26 junio 2007

¿SERÁ SANITO? (segunda y última parte)

En el capítulo anterior el audífono amenaza quitarse la vida. Su dueña, con resignación, sabe que ha llegado el momento de reemplazarlo. Sin perder tiempo, acude a su audioprotesista de confianza. Una empresa que la recibe con profesionalidad y cariño.
Hoy, el ansiado capítulo final.
Esta vez la fonoaudióloga a cargo se llama A. y me cae bien a los pocos minutos, luego de poner cara de mala e informar mis antecedentes policiales de "paciente difícil, exigente, con portación sospechosa de conocimientos médicos y tecnológicos". A. no se asusta, o se asusta poquito. Coloca sobre la mesa el arma: un potente audífono retroauricular, pero una cosita muy linda, nueva, diseño de vanguardia (se puede elegir el color según el tono del pelo), el auricular va en la oreja, como si fuera un intra, y el tubito que lo une al aparato es así de finito, no como los normales. Lo último de lo último. 16 canales de sonido, 2 micrófonos, control remoto. ¡Ops! Eso no me gusta. No me gustan los audífonos con control remoto. Ok, los controles pueden ser muy lindos, le cambiás la carcaza como a un celular, viene como reloj de verdad que da la hora, o como aparatito que seguro lo confundís con el control para abrir la puerta del garage, y podés estar una hora como una tarada tratando de guardar el auto mientras el volumen de tu audífono sube y baja en forma enloquecida. Pero a mí no me va. Apenas tengo dos manos, señor, y dos hijos. Y a eso agréguele bolsas de compras, mochilas escolares, abrigos, amiguitos, cartera, changuito. Y hoy en día hay pantalones que ni siquiera traen bolsillos. Y a veces no me llevo saquito. O cartera. Y mi reloj me gusta mucho. ¿Y cuando voy a la playa o a la pileta? ¿Dónde corno meto el control remoto? ¿Y si estoy en una fiesta de súper lujo, con esas carteritas de miniatura y un vestido sin costuras que ni siquiera me permite tener ropa interior? ¿Y si tengo una emergencia de volumen y no lo encuentro, o hasta que lo saco y aprieto el botoncito indicado la cosa ya pasó a mayores y el mundo se derrumbó? Si llevo un audífono, que todo esté en el audífono, viejo. Todo junto. El volumen, la pila, el encendido, los programas, el MP3, lo que quieras, pero todo ahí, en el aparatito. Mirá si además de acordarme de salir cada día con la llave, la billetera, la cédula verde del auto, los chicos, me tengo que acordar del control remoto del audífono. No, no y no. No es para mí. Yo soy una chica de armas tomar, el control a mí ponémelo donde me gusta. Entiendo que un viejito con artrosis puede tener dificultad para cambiar el volumen casi dentro de su oído, pero yo estoy en pleno uso de mis facultades mentales y de mis articulaciones. No, no y no.
Me retrucan: este audífono nació para que nunca, pero nunca, tengas que tocar nada. Todo automático. Los primeros días queda archivado en el control remoto cuándo subiste o bajaste el volumen, y eso se baja a la computadora, y a la vez se sube al audífono, ¿se entendió? Y entonces nunca más control ni nada. El audífono solito sabe cuándo hay ruido, cuando querés escuchar música, cuándo vence un impuesto, cuándo te están cuchicheando al oído cosas prohibidas. Y a cada situación responde con lo que considera adecuado. No, no y no. Eso no es para mí. Me dijeron lo mismo de los chicos. Que cuando tuviera hijos, yo primero les subía la información, y luego ellos iban a saber solitos cuándo vestirse, cuándo ir a la escuela, cuándo hacer la tarea, y juro que no funciona. Se me resetearon.
Pero el otro lado no se mosquea. Me ofrecen, sin cargo alguno, sin obligaciones contractuales, llevarme ese audífono un fin de semana. Eso, señores míos, no lo consigue cualquiera. Uno de cada mil se lleva a su casa un audífono de $$$$$, para probar y devolver. Yo agradezco conmovida.
