20 enero 2007

YO INCOMODO

Yo incomodo. Hay que aceptarlo. Hasta a mí misma me resultaría incómodo estar conmigo. Y como incomodo, pero todos somos políticamente correctos y aceptamos al otro tal como es, es que las relaciones con la gente son tan... ¿difíciles?, ¿insoportables a veces?, ¿falsas? Y los amigos verdaderos son pocos, y son los únicos con derecho a gritarte.
Veamos...
Alguien me pregunta cómo quiero el café. Yo, que pedí café, respondo "no gracias". Vuelve a preguntármelo, sin cambiar las palabras, y yo vuelvo a decir "no gracias". A la otra persona le resulta incómodo preguntarme por tercera vez, y no sabe que a lo mejor es la frase completa la que no entiendo (por lo tanto tendría que buscar otra manera de preguntar lo mismo) y porque además cree que así -repreguntando- me pondrá en evidencia. Y marcar un error provocado por una discapacidad no es cómodo para nadie. Ergo, dejará de hacerme preguntas y de a poco, tratará de no hablarme.
El amigo verdadero, en cambio, me hubiera dicho: "che, tarada, te pregunto si lo querés con azúcar o con edulcorante", y yo me hubiera reído, porque no sé por qué el "tarada" me hubiera causado gracia, como a los chicos, y por fin hubiera respondido correctamente.
Sigamos...
Entre mis amistades (ver que aquí no digo amigos) hay varios que me hablan modulando exageradamente y despacio. Los que me conocen saben que hay pocas cosas que me sulfuren más que el que me hablen de esa forma. Pero no digo nada. A su manera, ellos están haciendo un esfuerzo por comunicarse conmigo, aunque nunca me hayan preguntando cómo deberían hablarme. Es díficil preguntar eso. Uno no va por la vida preguntándole a la gente con discapacidad cómo deben tratarlos, porque suponen que eso es poner énfasis en la discapacidad. Bien. Odio que me hablen así, pero además hablar así, pruébenlo ustedes, es agotador. Yo tengo una conocida que es sorda (pero sorda sorda), y después de diez minutos de hablar con ella (lee los labios) me duele la mandíbula y me quiero ir. Ergo, mis amistades se agotan de hablar conmigo, yo me agoto de verlas hacer el esfuerzo, y de a poco nos vamos distanciando. Ellos para no tener que hablarme. Yo porque no los soporto.
Un amigo verdadero me hablaría normalmente y estaría preparado para repetirme si lo necesito.
Y vamos por la última.
Tengo la mala suerte de tener un grupo de amistades de fin de semana. Somos en promedio unas 8 parejas, más todos los niños y niñitas. Como somos un grupo, compartimos los asados de los sábados y nos acomodamos en ronda en la pileta del club. Imagínense el espacio que ocupan dieciséis personas, con sus reposeras, bolsos, etc, etc. Por supuesto, auditivamente quedo anulada. No escucho a nadie. Justo yo, que soy más que conversadora, que me gusta hacer chistes, que creo poder mantener una charla amena, agradable, interesante, aquí paso a ser la tímida, la cerrada, o la silenciosa. Alguien que no soy yo. Cuando estoy con dos o tres personas como máximo, eso no pasa. Pero los grupos son una tortura para cualquier hipoacúsico. La representación del infierno. El infierno debe ser un lugar ruidoso y en donde todos hablan al mismo tiempo, hay música de fondo y no se entiende nada. Bien, volvamos. Como estamos en grupo, algunos, muy ubicados, tratan de que yo participe de la conversación. Para ello tienen que fijarse que cuando hablan, yo pueda observarlos (como si la lectura labial fuera milagrosa). Entonces se colocan en poses insólitas, tienen que hablar con el que está a su derecha pero mirando a la izquierda, y a veces hasta me sugieren que me ponga en tal o cual lugar. Ergo, la conversación se torna incómoda para todos. Porque justamente, yo incomodo.
El buen amigo, en cambio, sabría que en grupo no funciono y mantendría conmigo una amistad más personal.
Y eso es así, y no está bien ni mal. Y no hay otra que aceptarlo. Es como cuando uno está con una persona ciega y se cuida de no decir nunca "¿viste que..?" porque teme ofender al otro. Y ser tan cuidadoso, estar tan conciente de lo que uno hace o dice, es incómodo.
¡A mí me resulta incómodo estar con una persona como yo!
Por eso lo digo y lo afirmo, y no tiene remedio: yo incomodo.
Ok... remedio hay. Quedarse sólo con los buenos amigos. Pero como esa es una utopía, y como estamos insertos en un ambiente social, las cosas seguirán así. Y que te recontra.

