26 junio 2007

OY VEI... LA MAH

Nunca subo dos post larguísimos seguidos, por respeto a ustedes, que ya bastante me acompañan y leen, pero esta vez hago una excepción.
Ayer fui a la Mutual Argentina de Hipoacúsicos, a pesar de ya haber elegido y comprado mi audífono, porque mi obra social me exige que uno de los tres presupuestos presentados sea de la MAH. Y como en el pasado, la atención fue tan deficiente, los profesionales tan ineptos, que no puedo no contarlo. Por supuesto habrá quién me diga que fue atendido espectacularmente bien en el lugar, pero creo que cuando ciertas situaciones se repiten en el tiempo, como en mi caso, es porque algo pasa.
El turno para selección de audífonos lo había pedido con un mes de anticipación. La Mutual no ofrece turnos más rápidos, lo cual ya habla de una mala administración de turnos, o de pocos profesionales. Tomé el turno porque no tenía otra opción. El problema fue que no pude hacerme en su momento la audiometría, y en el centro otorrino que me atiendo me dieron otro turno para el día miércoles, es decir para mañana, y no quería perder el turno de la MAH. El tema no me preocupó porque tengo una audiometría del año ´04 y mi audición no varió desde entonces. Uno sabe cuándo cambia su audición, y de todos modos la audiometría es simplemente otro instrumento a la hora de elegir un audífono, pero nunca el único valor.
Bien, a pesar de que la selección de audífonos es gratuita en la MAH, exigen una orden médica (como si yo no supiera que necesito un audífono nuevo) y una audiometría con una antigüedad máxima de tres meses (esto nunca me lo dijeron por teléfono, sino no hubiera perdido mi tiempo).
Al ingresar a la Mutual un guardia de seguridad te pregunta a dónde vas y te da el número correspondiente. Luego hay que esperar a que una de dos empleadas te llame desde su búnker. Nadie te saluda, nada de amabilidad, nada de calidez. Al ser llamada, la empleada rechazó mis papeles sin más. Me aseguró con cara de pocos amigos que "la audición cambia cada tres meses". Primera pregunta: ¿una empleada administrativa con, digamos, estudios secundarios completos, está capacitada para ofrecer información médica? ¿Es eso ético y legal? Yo le dije que lo que estaba diciendo era un disparate. Y le informé que ya venía de otras empresas de venta de audífonos donde me habían hecho una revisión de la audiometría, y que mi audición seguía tal como lo mostraba el audiograma. Que llevo muuuchos años en el tema y sé perfectamente que puedo seleccionar un audífono con esa audiometría. Hastiada de mí, me ofreció hablar con un médico. Tampoco el médico se emocionó con mis argumentos. Me dijo que ellos trabajan desde hace años con las mismas reglas y que no hay posibilidad de cambiarlas. O tengo una audiometría reciente, o no hay selección de audífono. A esta altura admito que mi presión estaba subiendo tanto como la incapacidad del lugar. El médico me informa además que ellos no son una empresa, por lo tanto no se manejan de la misma forma que las otras empresas que venden audífonos. ¡Mentira! Desde el momento en que venden audífonos y cobran por las prestaciones médicas, son una empresa. A su socios les cobran, y más allá de que en ciertas cosas como Mutual organizando charlas para el público (como tantas empresas) o donen aros magnéticos (como tantas empresas que donan cosas) eso no cambia que en parte sean una empresa. Para despacharme, el médico me dice que puedo solicitar un presupuesto estimativo, sin mi nombre, en el momento. Regreso con la chica poco simpática. Le doy la audiometría vieja y al rato regresa con un presupuesto de un audífono mucho más barato que el que yo compré. No me sirve, por supuesto. La ley dice que los presupuestos deben ser de audífonos de similar característica técnica. Vuelvo a acercarme, y pido por favor los datos técnicos del audífono. Ahora es otra chica, tan poco simpática como la primera. No te toman por calidez ni buena atención al público en la MAH. ¿Pagarán bien? La chica me dice que ellos no entregan folletería al público. Le digo que bien puede ser una copia de la información que sí tiene que tener la empresa, si es que de verdad venden esos audífonos. Hasta allí llega su paciencia o sus conocimientos, y me envía al ruedo con la jefa de audiología. La fonoaudióloga L.A. Y ahora sí, señoras y señores, entramos al reino del absurdo.
