espero de la madre que me compre ese artículo.

Dicho todo esto, con la mayor sinceridad y de corazón, no puedo hacer otra cosa que perdonar y comprender:
A mis compañeros de séptimo grado que durante el viaje de egresados me gritaban cosas cuando yo pasaba en bikini (espero que cosas buenas, tenía el cuerpito anoréxico de una niña de 12 años flaca y plana), y como yo no les respondía ni me daba vuelta, luego me gritaban sorda (esto último me lo contaban mis amigas).
A mi amiga que a los veintipico y luego de compartir salidas, viajes y secretos, me dijo muy suelta de cuerpo que le molestaba estar conmigo en lugares públicos porque sentía que debía hablarme fuerte y todos la escuchaban.
Al grupo de amigos del club con los que comparto asado desde hace unos tres años, que le comentaron a mi marido que "pongo cara de culo" pasadas las 22 horas y sólo en el quincho, pero que nunca jamás se acercaron a preguntarme qué me pasaba. En mi defensa tengo que decir que todos saben de mi hipoacusia y que el quincho es un lugar gigante con eco, que pasadas las 22 horas estoy realmente muy cansada, y que como somos entre ocho y doce a la mesa, no escucho a nadie y no puedo participar de las conversaciones. Que nunca puse mala cara adrede, pero que es obvio que de alguna manera mostré mi malestar por la situación, y que me ganó lo que se conoce como fatiga auditiva.

A todos ellos, yo os perdono.
Pueden seguir tirando piedras.

25 febrero 2008

¿LO QUÉ?

En mis cortas y rutinarias vacaciones, fui una vez al cine con mi marido. La película: Sweeney Tood, de Tim Burton. El lugar: cines Hoyts en shopping Unicenter. El día: jueves día de los enamorados, por la noche.A pesar de que con audífono escucho a la perfección en los cines, decidí hacer uso del famoso botoncito para cambiar programas de mi aparato nuevo, yme entusiasmé con probar, por primera vez en mi vida, cómo corno se escucha con el aro magnético.El aro magnético es un aparato que se coloca en cines, teatros o sitios de conferencias, y que permite que el sonido llegue directamente al audífono (que debe contar con bobina telefónica), sin interferncias. Pintaba bien.Ya en la caja quise confirmar la información que tenía con la cajera:-¿La sala cuenta con aro magnético? -pregunté.La niña, veintipico de años y con suerte estudios secundarios, me miró con cara de asco:-¿Lo qué?-Aro magnético -repetí muy segura de mí misma y muy sonriente.-No sé... ¡che! -a una compañera- ¿tenemos aro...?-Magnético -le soplé yo.La compañera la miró como si en ese mismo momento y delante de todos los clientes le estuviera preguntando si era lesbiana y quería acostarse con ella.La otra no sabía.-Le tengo que preguntar al gerente -me dijo mi cajera.-Preguntale.El gerente no llegó, así que me enviaron en su búsqueda.Chico de camisa blanca y corbata negra, menos de treinta, seguro. Título secundario y algún curso de gerenciamiento, tal vez.-Hola -yo- quiero saber si cuentan con aro magnético.El chico dudó. Se le notaba el esfuerzo que hacía su mente en buscar la información. "Baño... salas... pochoclo... aro magnético..."-¿Eso para los sordos...? -dudó, mirando sobre el hombro de mi marido y del mío para encontrar a nuestro sordo.-Sí -le respondí.-Sí...-¿Tengo que sentarme en algún lugar en especial? (a veces el aro magnético posee una limitada capacidad de emisión, y por lo tanto hay que sentarse dentro de su área activa).-Sí... me parece... sí.Como todavía faltaba para la película pregunté si tenía que reservar mi lugar. Dijo que no, que llegara veinte minutos antes y le avisara al chico que recibe los boletos.-Me tenés que dejar el documento para que te den los auriculares.-El aro magnético no se usa con auriculares.Mi marido tradujo:-Él cree que no tenés audífono (porque no se me ve y como dice todo el mundo: hablo taaaan bien) y te va a dar auriculares que se conectan al aro magnético igual que la bobina telefónica.-Ah -respondí. -Bueno.Que me diera los auriculares así probaba todo.Llegada la hora de ingreso al cine, me acerqué al chico de los boletos sin hacer la cola (¡eso era lo que yo más quería, zafar de la cola!). Le expliqué que bla bla aro magnético bla bla gerente bla bla asiento especial.-¿Lo qué?Mi paciencia estaba al límite.-¿Sabés lo que es el aro magnético? -le pregunté.-No -dijo.-Ok, yo no voy a ser quien te lo explique.Nos hizo pasar y esperar a otra gerenta que, sin estar muy segura, nos llevó a la sala y nos sentó adelante y al medio. No me dio ningún auricular.Empezaron los comerciales y adelantos. Nada.Probé todos los botoncitos de mi audífono. Nada. Nada y nada.Caliente, salí del cine. Los empleados habían cambiado y le expliqué otra vez todo el tema a uno nuevo, que tampoco sabía lo que era un aro magnético. Me dijo que esperara. Le dije que no, que empezaba la película, que buscara al gerente y lo enviara.Vino el gerente. Me dio unos auriculares viejos. Nada. Con señas, le hablaba a quien estaba en la casilla de transmisión. Nada. Probé con mi audífono. Nada. Era obvio que no sabían cómo encender el aro magnético. Con los títulos me cansé y le dije que ya estaba. Asunto concluido. Se fue creyendo que el aro magnético al fin funcionaba.Todavía no sé cómo se escucha con aro magnético pero de todos modos no me perdí palabra ni canción de la película.Pero lo que enciende mis instintos sociópatas es que nadie, pero nadie, en todo el cine, tenía idea de qué miércoles era el aro magnético ni cómo funciona. Que en los cursitos de preparación que reciben esos chicos y en donde aprenden a cobrar una entrada de cine o cortar un boleto, nadie les habló del aro magnético, que con toda seguridad está instalado en esas salas.Porque el sordo es una cosa rara e invisible. Un engendro de la naturaleza que te pasa al lado sin que te des cuenta. A quien hasta podés tratar creyendo que es un ser humano normal.Estoy segura, estoy convencida, de que esto no sucede sólo en el Hoyts del shopping Unicenter. Y que ninguno de los i-rresponsables del lugar actuó como actuó por maldad, ni por falta de consideración, ni por discriminación. Lo hicieron por ignorancia.Y la ignorancia es, justamente, el mayor peligro.