¡¡¡Dios mío!!! ¿Ustedes los normoyentes viven con todos estos ruidos? Regreso a mi casa y el motor de la heladera me taladra el cerebro. Enciendo el lavarropas y casi me infarto. El tránsito que escucho desde un piso 4 me pone al borde del suicido. Cuando trago agua me suena el cuerpo entero. Ni decir de los ruidos cuando voy al baño. ¡Corten el volumen que me quiero bajar!
No lo puedo negar, con este audífono escucho más. Las voces son más claras. Mi marido se entusiasma y me hace proposiciones indecentes de una habitación a otro, y yo hago como que no escucho porque estoy cansada pero ¡sí escucho!
El problema, claro, aparece cuando quiero subir o bajar el volumen y tengo que buscar el control y apretar el botoncito, y parece que no pasa nada.
Tengo que decidir en un fin de semana, cuando lo normal sería que tuviera que decidir en cuarenta minutos en el consultorio de la fonoaudióloga, y aún así es difícil.
Ok. No. No es el momento. No estoy preparada. Yo necesito tener el control de lo que escucho. A veces puedo estar en un ambiente con ruido y subir el volumen (cuando el aparato tiende a bajarlo) para escuchar algo en particular. A veces estoy en un ambiente tranquilo y lo bajo (cuando el aparato lo sube) porque no tengo ganas de escuchar a nadie. A veces lo subo con la música, para no molestar a nadie pero escuchar tipo "volumen rock". Y el programa, por más inteligente que sea, no va a saber eso nunca. Nunca va a ser yo. A lo mejor un día considera que el llanto histérico y desgarrador de uno de mis hijos es ruido molesto, y me lo baja, y el pibe se desagra por un tajito en el dedo en otra habitación. O que las palabras románticas y dichas en voz baja merecen ser aumentadas, y se pierde el climax, ¿me entienden?
No. Lo regreso. Lo devuelvo. Tiene que haber otro audífono con control de volumen incluido que tenga prestaciones similares, sonido parecido. Me quedan dos opciones. Dos intrauriculares, uno con seis canales de sonido y tres programas, otro con veinte canales, dos micrófonos, cuatro programas. Uno cuesta, pongamos, 1 peso, el otro cuesta 1000. Ya presiento problemas con la obra social si opto por el segundo. De todos modos me dedico a elegir sin pensar en el precio. El que sea... que la obra social lo pague.
El de veinte canales es un chiche, quién lo puede negar. Pero me dá cosa... vengo de un analógico con un único canal. El cambio me parece muy brusco. Además pasa como con el retro lindo, empiezo a escuchar todos los ruidos que, la verdad, no me aportan información. Temo saturarme auditivamente. El otro va bien. Habrá que calibrarlo. Me parece un paso más inteligente. Del analógico a uno digital de seis canales, y luego veremos. Opto por este. Ya lo estoy usando, estoy en la fase de calibración. Me atienden cada vez que lo necesito. Escucho mejor que antes. ¡Qué maravilla descubrir que luego de tantísimos años la audición de uno puede mejorar con un mejor aparato! Me siento relajada y tranquila, que es lo importante. La atención fue de diez. Ayer me molestaban mucho los ruidos sobre todo del tránsito. Hoy está mejor pero al bajar los ruidos perdí algo de potencia. Ya lo arreglaremos. Por primera vez tengo bobina telefónica -¡en un intra!- y podré ver qué es eso del aro magnético en cines y teatros. Cuando enciendo el audífono la función automática va variando entre los programas "palabra en ruido" y "ambiente tranquilo" . En forma manual (porque al lado de la ruedita del volumen hay un mini-botoncito) puedo elegir entre "ambiente tranquilo", "bobina telefónica", "silencio". A mí lo que me gustaría es callar a a ciertas personas pero esa función todavía no está.
Señoras, señores, con ustedes, mi audífono nuevo. Que tenga una larga vida, útil y saludable. Que así sea.
Gracias por acompañarme en esta pequeña aventura.

