24 septiembre 2007

PETITORIO

Como ustedes saben, la Convencion sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad aprobada en Naciones Unidas en diciembre de 2006, fue firmada por la Argentina el 30 de marzo de 2007. En esa oportunidad nuestro país firmó tambien el Protocolo Facultativo.
Ahora es necesario que la Argentina ratifique la Convencion y el Protocolo. Existen varios proyectos en este sentido, pero aun no ha sido promulgada la Ley que autorice al Ejecutivo a hacer efectiva esta ratificacion, que debe hacerse sin reservas.
Por eso REDI (Red de Discapacidad - 54 11 4784-7155 - rediderechos@yahoo.com.ar ) esta solicitando mediante un petitorio a los presidentes de la Camara de Diputados y de Senadores la aprobacion de la ley correspondiente, que ademas le otorgue a esta Convencion jerarquia constitucional.
Pueden ver la carta y adherir al petitorio firmando online en el siguiente link:
PETITORIO
No dejen de firmar !! Si no confluimos nuestros esfuerzos, nunca podremos avanzar !
Muchas gracias por su atencion
Les avisa
Ing. Alberto A. Dolmann (sordo)

21 septiembre 2007

NO OIGO, PERO SÉ ESCUCHAR

De mi archivo, aparecido en diario Clarín el 8 de septiembre de 1989.
Stonington, EE.UU. En 1970 contraje meningitis y quedé completamente sordo. Alguien del siglo pasado decía "profundamente sordo", que sencillamente significa que es, más o menos, lo más sordo que se puede quedar. Alguna gente dice muy duro de oído, o muy discapacitado audivitamente o, tal vez con mayor exactitud, sordo como una tapia.
Así soy yo desde hace casi veinte años, de manera que a esta altura ya es parte de mi vida. Pero en el camino he aprendido algunas cosas.
Poco después de quedarme sordo, entré a una papelería. Le pedí al vendedor, a quien conocía desde años antes, papel para escribir a máquina. El me miró con cara rara y me preguntó: "¿Usted es español?" Yo le pregunté: "¿Parezco español?". Y el vendedor dijo: "No, suena español". Lo único que se me ocurrió contestar fue: "Buenos días". Salí del negocio con la clara sensación de que yo había cambiado en algo.
Más adealnte me di cuenta de que la voz realmente me estaba cambiando, como los médicos habían dicho que sucedería. No poder oír mi propia voz significaba no poder controlarla. A lo largo de los años me han tomado indistintamente por yugoslavo, escocés, alemán, sueco, inglés e inclusive neoyorquino. También se me ha visto charlando en susurros en el subterráneo, hablando a los gritos en bibliotecas públicas y en general poniendo incómodos a los demás con un volumen de voz totalmente fuera de contexto.
Usted seguramente pensará que lo que más preocupa a los sordos es tratar de seguir las conversaciones o enterarte de lo que está pasando. Pero para la mayoría de los sordos, especialmente para los que no pueden hablar bien, el gran trabajo consiste en lograr que los demás los entiendan, lograr que los que tienen oído normal escuchen y comprendan lo que ellos dicen.
O sea que, llamativamente, el inconveniente se vuelve mutuo cuando alguien habla con un sordo: ¡a los dos les cuesta trabajo oírse! Los dos tienen que hacer un poco más de esfuerzo, y cuando empiezan a hacerlo descubren que hablar con un sordo, "en el fondo", no es tan distinto de una conversación normal.
El otro día me puse a charlar con un desconocido. Era fácil leerle los labios y estuvimos como una hora hablando de un montón de cosas. En determinado momento, me dijo:
-Thomas, realmente me gusta hablar con vos.
-¿Por qué?
-¡Porque escuchás tan bien!
Bueno, casi me caigo de espaldas. Quiero decir que hacía casi dos décadas que no escuchaba ni una palabra.
-La gente normal oye mucho más de lo que escucha -dijo mi interlocutor-. Vos, en cambio, no oís una palabra. Tenés que esforzarte para entenderme. Así que, al menos en tu mente, realmente estás escuchando. Por raro que parezca, el ser sordo hace que escuches mejor.
Estuvo muy bien. Obviamente estaba en presencia de un hombre sabio.
-Está bien -dije yo- escucho mejor porque no oigo. ¿Eso significa que un ciego mira más porque no ve?
El desconocido sonrió. Después señaló: -Un viejo filósofo chino dijo: "La taza está hecha de archilla, con costados y fondo. Pero es el vacío de adentro lo que hace que la taza sea útil".
Sonaba como una de esas frases profundas que la gente usa cuando no tiene respuestas para la pregunta que uno le hizo. Bueno, si él quería jugar a ese juego, yo también.
Así que le dije: "Supongo que querés decir que una persona discapacitada es como una taza vacía y que esa persona puede usar su vacío para lograr algún tipo de realización. ¿Si? Bueno. ¿Qué pasa con una taza que está medio vacía?
El desconocido rió. Me contestó: ¿Por qué no medio llena? Mirá atoda la gente que nos rodea. Veo anteojos, bastones, todo tipo de discapacidades. Y seguro que la mayoría de esas personas piensan que son tazas llenas, cuando en realidad están llenas a distintos niveles. Algunas están más vacías. Otras están más llenas. Pero acordate de lo que dijo el filósofo: es el vacío el que hace que la taza sea útil. Si uno admite ante uno mismo y ante los demás que la propia taza está un poco vacía, bueno, entonces la taza será llenada.
Después nos despedimos.
Una cosa que me olvidé de preguntarle al desconocido es: ¿quien llena las tazas? Pero creo saber la respuesta. Es usted. Soy yo. Son sus amigos y familia. Hasta puede ser un perfecto desconocido.
Thomas Mitchell