16 enero 2007

DEL FUTURO IMPERFECTO AL FUTURO PERFECTO

Seguimos con los post que salieron en La vida con subtítulos . Estoy de vacaciones...

Un juego favorito de la raza humana, es imaginar un mundo perfecto. Lo imperfecto de esta manía, es que cada mundo particular es diferente, no existen dos mundos perfectos iguales, y por lo tanto no podrá nunca existir la perfección.Mi mundo perfecto es perfecto para mí, pero cruel para casi todos los demás. En mi mundo perfecto ustedes, casi todos los que leen, no podrían vivir. Se ahogarían en un silencio que para mí es ideal. Les faltaría el estímulo auditivo, que para mí es prescindible.En mi mundo perfecto no existen los teléfonos, y todas las comunicaciones deben hacerse por e-mail o por mensajes de texto. Mi mundo se lee. Todo él es de palabras escritas. La literatura es la más perfecta de las artes. Necesaria como el aire o el alimento. En mi mundo aprendemos dicción como aprendemos a sumar, y se prohíben las relaciones de perfil y a oscuras. En mi mundo perfecto la distancia no es un escollo para comunicarse. El lenguaje corporal y la lectura de los labios sirve para mantener conversaciones a distancia, para descubrirse unos a otros, para amarse, para saber qué está diciendo el otro que no habla con nosotros, para comunicarnos. Las reuniones familiares o de amigos en mi mundo perfecto se realizan en lugares luminosos, en mesas pequeñas (no más de seis personas), y bajo la prohibición total de acompañarlas con música de fondo. En mi mundo perfecto los arquitectos que construyen habitaciones con eco son considerados criminales, y se les hace juicio por mala praxis. Como siempre los pierden (porque es fácil comprobar el eco en un recinto) se los condena a escucharse su voz amplificada una y otra vez por el resto de sus vidas. En mi mundo perfecto toda la programación televisiva es subtitulada, y yo tengo un televisor con closed caption y un DVD. En mi mundo perfecto, cuando suena un timbre, alguien golpea a la puerta, cualquier anuncio, alarma, grito, llanto, etc, es transmitido inalámbricamente a un vibrador que llevamos siempre encima o, los más osados, adosado bajo la piel. Yo lo llevaría en la nuca, para utilizarlo también como masajeador. En este mundo perfecto la moda de adosar el vibrador en los genitales será perseguida por la Iglesia y los grupos de Madres Pro Ruido, que de pronto han descubierto que el silencio es tan peligroso como el rock. En mi mundo perfecto la música existe, por supuesto. Pero se considera una falta de respeto escucharla a alto volumen o en sitios públicos. La música, como el cuchicheo, están reservados a la intimidad. En mi mundo perfecto y visual existen carteles a cada paso anunciando todo lo que se puede anunciar: qué aviones, trenes, micros están a punto de salir, y por qué terminal, dónde están los baños, qué número están llamando, qué apellido, para qué trámite es cada ventanilla, cuánto hay que pagar, en qué colores viene una prenda, cuál es el diagnóstico. En mi mundo perfecto se encuentra la cura para uno de los males más terribles que sufre esta humanidad perfecta, y que hasta el día de hoy no tiene cura: los acúfenos. En mi mundo perfecto una de cada cinco personas enloquece, se suicida, mata, se pierde para siempre por culpa de esta tortura absurda de escucharse los chillidos de su propia mente. En mi mundo perfecto, como en cualquier otro, alguien siempre se rebela contra el ideal de perfección. Los recitales clandestinos, en lugares con eco y poca iluminación serán la cara más conocida del submundo de aquellos que temen vivir en silencio. Como en todo mundo perfecto, los enemigos nos atacarán apagando las señales y boicoteando la letra escrita. En mi mundo perfecto sabemos muy bien quién es el enemigo, y aunque les hemos ofrecido islas perdidas para que desarrollen sus perversiones, ellos quieren el resto del mundo. Quieren hacer lo mismo que hicimos nosotros, su propio mundo perfecto, la antítesis de este: un mundo auditivo, un mundo para ciegos. En mi mundo perfecto nos liberamos de todos aquellos aparatos que nos obligan a oír incluso lo que no queremos oír, y dejamos que la brisa de primavera nos envuelva los sentidos.