24 enero 2008

UNA QUE SEPAMOS TODOS

Me tomo muy merecidas vacaciones en la maravillosa ciudad de Buenos Aires, puaj, es decir en casa, es decir que no me voy a ningún lado porque no tenemos plata, y les dejo este lindo ping-pong de preguntas y respuestas para la playa (la playa de ustedes, porque yo llego hasta la pileta del club nomás).

1- ¿PUEDO TENER HIJOS TENIENDO OTOESCLEROSIS?
Sí. El método que se utiliza desde siempre para tener hijos en nada incluye el oído (en caso de temor a dañarlo, se puede obviar la oreja durante el juego previo, aunque la situación tiende a ser placentera). Los médicos idiotas dicen que una mujer con otoesclerosis no debería tener hijos, porque existe el riesgo -real- de perder audición durante el embarazo o la lactancia. Nada, poca o mucha audición. Nadie podrá saberlo hasta que haya sucedido. Pero consejo de madre: hay tantas veces en que una agradece no escuchar...

2- ¿TIENE CURA LA OTOESCLEROSIS?
Si y no y más o menos. En muchos casos -el médico otorrino dirá- la otoesclerosis de oído medio, es decir, cuando afecta a los huesecillos, puede solucionarse o mejorarse a través de una cirugía que reemplaza el estribo por una prótesis. Hay que saber que la cirugía puede no funcionar y tiene sus riesgos, por lo tanto es necesario insistirle al médico para que brinde toda la información sobre la misma. En el caso de otoesclerosis de oído interno, cuando está afectada la cóclea, no existe cirugía ni cura posible. Los nervios no se regeneran, por lo tanto el nervio auditivo dañado no tiene marcha atrás (¡esa soy yo!).

3- ¿HAY REMEDIOS QUE CUREN LA OTOESCLEROSIS?
Desde hace años el único tratamiendo farmacológico que se conoce es el de fluoruro de sodio y lactato de calcio. Sin embargo, los médicos no están seguros de su efectividad, pero por las dudas, lo siguen recetando. Yo los tomé entre los doce y los veintitantos años. ¿Sería más sorda de no haber hecho el tratamiento? Chilosá.

4- ¿VOY A SEGUIR PERDIENDO AUDICIÓN?
Posiblemente. La hipoacusia producida por la otoesclerosis es progresiva. Pero son raros los casos en que llega a una sordera total. La hipoacusia puede ser conductiva (de oído medio) o neurosensorial (de oído medio).