Pido amablemente la ficha técnica, ya que no sé qué audífono me presupuestaron, y necesito saber si tiene la misma tecnología y prestaciones que el que compré. Me dice que no puede darme información a menos que me haga la selección como corresponde. Le digo que tengo derecho de tener la información que le solicito. No es información confidencial. Caso contrario sería como comprar anteojos sin saber cuántas dioptrías tiene el lente.
Le digo que podría haberme hecho la selección con esa audiometría sin ningún inconveniente. Me dice que no, que las reglas y bla bla bla. Habla tanto la mujer que en un momento me caliento y le digo: "usted hace tantos años que trabaja con personas hipoacúsicas y sin embargo no aprendió a escuchar". He marcado el límite de mi terreno y presentado batalla. Le digo que yo uso audífonos desde antes de que ella fuera fonoaudióloga (es una mujer mayor, ahí puede que la haya pifiado), y que si algo sé, es que la audiometría es sólo parte de la información, pero que yo no soy una audiometría, que lo que importa es cómo yo me siento con el audífono. Ella dice que NO. Sí, dice NO. Que lo único que importa es la audiometría, y que sólo y únicamente con la audiometría se puede saber qué audífono sirve. Sí señores, en la Mutual Argentina de Hipoacúsicos uno es una audiometría. Por eso nadie te saluda, ni se presenta, ni te da la mano, ni te pregunta cómo estás. Porque la relación amistosa es con la audiometría. Nosotros somos simplemente portadores de audiometrías. No personas. Nosotros NO sabemos qué audífono es mejor para nosotros mismos. Ellos sí. Nosotros NO sabemos cómo escuchamos. Ellos sí. Nosotros somos idiotas. Ellos también.
Ella dice algo. Yo la interrumpo. Me dice que ahora soy yo la que no sabe escuchar. Touché. Las cosas parecen irse de control. Yo quiero huír. Estoy en algo así como el lugar para hipoacúsicos de una dimensión desconocida. El lugar más conocido para hipoacúsicos, supuestamente creado por hipoacúsicos, en donde el hipoacúsico no es nadie. El lugar con los audífonos más baratos y la peor atención.
Cambio de tema, le digo que siempre que fui a la MAH, y he ido varias veces en tantos años, la atención fue pésima, despersonalizada. Ella me dice que eso sucede porque tienen demasiados pacientes, justamente porque son tan buenos. A mí se me ocurre, a la velocidad de la luz, una respuesta irónica: "¿eso quiere decir que si yo tuviera muchos hijos estaría bien que los tratara mal?". ¿No estuvo bueno? La conversación no da para mucho más. Ya sabemos que no nos comprenderemos. Ellos están de un lado y yo del otro, como los palestinos con los israelíes. Ella se pone profesional de pronto. Dice que si regreso con la audiometría correcta (que será idéntica a la que ya le presenté) me dará un presupuesto más acorde a mis necesidades. La pregunto si de verdad cree que por uno o dos decibeles de diferencia no puede encontrar el audífono adecuado utilizando un audiograma mucho mejor: mi persona. Me dice que sí. Que a veces la audición cambia súbitamente. Mirá vos. Y yo que no me había dado cuenta. Ok, que se quede con su falta de criterio, conocimiento, y siga por allí ofreciendo información equivocada y ojalá a la gente le sirva el audífono que les vende, porque no tienen la culpa de haber caído en sus manos. Yo sé que no voy a volver. Ya veré cómo me las arreglo con la obra social. Me preparo para otro round.
Más allá de la ironía con la que juego a la hora de escribir, lo que sucede en la Mutual Argentina de Hipoacúsicos me parece tristísimo. Hace cinco años, en oportunidad de otra selección que hice, me habían ofrecido un único audífono retroauricular (cuando yo uso intras) de muy mala gana, y me habían dicho que si me adaptaba a ese no existían otras opciones para mí. Que no había intras con la potencia que necesitaba. ¿Qué usé entonces en los últimos cinco años?
Ok... fui a la MAH con prejuicio, porque siempre me sentí maltratada. Pero lo único que necesitaba era hacer una selección de audífonos que me negaron. Y todo lo que pasó y se dijo, lo aseguro, pasó y se dijo de esa manera. Se supone que en la comisión directiva de la MAH hay personas hipoacúsicas. Me pregunto qué hacen...