14 junio 2007

¿SERÁ SANITO? (PRIMERA PARTE)

Cuando intento explicarle a alguien cómo es elegir un audífono (ya que muchos creen que vamos a la fonoaudióloga y salimos con el aparatito listo) le digo lo siguiente: imaginate que tenés que comprar anteojos nuevos (los anteojos son más populares que los audífonos). Probás el primer par, y te das cuenta de que no ves los rojos. Te ofrecen un segundo par. Ves los rojos pero todos los verdes los ves iguales. Se lo decís al óptico. Este limpia los lentes y de pronto los verdes recuperan sus tonos, pero el cielo está como descolorido. Te acercan el tercer par. Los rojos vibran, los verdes irradian luz, el cielo parece un espejo azul. ¡Todo brilla demasiado! Cerrás los ojos por la impresión, te sentís adentro del último modelo de TV plasma. No vas a sobrevivir. Comienza a dolerte la cabeza. El óptico se impacienta. Viene el cuarto par de anteojos. Te dicen que es el último que tienen para ofrecerte. Los rojos bien... los verdes correctos... el cielo normal... pero el marrón se ha transformado en gris. ¿Cuál llevarás? ¿Qué color o tonalidad aceptarás perder, para ganar otra cosa?
Bien, así es elegir un audífono. Con uno los graves te molestan. Con el otro los agudos provocan que saltes si se cae un alfijer. Con el tercero los ruidos de fondo te matan. La fonoaudióloga te recuerda que una vez que esté hecho el molde a tu medida, todo mejorará. Pero... ¿cómo saberlo? Con el cuarto te sentís bastante cómoda hasta que se pone a llorar un bebé. Con el quinto escuchás muy bien las voces pero no tanto la música. Y todos esos sonidos, todo ese "me molesta, me aturde, está metálico, me resuena, no escucho, me falta potencia, más suave, muy grave, poco grave, le falta amplitud" tenés que saber traducirlo a palabras claras que la fonoaudióloga pueda traducir en calibración.
Porque los audífonos, mi muy queridos vírgenes de audífonos, se calibran digitalmente. Al propio aparatito se le enchufa un cable parecido a un USB donde normalmente va la pila, que a la vez está conectado a la computadora, en la que la experta -programa especial mediante- sube y baja tonos a nuestro gusto.
Eso ahora, claro, porque antes los audífonos eran analógicos (todavía los hay) y tenían dos pequeñisimas rueditas, que se giraban con un instrumento especial. Verde para acople, regulación de agudos. Rojo para potencia. Ahora no, ahora todo lo hace la computadora, y dan ganas de pedir el programa, tener el cablecito y pobrar cada día nuevos sonidos. Investigar qué corno es el supresor de ruidos, el cancelador de re-alimentación por inversión de fase, el TacTronic, el procesamiento digital de la señal dWdRC, el Sound Manager, el Data Logging, toda esta nueva maravilla digital que portará mi nuevo audífono. Y por suerte yo pienso que siempre supe programa la videocasetera, el modem, que mi primera computadora funcionaba con DOS, que me animo a cualquier cosa tecnológica, y pienso que voy a poder dominar mi audífono, si es que él no me domina a mí primero. Aunque también me dan ganas de decir: mirá, yo necesito algo que me suba el volumen, nada más. Pero me da vergüenza, van a decir que me quedo en el pasado.
Ahora bien, ¿por qué un audífono nuevo cuando bien podría ser una campera de cuero o esa palm Sony que no me puedo sacar de la cabeza? Porque los audífonos vienen con fecha de vencimiento. Tienen una vida útil de aproximadamente cinco años, y este último que estoy usando acaba de pasar por una cirugía mayor (cara) que lo dejó al borde de su existencia. Y nadie quiere un día poner la pila y descubrir que murió sin preaviso. Por eso, cuando empiezan con los caprichos de hoy te subo el volumen pero mañana te hago ruido, como para joder, como los viejos, llegó el momento de traer al hermanito a casa, y dejar a este para casos de urgencia. El hermanito va a ser mi octavo audífono en 23 años. El primogénito fue un retroauricular marca Siemens al que odié profundamente (¿habrá sido depresión post-parto?) y que casi nunca usé y desarmé. Sí, lo abrí para ver cómo era por dentro en un ataque de rebeldía adolescente. Mi sentencia por el delito cometido la cumplí en el diván de un psicoanalista (mentira, los hipoacúsicos hacemos cara a cara, pero queda linda la imagen del diván). De allí en más pasaron por mi vida seis intrauriculares, algunos Beltone, el resto Phonax, que con los años me fueron pareciendo más y más simpáticos. No todos cumplieron sus cinco años de vida. Yo perdía audición y necesitaba más potencia. Uno moría de muerte temprana y había que buscar al reemplazante. Uno duró seis años, bendito sea. Y así llegamos al de hoy, que realmente ha sido un buen compañero pero a quien hay que dejar partir.
El gran problema que se presentó al buscar un nuevo audífono (que no esperaba que fuera taaaan distinto al actual) fue que en cinco años la tecnología ha dejado desactualizada mi audición actual. ¡Dios mío! ¡Todavía tengo en mi oído un audífono analógico! Tengo celular digital, TV de pantalla plana y closed caption, notebook, y ya estoy queriendo un MP4, pero el audífono es analógico. Inconcebible.

12 junio 2007

¡SE VIENE EL OCTAVO!

Si querida gente, estoy viviendo algo que se vive, con suerte, cada cinco años o poco más. El martes próximo seré la feliz madre de un nuevo audífono. Así que denme unos días -que estoy con poco tiempo- y contaré la fantástica e increíble historia de Verónica y su audífono Extra 33 FS Power.
Todo como nunca nadie lo contó: la selección feroz, las fonoaudiólogas al borde del colapso, la calibración biónica, los precios insólitos, y por fin... la elección.
¡No se lo pierdan!