5- ESCUCHO PERO NO ENTIENDO, ¿POR QUÉ?
Ah... la frutilla del postre. En las hipoacusias neurosensoriales (de oído interno) como la mía, uno tiende a escuchar con buen volumen algunas cosas, pero no logra decodificar ese sonido a menos que lea los labios de quien habla. ¿Por qué? Lo dejamos para otro post.

6- SI SIGO PERDIENDO AUDICIÓN, ¿QUÉ HAGO?
Las opciones son variadas: se puede llorar, quejarse, convertirse en un amargado, aprender a convivir con la hipoacusia, usar buenos audífonos, volver a llorar, escribir un blog sobre el tema, lucha por los derechos de las personas con discapacidad, hacer otra cosa para no pensar tanto en eso, iniciar una moda sobre no escuchar porque el otro nunca dice algo interesante, llorar un poco más.

7- ¿SON EFECTIVOS LOS AUDÍFONOS?
Sí, pero son feos. Y usan pilas, por lo cual no son ecológicos. Y carísimos, pero con el certificado de discapacidad la obra social o la prepaga los tiene que cubrir al 100%.

8- ¿CÓMO ELIJO MI AUDÍFONO?
Mi método personal siempre fue pelearme con las fonoaudiólogas de los institutos auditivos, pero no aconsejo esa forma de acción porque produce stress. Desde los quince años, y ahora tengo treintaycasiyasaben, me atiendo en el mismo lugar y tengo trato con la misma persona que ya me conoce. Pero mi consejo top es: confiar en uno mismo. No en la fonoaudióloga, no en los estudios auditivos, no en el médico, no en la madre. Probar los audífonos con tiempo, paciencia, en diferentes lugares, con diferentes ruidos, y adquirir sólo aquél con el que uno se sienta comodísimo. Aunque haya otro más potente, o más caro, o más barato, o con mayores prestaciones.

9- ¿CÓMO VOY A VIVIR CON OTOESCLEROSIS?
Mendieta diría: "mal, pero acostumbrao". Igual que ahora, pero escuchando menos.

10- ¿MI VIDA SERÁ NORMAL?
No, en absoluto. La vida está hecha para gente que escucha bien, ve bien, camina bien, piensa bien, se siente bien. Los otros tenemos que remarla.

11- ¿ALGÚN CONSEJO MÉDICO -AUNQUE NO SEAS MÉDICA- QUE PUEDAS DARNOS?
Aprender a vivir la otoesclerosis no como una enfermedad sino como una parte de nosotros mismos. ¡Qué frase! A las mujeres: saber que no pueden tomar anticonceptivos orales y consultar sobre cualquier medicamento que incluya hormonas.

12- ¿LOS HOMBRES TAMBIÉN PUEDEN TENER OTOESCLEROSIS?
Sí, pregúntenles a los hombres que frecuentan el blog, aunque la otoesclerosis es más frecuente en mujeres que en hombres. Ellos sacaron la figurita difícil.

13- ¿PUEDO PASARLES LA OTOESCLEROSIS A MIS HIJOS?
Sí, es posible. Pero a mí hasta ahora no me pasó. Y tengo la esperanza de que ya no suceda. La verdad es que yo preferiría que los míos hablaran menos, pero que escuchar... escuchen bien.

14- ME MOLESTAN LOS ACÚFENOS, ¿QUÉ PUEDO HACER?
Ver respuesta número 5. NO hay nada que cure los acúfenos (los silbidos y ruiditos que sentimos en los oídos, para los incultos) aunque muchos ofrezcan yuyos extraños, infusiones orientales, agujas indoloras y demás. Vale saber que los acúfenos molestan menos cuando estamos rodeados de otros sonidos, y aparecen en todo su esplendor al momento de dormir, cuando nos quitamos los audífonos y nos rodea el silencio. Jódanse. Armen una orquesta mental. Piensen en otra cosa. Hagan ejercicios de relajación. Yo qué sé.

15- TENGO OTOESCLEROSIS EN UN OÍDO, ¿PUEDE TOMARME LA ENFERMEDAD EL OTRO?
Sí, puede. En general la otoesclerosis se manifiesta en forma bilateral. Lo siento. ¿Cuándo? Nadie lo sabrá hasta que aparezca.

16- ¿CÓMO PUEDO MEJORAR MI CALIDAD DE VIDA?
Tener plata a veces ayuda. A mí no me salió (lo de tener plata). Rodearse de chiches tecnológicos: celular para mandar MSN, compu para chatear y enviar mails, TV con closed caption, buenos audífonos, ya lo dije, incluso audífonos con FM, auriculares inalámbricos para la tele o música, aprender a leer los labios, implante coclear el que quiera y pueda, y también sirve ser una buena persona, tener paciencia, ver el vaso medio lleno, todo lo otro bueno que tenemos en la vida, que hay gente que está peor, mantenerse activo, informado, y hacer donaciones a este blog. Esto último los ayudará a ustedes a sentirse bien, y a mí también. Y matamos dos pájaros de un tiro.