¿SERÁ SANITO? (segunda y última parte)

En el capítulo anterior el audífono amenaza quitarse la vida. Su dueña, con resignación, sabe que ha llegado el momento de reemplazarlo. Sin perder tiempo, acude a su audioprotesista de confianza. Una empresa que la recibe con profesionalidad y cariño.
Hoy, el ansiado capítulo final.
Esta vez la fonoaudióloga a cargo se llama A. y me cae bien a los pocos minutos, luego de poner cara de mala e informar mis antecedentes policiales de "paciente difícil, exigente, con portación sospechosa de conocimientos médicos y tecnológicos". A. no se asusta, o se asusta poquito. Coloca sobre la mesa el arma: un potente audífono retroauricular, pero una cosita muy linda, nueva, diseño de vanguardia (se puede elegir el color según el tono del pelo), el auricular va en la oreja, como si fuera un intra, y el tubito que lo une al aparato es así de finito, no como los normales. Lo último de lo último. 16 canales de sonido, 2 micrófonos, control remoto. ¡Ops! Eso no me gusta. No me gustan los audífonos con control remoto. Ok, los controles pueden ser muy lindos, le cambiás la carcaza como a un celular, viene como reloj de verdad que da la hora, o como aparatito que seguro lo confundís con el control para abrir la puerta del garage, y podés estar una hora como una tarada tratando de guardar el auto mientras el volumen de tu audífono sube y baja en forma enloquecida. Pero a mí no me va. Apenas tengo dos manos, señor, y dos hijos. Y a eso agréguele bolsas de compras, mochilas escolares, abrigos, amiguitos, cartera, changuito. Y hoy en día hay pantalones que ni siquiera traen bolsillos. Y a veces no me llevo saquito. O cartera. Y mi reloj me gusta mucho. ¿Y cuando voy a la playa o a la pileta? ¿Dónde corno meto el control remoto? ¿Y si estoy en una fiesta de súper lujo, con esas carteritas de miniatura y un vestido sin costuras que ni siquiera me permite tener ropa interior? ¿Y si tengo una emergencia de volumen y no lo encuentro, o hasta que lo saco y apreto el botoncito indicado la cosa ya pasó a mayores y el mundo se derrumbó? Si llevo un audífono, que todo esté en el audífono, viejo. Todo junto. El volumen, la pila, el encendido, los programas, el MP3, lo que quieras, pero todo ahí, en el aparatito. Mirá si además de acordarme de salir cada día con la llave, la billetera, la cédula verde del auto, los chicos, me tengo que acordar del control remoto del audífono. No, no y no. No es para mí. Yo soy una chica de armas tomar, el control a mí ponémelo donde me gusta. Entiendo que un viejito con artrosis puede tener dificultad para cambiar el volumen casi dentro de su oído, pero yo estoy en pleno uso de mis facultades mentales y de mis articulaciones. No, no y no.
Me retrucan: este audífono nació para que nunca, pero nunca, tengas que tocar nada. Todo automático. Los primeros días queda archivado en el control remoto cuándo subiste o bajaste el volumen, y eso se baja a la computadora, y a la vez se sube al audífono, ¿se entendió? Y entonces nunca más control ni nada. El audífono solito sabe cuándo hay ruido, cuando querés escuchar música, cuándo vence un impuesto, cuándo te están cuchicheando al oído cosas prohibidas. Y a cada situación responde con lo que considera adecuado. No, no y no. Eso no es para mí. Me dijeron lo mismo de los chicos. Que cuando tuviera hijos, yo primero les subía la información, y luego ellos iban a saber solitos cuándo vestirse, cuándo ir a la escuela, cuándo hacer la tarea, y juro que no funciona. Se me resetearon.
Pero el otro lado no se mosquea. Me ofrecen, sin cargo alguno, sin obligaciones contractuales, llevarme ese audífono un fin de semana. Eso, señores míos, no lo consigue cualquiera. Uno de cada mil se lleva a su casa un audífono de $$$$$, para probar y devolver. Yo agradezco conmovida.
