25 abril 2007

DIÁLOGO DE UNA ATEA HIPOACÚSICA CON DIOS

Un día Dios se me apareció y me dijo (de esto me enteré después):
-“Tú –Dios habla en castellano neutro, apto para toda Latinoamérica- ¿deseas seguir siendo como eres, o convertirte en una persona normo-oyente, hermosa, inteligente, con un cuerpo descomunal y una gran cuenta bancaria en Suiza? (gracias a Dios, Dios no confía en nuestro sistema bancario).
El problema es que Dios es incorpóreo. Y se comunica con los seres humanos a través del lenguaje oral. Una lástima. Su voz, ronca y profunda me envolvió como una brisa cálida de primavera. Pero nada más. Yo busqué su boca. Labios que pudiera leer. Una pantalla. Un sistema de subtitulado, Un traductor del lenguaje de señas. Le rogué, aunque sea, que me repitiera. Pero Dios dice las cosas una sola vez. Y todos sabemos que los graves muy graves, así como los agudos muy agudos, son difíciles de entender.
Entonces, por la dudas, respondí:
-No, mirá... mejor dejame como soy.
Es por eso que las personas hipoacúsicas, a veces, nos perdemos de buenas posibilidades.

01 abril 2007

DELICIAS DEL CERTIFICADO DE DISCAPACIDAD

Voy a ir pasando aquí todo lo que escribí sobre discapacidad en La vida con subtítulos. No porque no tenga ideas nuevas, sino porque ando ordenando la casa y me parece que ciertos textos tendrán más valor aquí.

Siempre me había negado a sacar el certificado de discapacidad, porque tener un papel en el que el Estado me nombra algo así como "idiota oficial", me parecía patéticamente perverso. Aunque el papelito podía llegar a servirme como título profesional en caso de que todas mis otras ocupaciones no rindieran sus frutos. "Mirá, el título de periodista lo tengo colgado en la pared, pero el de discapacitado lo llevo en la cartera y me rinde más". Hace algunos años, sin embargo, cuando recién aparecían los teléfonos celulares y los planes eran muy caros, la ex-Movicom promocionaba un plan para personas con discapacidad, más que accesible. Para acceder a él, por supuesto, había que tener el certificado. Si no es muy fácil. Cualquiera puede ponerse a renguear o decir "¿qué"? (aunque nunca lograrán mi naturalidad y gracia) y hacerse pasar por persona con discapacidad (stop para el tema de la denominación. La comunidad de per-so-nas-con-dis-ca-pa-ci-dad adhiere a los términos políticamente correctos, en los que se pone énfasis en la persona, y no en la discapacidad, cosa que me parece de lo más lógica, pero que se hace algo complicada a la hora de escribir. "Persona con capacidades diferentes", es largo, no me jodan). Seguimos, saqué el certificado de discapacidad, entonces, para sacar un teléfono celular, que me robó a los pocos meses alguien que merece tener el certificado de chorro profesional. Cuando quise comprar otro teléfono y renovar mi plan, la promoción había terminado. Yo le aseguré al vendedor que seguiría teniendo la discapacidad por el resto de mi vida, que las personas sólo se levantan de la silla y caminan en el último capítulo de la novela, y que por eso Araceli González habló y escuchó al final de la telenovela esa de las orcas, pero que en la vida real eso sucedía muy raramente, tal vez en la gruta de alguna virgen, o luego del quirófano con el implante coclear, pero que nada de eso me pasaría a mí porque soy judía, atea, y el tema del implante coclear todavía me da cosa. Así que terminé con un celular como cualquier mortal, y un certificado de discapacidad que no me servía para nada. Error. Tenía el papelito, debía averiguar qué podía hacer con él, además de todas las cosas innombrables que se me ocurrían (porque tengo la fantasía de que por el resto de la eternidad quedé marcada como "diferente", y por lo tanto el día en que llegue el meteorito, el tsunami, la nave extraterrestre, el huracán Pampero o el terremoto porteño, a mí no me permitirán guarecerme en la gruta que cavará el gobierno yanqui bajo la Casa Rosada, y en el que podrán sobrevivir sólo algunas importantísimas personalidades caucásicas sin limitaciones físicas ni mentales.¡Y eso que soy caucásica!).
Bien, busqué en Internet. No encontré ningún lugar en el que se explicara claramente qué hacer con el certificado de discapacidad, porque la gente que maneja esto debe pensar que no entendemos las explicaciones, o algo similiar; y fue a través de algunas páginas web, como Voces en el silencio, y otras que nuclean a grupos de personas sordas e hipoacúsicas, que fui averiguando qué corno hacer.
Ahora soy feliz con mi certificado de discapacidad. Porque no pago Alumbrado barrido y limpieza. Porque no pagaría patente ni estacionamiento si tuviera un auto. Porque entro gratis al zoológico (¡y llevo gratis a un acompañante, supongo que para que me cuente qué dicen los mensajes por altoparlante! No sea cosa que un día pierda a un hijo y ni me dé cuenta, lo cual, admito, no me llamaría la atención), a la Rural, a la Feria del Libro y a todo ese tipo de muestras. Pago menos que ustedes en el Parque de la Costa, y no pago nada en Mundo Marino, que cuesta un huevo. No pago ingreso a museos, aunque no voy a ninguno. Y todo eso me hace tan feliz como cuando estaba embarazada y, en el horario pico de compras en el supermercado, yo me acercaba a la caja que decía "prioridad para embarazadas" y lanzaba mi carrito contra los miles de carritos que debían dejarme el paso y me enviaban miradas asesinas a mi vientre. Casi tan feliz. Porque siempre descubro que hay cosas nuevas que no pago, y me voy ahorrando de a 5, 15, 20 pesos, que no es moco e´pavo. Se supone que tampoco pago por ningún transporte terrestre, pero eso no lo uso. Para el colectivo me da no sé qué, estoy segura de que voy a mostrar el certificado y me van a mandar a la puta que lo parió. Y lo de larga distancia... dicen que te hacen un verso para no darte el pasaje, y no tengo ganas de pelear ni tengo a dónde ir... Me podría interesar un pasaje aéreo, pero todavía no se dio... Eso sí, pago como cualquier mortal el teléfono, los demás impuestos, la entrada al cine, los libros (a-mi-no-me-los-re-ga-lan como a otros bloggeros escritores).
Y me parece bien. Me parece bien tener algunos privilegios. Porque se supone que yo no tengo las mismas oportunidades en la vida que casi todos ustedes, y es verdad. No las tengo. Sobre todo laborales. Por eso no pago la entrada al zoológico, ¿me entienden?, porque cuando uno no consigue trabajo por ser diferente, ir al zoológico gratis es lo único que te puede consolar.
Por eso siempre llevo encima mi certificado de discapacidad. Una copia, bah, reducida, autenticada por escribano público, y plastificada. Porque nunca sabés cuándo te va a servir, qué nuevo entretenimiento te puede conseguir. Y para que cuando voy al banco (ese del ave de rapiña yanqui) a hacer una consulta, y me dicen que la consulta sólo puede hacerse teléfonicamente (como se acostumbra últimamente en casi toda dependencia municipal, bancaria, médica, carcelaria, etc, etc), y yo les digo que si vengo personalmente es porque no puedo hacer la consulta teléfonica, y entonces ellos me ofrecen un teléfono de ahí nomás, y yo les digo que sigue siendo un teléfono, pueda, por fin, sacar mi lindo certificado de discapacidad, y restregárselos sin culpa por la cara.