INFORMACIÓN DE ÚLTIMO MOMENTO:
Una lectora del blog me dice que su médico que le dijo que no se puede comparar los riesgos del embarazo/lactancia con los de la menopausia (como yo muchas veces lo he hecho) ya que durante el embarazo hay un aumento de actividad hormonal, y durante la menopausia una notable disminución. O sea que pasaremos calores pero no debemos preocuparnos por la audición.
¡Gracias Marina!

Hasta la próxima.
Cualquier pregunta que haya faltado y que quieran agregar, chiflen. O no chiflen, porque no los voy a escuchar. Y escriban. Y si tardo en responder es porque estoy en la pileta. O acá pero hace mucho calor y en donde escribo no tengo aire acondicionado.

Gracias a ustedes.

De nada.

12 enero 2008

MIEDO

A pesar de los años, la experiencia, y lo que he aprendido, hasta el día de hoy no he logrado superar el hecho de tener una discapacidad.
Así como los alcohólicos tienen su plan de doce pasos, los discapacitados tendríamos que tener algo similar para poder decir, al cumplir el paso 12, que por fin nos sentimos como el resto del mundo. Normales. Pero no. O no existe el plan, o existe pero no he sido capaz de cumplirlo. No he logrado desintoxicarme de la idea (no del hecho) de no escuchar. De que no soy como la naturaleza programó que fueran -casi- todos los seres humanos. Que por otra parte me otorgó, como un regalo maligno, una capacidad exagerada de darme cuenta a cada momento que me falta algo y que no lo puedo remediar.

Hasta el día de hoy le sigo pidiendo a mi marido o a mi mamá que hagan llamadas telefónicas por mí. Fue mi marido el que habló toda la semana con el electricista que está haciendo arreglos en mi casa y que debe convenir el horario conmigo, y es mi mamá la que llamó a una empleada doméstica, con la excusa de que yo trabajo y no estoy en casa, cuando en realidad trabajo pero en casa. Llamadas en las que puedo no escuchar y/o no entender y/o confundir una dirección, un número, una hora, un nombre, un dato. Y en las que por supuesto no estoy dispuesta a hacer un inventario de mis problemas auditivos.
Yo podría hacer esos llamados. Después de todo soy la que atiende el teléfono en casa y habla con los millones de vendedores de cualquier cosa, y les cuelga a los encuestadores. Y a veces digo equivocado a pesar de que preguntan por mí o mi esposo, porque no entiendo la voz, con la intención de que vuelvan a llamar y dejen un mensaje en el contestador.
Pero sin embargo, trato de no realizar llamados yo. Por el mismo motivo, cada vez me comunico menos con aquellos que no tienen e-mail o no reciben mensajes de texto en sus celulares. Es decir: me vuelco a una comunicación textual que entra por los ojos y voy abandonando la comunicación oral a distancia.
Y yo sé por qué.
Lo hago por miedo.
Mis años de psicoanálisis y autoanálisis y shopping (a veces calma mejor los nervios una cartera nueva que un psicólogo nuevo) me permiten comprender el por qué de mis acciones.
Tengo miedo.
Mie-do.
Llevo 33 años de hipoacúsica, desde leve hasta profunda. Escribo un blog con nombre y apellido, y la palabra hipoacusia y otoesclerosis, todo junto. Participo en conferencias. Y sin embargo, tengo miedo de hablar por teléfono con el electricista.
O de encontrarme con alguien que no conozco (y por lo tanto no sé cómo hablará). De esperar a alguien en mi casa y no escuchar el timbre, o de no ver la luz que se prende cuando suena el timbre porque estoy en el baño o entra demasiada luz solar, o estoy distraída. De participar en reuniones grupales. De volver a sitios en los que sé que -por ruido ambiente, por música de fondo- no escucho. De encontrarme con aquella persona que habla bajito, finito y no modula. De hacer trámites.
Tengo miedo de que a pesar de todo el esfuerzo que hago por superar mi hipoacusia, del fantástico y caro audífono que uso, de mi destreza para leer los labios o comprender algo extralingüísticamente, de mis títulos, estudios, premios, ocupaciones, en esas situaciones que describo arriba, me vuelva a sentir una pequeña y tonta y desvalida y pobre niña sorda.