¡¡¡Dios mío!!! ¿Ustedes los normoyentes viven con todos estos ruidos? Regreso a mi casa y el motor de la heladera me taladra el cerebro. Enciendo el lavarropas y casi me infarto. El tránsito que escucho desde un piso 4 me pone al borde del suicido. Cuando trago agua me suena el cuerpo entero. Ni decir de los ruidos cuando voy al baño. ¡Corten el volumen que me quiero bajar!
No lo puedo negar, con este audífono escucho más. Las voces son más claras. Mi marido se entusiasma y me hace proposiciones indecentes de una habitación a otro, y yo hago como que no escucho porque estoy cansada pero ¡sí escucho!
El problema, claro, aparece cuando quiero subir o bajar el volumen y tengo que buscar el control y apretar el botoncito, y parece que no pasa nada.
Tengo que decidir en un fin de semana, cuando lo normal sería que tuviera que decidir en cuarenta minutos en el consultorio de la fonoaudióloga, y aún así es difícil.
Ok. No. No es el momento. No estoy preparada. Yo necesito tener el control de lo que escucho. A veces puedo estar en un ambiente con ruido y subir el volumen (cuando el aparato tiende a bajarlo) para escuchar algo en particular. A veces estoy en un ambiente tranquilo y lo bajo (cuando el aparato lo sube) porque no tengo ganas de escuchar a nadie. A veces lo subo con la música, para no molestar a nadie pero escuchar tipo "volumen rock". Y el programa, por más inteligente que sea, no va a saber eso nunca. Nunca va a ser yo. A lo mejor un día considera que el llanto histérico y desgarrador de uno de mis hijos es ruido molesto, y me lo baja, y el pibe se desagra por un tajito en el dedo en otra habitación. O que las palabras románticas y dichas en voz baja merecen ser aumentadas, y se pierde el climax, ¿me entienden?
No. Lo regreso. Lo devuelvo. Tiene que haber otro audífono con control de volumen incluido que tenga prestaciones similares, sonido parecido. Me quedan dos opciones. Dos intrauriculares, uno con seis canales de sonido y tres programas, otro con veinte canales, dos micrófonos, cuatro programas. Uno cuesta, pongamos, 1 peso, el otro cuesta 1000. Ya presiento problemas con la obra social si opto por el segundo. De todos modos me dedico a elegir sin pensar en el precio. El que sea... que la obra social lo pague.
El de veinte canales es un chiche, quién lo puede negar. Pero me dá cosa... vengo de un analógico con un único canal. El cambio me parece muy brusco. Además pasa como con el retro lindo, empiezo a escuchar todos los ruidos que, la verdad, no me aportan información. Temo saturarme auditivamente. El otro va bien. Habrá que calibrarlo. Me parece un paso más inteligente. Del analógico a uno digital de seis canales, y luego veremos. Opto por este. Ya lo estoy usando, estoy en la fase de calibración. Me atienden cada vez que lo necesito. Escucho mejor que antes. ¡Qué maravilla descubrir que luego de tantísimos años la audición de uno puede mejorar con un mejor aparato! Me siento relajada y tranquila, que es lo importante. La atención fue de diez. Ayer me molestaban mucho los ruidos sobre todo del tránsito. Hoy está mejor pero al bajar los ruidos perdí algo de potencia. Ya lo arreglaremos. Por primera vez tengo bobina telefónica -¡en un intra!- y podré ver qué es eso del aro magnético en cines y teatros. Cuando enciendo el audífono la función automática va variando entre los programas "palabra en ruido" y "ambiente tranquilo" . En forma manual (porque al lado de la ruedita del volumen hay un mini-botoncito) puedo elegir entre "ambiente tranquilo", "bobina telefónica", "silencio". A mí lo que me gustaría es callar a a ciertas personas pero esa función todavía no está.
Señoras, señores, con ustedes, mi audífono nuevo. Que tenga una larga vida, útil y saludable. Que así sea.
Gracias por acompañarme en esta pequeña aventura.