12 septiembre 2007

QUIERO, QUIERO, QUIERO

Hace tiempo que me paseo por diversos webs relacionados con la discapacidad, y cuando conozco la respuesta a alguna consulta, hago mi pequeño aporte. Trato de mantenerme informada en cuanto a leyes, trámites, reclamos, empresas de audífonos, temas médicos. Y como lo que sobra es siempre lo mismo: preguntas, dudas, confusión, a veces ignorancia, me calzo mi traje de periodista y ofrezco información. Hace tiempo que vengo buscando alternativas laborales y he descubierto que esto me gusta: asesorar, acompañar, informar. Lo haría muy bien. Pasado el chivo laboral, voy al nudo de este post.
Lo sabemos. Las cosas no son fáciles para nosotros. Son un poco más difíciles que para el resto. Pero no tanto como para los que portan algunas otras discapacidades. Digamos que no escuchar nada o no escuchar bien no nos priva de disfrutar de la vida, si sabemos cómo hacerlo. No altera nuestra independencia, si la hemos peleado. Y no nos priva de acceder a muchos trabajos si nos esforzamos por lograrlo. El Estado ayuda en algo. Nos da los audífonos, nos deja entrar gratis a muestras, museos, paseos. Nos ofrece un par de exenciones de impuestos. Inventó un cupo laboral, aunque en la práctica no se cumpla. Pero hace algo. Justamente a partir de este blog descubrí que las personas con discapacidad argentinas están mucho mejor que las de otros países. Entonces... entonces...
¿Por qué tanta pero tanta pero tanta cantidad de consultas pidiendo, exigiendo, pensiones, jubilaciones por discapacidad, automóviles especiales (¡sólo por problemas de audición!), remedios gratuitos para el resfrío, cenas para diez en restaurantes de Puerto Madero, trabajos para los que tal vez uno no está capacitado, ayuda especial para el abuelito que no escucha bien porque superó los 120 años?
Yo soy la primera en utilizar los beneficios del Estado. Si están, si existen, no voy a ser tan estúpida como para pasarlos por alto. Si puedo entrar gratis, entro. Si puedo no pagar ABL, no pago. Pero listo. Nada más. Mi poquísima audición no me impide caminar, ni mover las manos, ni usar la cabeza. Uso lo que me ofrecen, pero no pido más. Si no tengo trabajo es porque hay miles de argentinos sin trabajo, y porque busco un trabajo acorde a mi profesión, con lo cual las posibilidades se reducen al máximo. Pero nada más. No voy a ir a golpear la puerta de un diario y exigir que me den trabajo porque soy una hipoacúsica que merece lástima y un escritorio con PC. Si consigo trabajo es porque me lo gané. Hipoacúsica o no.
Por lo tanto señoras, señores, empiecen a pensar qué pueden hacer por ustedes mismos, y dejen de pedir. Nadie nos debe nada. Nadie debe por qué hacerse cargo de nosotros. Quien quiera ayudar, bienvenido sea, pero hasta ahí nomás. De mucho podemos encargarnos nosotros.
Si mañana me tocan a la puerta y me dicen que a todos los hipoacúsicos les corresponde una pensión, yo encantada. Era justo lo que estaba buscando, deme dos. Pero mientras eso no suceda, veré de qué manera me las puedo arreglar por mí misma. Porque cuando todo lo pedís y todo te lo dan... es cuando se termina el desafío de vivir.