14 junio 2007

¿SERÁ SANITO? (PRIMERA PARTE)

Cuando intento explicarle a alguien cómo es elegir un audífono (ya que muchos creen que vamos a la fonoaudióloga y salimos con el aparatito listo) le digo lo siguiente: imaginate que tenés que comprar anteojos nuevos (los anteojos son más populares que los audífonos). Probás el primer par, y te das cuenta de que no ves los rojos. Te ofrecen un segundo par. Ves los rojos pero todos los verdes los ves iguales. Se lo decís al óptico. Este limpia los lentes y de pronto los verdes recuperan sus tonos, pero el cielo está como descolorido. Te acercan el tercer par. Los rojos vibran, los verdes irradian luz, el cielo parece un espejo azul. ¡Todo brilla demasiado! Cerrás los ojos por la impresión, te sentís adentro del último modelo de TV plasma. No vas a sobrevivir. Comienza a dolerte la cabeza. El óptico se impacienta. Viene el cuarto par de anteojos. Te dicen que es el último que tienen para ofrecerte. Los rojos bien... los verdes correctos... el cielo normal... pero el marrón se ha transformado en gris. ¿Cuál llevarás? ¿Qué color o tonalidad aceptarás perder, para ganar otra cosa?
Bien, así es elegir un audífono. Con uno los graves te molestan. Con el otro los agudos provocan que saltes si se cae un alfijer. Con el tercero los ruidos de fondo te matan. La fonoaudióloga te recuerda que una vez que esté hecho el molde a tu medida, todo mejorará. Pero... ¿cómo saberlo? Con el cuarto te sentís bastante cómoda hasta que se pone a llorar un bebé. Con el quinto escuchás muy bien las voces pero no tanto la música. Y todos esos sonidos, todo ese "me molesta, me aturde, está metálico, me resuena, no escucho, me falta potencia, más suave, muy grave, poco grave, le falta amplitud" tenés que saber traducirlo a palabras claras que la fonoaudióloga pueda traducir en calibración.
Porque los audífonos, mi muy queridos vírgenes de audífonos, se calibran digitalmente. Al propio aparatito se le enchufa un cable parecido a un USB donde normalmente va la pila, que a la vez está conectado a la computadora, en la que la experta -programa especial mediante- sube y baja tonos a nuestro gusto.
Eso ahora, claro, porque antes los audífonos eran analógicos (todavía los hay) y tenían dos pequeñisimas rueditas, que se giraban con un instrumento especial. Verde para acople, regulación de agudos. Rojo para potencia. Ahora no, ahora todo lo hace la computadora, y dan ganas de pedir el programa, tener el cablecito y pobrar cada día nuevos sonidos. Investigar qué corno es el supresor de ruidos, el cancelador de re-alimentación por inversión de fase, el TacTronic, el procesamiento digital de la señal dWdRC, el Sound Manager, el Data Logging, toda esta nueva maravilla digital que portará mi nuevo audífono. Y por suerte yo pienso que siempre supe programa la videocasetera, el modem, que mi primera computadora funcionaba con DOS, que me animo a cualquier cosa tecnológica, y pienso que voy a poder dominar mi audífono, si es que él no me domina a mí primero. Aunque también me dan ganas de decir: mirá, yo necesito algo que me suba el volumen, nada más. Pero me da vergüenza, van a decir que me quedo en el pasado.
Ahora bien, ¿por qué un audífono nuevo cuando bien podría ser una campera de cuero o esa palm Sony que no me puedo sacar de la cabeza? Porque los audífonos vienen con fecha de vencimiento. Tienen una vida útil de aproximadamente cinco años, y este último que estoy usando acaba de pasar por una cirugía mayor (cara) que lo dejó al borde de su existencia. Y nadie quiere un día poner la pila y descubrir que murió sin preaviso. Por eso, cuando empiezan con los caprichos de hoy te subo el volumen pero mañana te hago ruido, como para joder, como los viejos, llegó el momento de traer al hermanito a casa, y dejar a este para casos de urgencia. El hermanito va a ser mi octavo audífono en 23 años. El primogénito fue un retroauricular marca Siemens al que odié profundamente (¿habrá sido depresión post-parto?) y que casi nunca usé y desarmé. Sí, lo abrí para ver cómo era por dentro en un ataque de rebeldía adolescente. Mi sentencia por el delito cometido la cumplí en el diván de un psicoanalista (mentira, los hipoacúsicos hacemos cara a cara, pero queda linda la imagen del diván). De allí en más pasaron por mi vida seis intrauriculares, algunos Beltone, el resto Phonax, que con los años me fueron pareciendo más y más simpáticos. No todos cumplieron sus cinco años de vida. Yo perdía audición y necesitaba más potencia. Uno moría de muerte temprana y había que buscar al reemplazante. Uno duró seis años, bendito sea. Y así llegamos al de hoy, que realmente ha sido un buen compañero pero a quien hay que dejar partir.
El gran problema que se presentó al buscar un nuevo audífono (que no esperaba que fuera taaaan distinto al actual) fue que en cinco años la tecnología ha dejado desactualizada mi audición actual. ¡Dios mío! ¡Todavía tengo en mi oído un audífono analógico! Tengo celular digital, TV de pantalla plana y closed caption, notebook, y ya estoy queriendo un MP4, pero el audífono es analógico. Inconcebible.

12 junio 2007

¡SE VIENE EL OCTAVO!

Si querida gente, estoy viviendo algo que se vive, con suerte, cada cinco años o poco más. El martes próximo seré la feliz madre de un nuevo audífono. Así que denme unos días -que estoy con poco tiempo- y contaré la fantástica e increíble historia de Verónica y su audífono Extra 33 FS Power.
Todo como nunca nadie lo contó: la selección feroz, las fonoaudiólogas al borde del colapso, la calibración biónica, los precios insólitos, y por fin... la elección.
¡No se lo pierdan!